Cowboy casual Capítulo 6
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Capítulo 6

Blaire

La granja de June solía estar llena de risas. Cada mañana, June ponía el tocadiscos y la voz de Dolly Parton subía por las escaleras y se colaba por debajo de mi puerta hasta que el sonido me obligaba a acurrucarme más bajo las mantas.

Pero mi madre siempre aparecía poco después de que empezara la música, cantando con voz desafinada y buscando mis tobillos bajo las sábanas.

Tiraba de mí hasta que la luz de la mañana me bañaba la cara, y yo me hacía la muerta hasta que sus dedos se desplazaban hacia mis costillas, convirtiendo mi fingido sueño en risitas incontrolables.

Entonces me levantaba, con los ojos aún pegajosos y el pelo revuelto en rizos, hasta que mis pies desnudos se posaban sobre los suyos. Ella me hacía dar vueltas y más vueltas por el suelo desgastado hasta que me mareaba y la felicidad me brotaba desde las entrañas en forma de carcajadas.

Pero eso había sido hacía años. Aquellas mañanas se habían desvanecido en el vacío, por mucho que June intentara evitarlo.

Lo que me llegó en ese momento fue una risa aguda y dulce, y me resultó tan extraña que pensé que quizá estuviera soñando.

Pero entonces el martilleo en mi cabeza me devolvió bruscamente a la realidad: a esa cama, a esa habitación y a la sucesión de malas decisiones que había tomado la noche anterior.

Un gemido se me escapó de los labios y hundí la cara en la almohada, tratando de escapar de la luz del sol que inundaba mi antiguo dormitorio y del torrente de recuerdos de la noche pasada.

Ir al Dusty Spur había sido un error. Sabía que me arriesgaba a que Colt estuviera allí, y, si quería ser sincera conmigo misma, había una pequeña y estúpida parte de mí que había esperado que estuviera.

Esa parte de mí estaba deseando ver cuánto había cambiado y qué aspectos de él seguían siendo los mismos. Pero Colt seguía siendo engreído y mandón, y el deseo seguía flotando entre nosotros.

Mi teléfono vibró sobre la cómoda, lo cogí rápidamente y le di la vuelta.

Maggie: ¿Estás viva?

Sonreí, mirando la pantalla con los ojos entrecerrados para escribirle un mensaje.

Yo: A duras penas. ¿Y tú?

Su respuesta llegó casi al instante.

Maggie: Va a ser un día duro. Ven a la panadería y te levantaré el ánimo con café y pasteles.

Yo: Tú sí que sabes cómo conquistar mi corazón.

Colt había insistido en llevarnos a Maggie y a mí a casa, y yo debería haberme resistido en lugar de permitirme sentir un cosquilleo en el estómago cuando había abierto la puerta del copiloto y me había ayudado a subir a su camioneta.

Apenas había dicho nada durante el trayecto, solo se aferraba al volante con sus manos ásperas y curtidas, mientras yo intentaba no fijarme en cómo se le tensaban los antebrazos cuando se volvía hacia mí.

Primero habíamos dejado a Maggie, y yo había visto cómo Hunter la acompañaba hasta la puerta de su casa.

El silencio en la camioneta se hizo más espeso mientras Colt mantenía la mandíbula apretada y la vista clavada en la carretera.

Casi había llegado a desear que me soltara alguna bronca, que me diera algo contra lo que rebelarme.

En cambio, me había quedado allí, sumergida en su aroma, mientras los recuerdos empapados de alcohol que llevaba años enterrando volvían a aflorar.

Cuando por fin habíamos entrado en el camino de acceso a la casa de June, Colt había puesto el coche en punto muerto, pero había dejado el motor en marcha.

Había notado su mirada fija en mí mientras recogía mis cosas, y luego había maldecido entre dientes cuando su puerta se había abierto con un chirrido.

Yo había salido del coche antes de que él pudiera llegar a la mía, y él había fruncido el ceño mientras yo cerraba suavemente.

Todas las luces de la casa de June estaban apagadas, excepto la del porche, que sabía que ella había dejado encendida para mí, y no le había dirigido la palabra a Colt mientras iba hacia la casa.

Colt me siguió hasta el pie de las escaleras y me detuve. El mundo osciló ligeramente sobre su eje antes de que se me escapara un «Gracias por traerme».

Sus ojos habían relampagueado bajo la luz del porche, con una expresión que me ponía la piel de gallina.

—¿Estás bien, fresita? —El apodo había salido de su boca, lento como la miel, y yo había detestado que me recorriera la espalda como un escalofrío.

Ese era el problema de la nostalgia. Mi mente podía recordar todo el daño que me había hecho, pero mi cuerpo solo recordaba el roce de sus dedos, cómo me habían acariciado como si fuera un territorio que él había reclamado en su día, cómo habían dejado rastros de calor que aún podía sentir años después.

Debería haberlo odiado, pero allí, bajo la luz del porche, con él mirándome de ese modo, recorriendo el hueco de mi cuello hasta llegar a la curva de mis caderas, el odio se me había escapado de las manos con demasiada facilidad.

Quizá por eso, cuando por fin me había metido en la cama tras quitarme la ropa que aún olía a bar, mi piel seguía ardiendo con un antiguo e íntimo dolor que me recordaba a él.

