Capítulo 6 #2
—¿Tu segundo nombre es Louise? —pregunté, con el corazón a mil. La única Louise que había conocido era la madre de Colt y Hunter. Todos la llamaban Lou, excepto su padre, cuando intentaba convencerla de algo con palabras bonitas.
Ruby asintió.
—Por mi abuela. Papá dice que me pusieron el nombre de la chica más guapa del mundo. —Hizo una pausa y sus hoyuelos se acentuaron—. Pero ahora la más guapa soy yo.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, y me volví hacia June, quien de repente encontró algo fascinante en la fresa a la que estaba dando vueltas entre sus dedos, negándose a cruzar la mirada conmigo, aunque sabía que podía sentir cómo la taladraba.
Esbocé una sonrisa temblorosa, con el pulso retumbando en mis oídos.
—¿Y quién es tu papá, Ruby?
Ella sonrió radiante, como si fuera la respuesta más fácil del mundo.
—Colt Calloway.
Sentí cómo el calor me invadía el pecho con fuerza y rapidez, abrasándome las costillas hasta el punto en que apenas pude respirar. ¿Cómo se atrevía a mirarme como lo había hecho anoche, con esos ojos ávidos de recuerdos y deseo, cuando durante todo este tiempo se había estado labrando una vida?
Una familia.
Me quedé sin aliento y la cocina dio vueltas a mi alrededor. La taza de café temblaba en mis manos, y el líquido se balanceaba peligrosamente cerca del borde. Por supuesto que yo también me había estado construyendo una vida, pero él tenía una hija.
Tenía una hija con otra mujer.
Intenté imaginarlo como padre: atándole las zapatillas rosas, recogiéndole el pelo en una coleta descuidada, limpiándole la mermelada de las comisuras de la boca con los mismos dedos curtidos que yo solía acariciar con los míos.
Esa imagen me desgarró.
Hubo un tiempo, hace muchos años, en el que imaginé que así iba a ser con nosotros: su mano sobre mi vientre, su risa sonando por toda una casa llena con nuestros hijos.
Y en ese momento me encontraba sumergida en el azul de los ojos de Ruby, en un futuro que nunca iba a ser mío. Los sueños que creía haber enterrado bajo años y kilómetros resurgieron para destrozarme.
Y lo más cruel era que la vida que había imaginado para nosotros todavía encajaba perfectamente con él.
Él, que estaba viviendo la vida que yo siempre había querido, mientras que yo había pasado años con un hombre cuyo contacto nunca me hizo imaginar mi vientre abultado ni el color de los ojos de nuestros hijos.
—¿Conoces a mi papá? —preguntó Ruby con una voz dulce y confiada.
Carraspeé y esbocé una sonrisa forzada.
—Sí. Conozco a tu padre desde hace mucho tiempo.
Sus ojos se iluminaron.
—¿Sois amigos?
—Ah. —Moví la cabeza de un lado a otro—. Yo no diría eso…
—Lo eran —intervino June, con voz demasiado alegre—. Los dos eran inseparables.
Ruby se puso de rodillas en la silla, con los ojos muy abiertos.
—¿De verdad?
Negué con la cabeza.
—De eso hace ya toda una vida.
June dejó un cuenco de fresas peladas sobre la encimera.
—Colt está trabajando esta mañana, y pensé que quizá te apetecería llevarte a Ruby al lago a darse un baño. El agua debe de estar perfecta hoy.
Giré la cabeza hacia ella tan rápido que sentí un pinchazo de dolor en las sienes.
—¿Qué?
Ruby dio una palmada, y las migas de galleta se esparcieron por la mesa.
—¡Sí, por favor!
—Ruby se quedó a dormir anoche en casa de sus abuelos, pero hoy me toca a mí cuidar de mi niña.
Lou me ha dicho que se ha levantado antes del amanecer y que ya estaba hablando del lago.
— «Mi niña» . Una niña de la que June nunca me había hablado porque yo siempre la callaba cuando se ponía a hablar de Colt.
June se acercó a la mesa y acarició con su mano curtida los mechones rebeldes de Ruby antes de agacharse para besar a la niña en la coronilla. Luego se enderezó, clavándome una mirada que conocía desde la infancia.
Estaba a punto de preguntarle dónde estaba su madre, pero me contuve y tragué saliva con dificultad. No tenía derecho a hacerlo. No me correspondía intentar imaginarme a la mujer que ocupaba el que una vez había creído que era mi lugar.
—No creo que sea una buena idea. —Negué con la cabeza suavemente, tratando de pensar en qué decir sin molestarla.
—Ve a lavarte —le pidió June en voz baja a Ruby; la niña salió corriendo hacia el lavabo y arrastró una silla por el suelo para poder alcanzar el grifo.
June se acercó, y me susurró unas palabras que solo yo debía oír.
—Es una buena chica —dijo, con expresión tierna—. Han vivido un par de años difíciles, con muchos cambios.
Sentí el peso de su mirada sobre mí.
—Es la hija de Colt —dije, lo único que sabía decir, lo único que necesitaba decir—. ¿Por qué no me lo dijiste?
June apretó los labios hasta formar una línea delgada.
—¿Me habrías escuchado? He intentado contarte un millón de cosas sobre ese chico a lo largo de los años, pero cada vez que mencionaba su nombre, tú me hacías callar y me decías que no querías saber nada de su vida.
—Un sonrojo de vergüenza me subió por el cuello.
Era cierto—. Ella necesita… amabilidad. —June miró a Ruby antes de volverse hacia mí.
Tragué saliva, con un nudo en la garganta. Estaba tremendamente enfadada. No me sentía así por Ruby, sino por esa parte de mí que aún deseaba lo que había enterrado. Estaba irracionalmente enfadada con June por no habérmelo contado, incluso cuando yo le había impedido hacerlo.
—¿Y crees que soy yo quien se la va a dar?
—Creo que tú eres quien está aquí —replicó June con voz firme de nuevo, aunque se adivinaba un destello de algo más detrás de ella—.
Le estaba suplicando a Colt que la llevara a nadar cuando la ha dejado esta mañana, pero ese hombre está hasta arriba de trabajo en el rancho.
Llévala al lago. Os vendrá bien a las dos.
El lago donde había pasado mis veranos con Colt, donde le había entregado cada parte de mí cuando aún creía que siempre iba a ser suya.
Quería protestar, recordarle por qué aquello era una idea terrible, pero entonces Ruby volvió saltando hacia la mesa, con la coleta rebotando sobre sus hombros. Y cuando me miró con esos enormes ojos azules, los ojos de Colt, las palabras se me atragantaron en la garganta.
—¿Vamos a nadar? —preguntó, con voz llena de esperanza.
Esbocé una sonrisa forzada y recé para que no se diera cuenta del dolor que sentía en el pecho al mirarla.
—Bueno, Ruby. Al parecer no nos queda otra opción.