Una nueva carcajada subió por las escaleras, arrancándome de mis pensamientos, y fruncí el ceño.

Me incorporé apoyándome en los codos mientras la resaca me latía detrás de los ojos.

Esa no era la risa de June. La de ella era una risa ronca y ahumada, no esa suave risita seguida del repiqueteo de unos piececitos.

Me latía la cabeza; me levanté a duras penas de la cama y cogí una camiseta del suelo, que me puse a toda prisa antes de vestirme también con unos pantalones cortos y salir al pasillo. Tenía la boca seca y notaba el olor de la noche anterior pegado a mi piel.

Pasé una mano por el papel pintado descolorido mientras llegaba a la escalera, pero no vi a nadie. Bajé los escalones, guiándome por el olor a galletas y beicon, y seguí las risas hasta la cocina. Casi tropecé con una zapatilla rosa chillón, y entonces la vi.

Una niña estaba de pie en una de las sillas de la cocina de mi abuela, cerca de la cocina, y tenía una cuchara de la que goteaba mermelada de fresa.

—Bueno, ponla en la galleta antes de que se te caiga toda al suelo.

Ya sabes que odio fregar. —June no levantó la vista; tenía un cuchillo pequeño en una mano y le quitó el tallo a una fresa antes de coger otra de la bandeja que tenía delante.

La niña no debía de tener más de cinco años; llevaba el pelo castaño oscuro recogido en una coleta torcida.

Algunos mechones se le habían escapado y le enmarcaban el rostro redondeado; tenía los cabellos cubiertos de motas blancas de harina.

Las pecas salpicaban sus mejillas y unas manchas de mermelada de fresa le rodeaban las comisuras de la boca.

Se echó hacia delante mientras equilibraba la tambaleante montaña de mermelada de color rojo rubí en su cuchara—.

No lo ensucies todo, Ruby —le advirtió June, y por fin me vio—.

Mira quién se ha levantado por fin de la cama.

La niña, Ruby, levantó la vista hacia mí en ese momento, y en cuanto sus ojos azules se encontraron con los míos —unos ojos azules que me resultaban dolorosamente familiares—, sentí que el suelo se tambaleaba bajo mis pies.

Esos ojos, enmarcados por unas pestañas oscuras a juego con su desordenada coleta, se abrieron con curiosidad y sus mejillas pálidas se sonrojaron mientras me observaba.

June dejó el cuchillo sobre la tabla de cortar, llena de marcas, y se volvió hacia la niña, pero yo apenas me di cuenta.

Lo único que podía hacer era mirar fijamente a la niña, sentir esa increíble oleada de reconocimiento cuando los ojos de Colt me contemplaron desde ese diminuto rostro en forma de corazón.

Debí de quedarme allí plantada demasiado tiempo, porque June carraspeó y deslizó una taza de café por la encimera hacia mí. Aparté la vista de la niña, cogí la taza con mis manos temblorosas y me obligué a darle un sorbo.

La mermelada se deslizó por fin de la cuchara y cayó sobre la galleta. Ruby sonrió, con unos hoyuelos en las mejillas que reflejaban los que yo había pasado años intentando olvidar del rostro de Colt.

—Perfecto —dijo June, suavizando ligeramente su postura—.

Ahora llévalo a la mesa para comerlo. —Ruby se bajó de la silla y June le tendió el plato.

Se dirigió a la mesa, mirándome por encima del hombro antes de dejarse caer en el asiento en el que yo me había sentado toda mi vida.

June me pasó un plato con dos galletas y una pila de beicon crujiente—.

Come —me ordenó, señalando con la barbilla hacia la mesa.

Antes de que pudiera protestar, ya se había vuelto hacia sus fresas, dejándome sin otra opción que mirar a Ruby, que se estaba metiendo medio bollo en su boquita.

Me acerqué a la mesa y me senté frente a ella. Sostenía el dulce con las dos manos y no apartó la vista de mí mientras le daba otro bocado enorme.

Solo había una pregunta en mi mente y retumbaba tan fuerte en mi cabeza que estaba segura de que June podía oírla. Pero ella seguía de espaldas a nosotros mientras se enjuagaba las manos en el fregadero, tarareando para sí misma.

Ruby se chupó los restos de mermelada de los dedos y luego ladeó la cabeza hacia mí.

—¿Eres la nieta de la señora June?

—Sí. —Asentí, arrancando un trocito de beicon—. Me llamo Blaire.

Ruby parpadeó lentamente, como si estuviera sopesando mi respuesta.

—Pero tú eres grande. —Frunció sus cejas oscuras.

—Nunca he dicho que fuera pequeña, Ruby. Solo que era mi nieta —aclaró June por encima del hombro, cerrando el grifo.

—Esto es un asco —resopló Ruby, cruzando con fuerza sus bracitos sobre el pecho.

Casi me atraganté con el beicon.

—¿Qué…?

—Ruby Louise. —La voz de June me interrumpió antes de que pudiera terminar—. Tus tíos van a lavarte la boca con jabón.

—Me dijeron que podía decirlo así. —Miró a mi abuela con los ojos abiertos como platos.

Ruby Louise.