Capítulo 4 #3
Blaire me vio mientras acortaba la distancia que nos separaba, y entreabrió los labios en una brusca inspiración. Sus ojos se dirigieron rápidamente hacia la salida, con las manos temblando, como si estuviera calculando la forma más rápida de escapar.
Le susurró algo al vaquero, retrocediendo lo justo para parecer educada, pero él o bien no se dio cuenta, o bien le traía sin cuidado. Su mano seguía suspendida sobre su cadera y luego se deslizó más abajo.
A continuación, se quitó el sombrero, lo hizo girar entre los dedos y lo apuntó hacia su cabeza, como si tuviera intención de colocárselo sobre su cabello castaño rojizo.
Mi visión se redujo a un túnel y le agarré la muñeca.
—Yo que tú no lo haría —dije en voz baja y con un tono de advertencia.
—¿Qué demonios? —gruñó, tirando con fuerza para liberarse de mi presa—. Quítame las manos de encima, hijo de puta.
De cerca, lo reconocí. Era uno de los nuevos peones de verano del rancho Warner. Lo había visto por allí un par de veces, y cuando levantó la vista para ver exactamente a quién había llamado hijo de puta, se quedó paralizado.
Muy listo.
Le solté la muñeca y me acerqué a Blaire; el instinto me empujó hacia ella hasta que tuvo que levantar la barbilla para mirarme a los ojos.
Esos ojos color whisky con destellos dorados, igual que siempre, me sentaron como un puñetazo en el estómago.
Todos esos años no habían apagado ni un ápice de su intensidad.
Parpadeó.
—¿Qué leches estás haciendo, Calloway?
Calloway. Eso era nuevo. Se había dirigido así a mi hermano muchas veces, pero nunca a mí. Yo siempre había sido Colt, y nunca con ese tono seco y distante que acababa de usar.
—Blaire —dije, arrastrando las palabras para que su nombre se deslizara por mi lengua, como si mi espalda no se hubiera quedado rígida al estar tan cerca de ella.
—No me había dado cuenta de que era tuya —dijo el vaquero, enderezando los hombros como si intentara parecer peligroso.
No respondí. Estaba demasiado ocupado mirándola.
Blaire se agarró con fuerza al borde de la barra y retrocedió unos centímetros.
—No soy suya. —La frase sonó seca, pero se percibía un ligero temblor en su voz.
El vaquero se acercó más, asomando la cabeza entre nosotros mientras extendía una mano.
—Tú eres Colt, ¿verdad? —Su aliento apestaba a whisky—. Te quedaste con el rancho Calloway de tu padre.
Tenía el cuello tenso y me negaba a mirarlo.
—El único e inimitable. —Blaire resopló y fue como ver a la chica que solía conocer—. ¿Has bajado de nivel esta noche? —le pregunté mientras señalaba con la cabeza hacia él—. ¿No tienes un prometido por ahí?
Eché un vistazo al bar como si lo estuviera buscando, aunque sabía perfectamente que ella había ido sola. Un destello cruzó sus ojos, de pena o quizá de arrepentimiento, antes de que sus fosas nasales se dilataran y un rubor le subiera por el cuello.
Se acercó lo suficiente a mí como para que me llegara su aroma a fresas con un ligero toque de coco, familiar y embriagador. Su mano derecha se deslizó sobre la izquierda, en un movimiento casi inconsciente, pero atrajo mi atención hacia el dedo desnudo que intentaba ocultar.
—¿Por eso has venido aquí? —preguntó ella con un toque de sarcasmo en la voz—. ¿Para proteger el honor de un hombre al que ni siquiera conoces?
Solté una risa breve y sin gracia.
—Nadie puede proteger a un hombre de ti, fresita. Yo lo sé mejor que nadie.
Sus hombros se tensaron y un suspiro agudo se le escapó de los labios.
—Han pasado muchos años, Colt —dijo ligeramente sin aliento, mientras su pecho subía y bajaba—. Ya no sabes una mierda sobre mí.
Me acerqué hasta que ya no quedó espacio entre nosotros y el ala de mi sombrero dejó su rostro en la sombra. Todavía podía sentir al vaquero merodeando cerca, mirándonos como un idiota.
—Te conozco, Blaire —murmuré, con voz grave y áspera—. No importa lo mucho que haya intentado olvidarte.
Apretó los puños y se relajó de nuevo. Levantó la mano derecha unos centímetros antes de bajarla a la fuerza, y casi deseé que me abofeteara.
Habría sido más fácil que ese lento y constante ardor que me estaba devorando vivo.
Blaire levantó la barbilla, su cuello se movió al tragar saliva y luego dio un paso atrás, pero lo único que consiguió fue que yo quisiera acortar la distancia que nos separaba.
—Relájate, Calloway. —Su sonrisa era puro azúcar mezclada con veneno—. No hace falta que te esfuerces tanto. Llévate tu complejo de héroe a otra parte. Yo estoy perfectamente bien aquí.
—¿Calloway, en serio? —Me pasé la mano por la barbilla, notando el roce áspero de la barba incipiente—. ¿Tan fácil te has olvidado de mi nombre? Pensaba que te costaría más tiempo olvidarte de mí. ¿O es así como trataste también a tu prometido?
Sus ojos se abrieron de par en par, la pena destelló una vez más en ellos antes de que la ocultara, y vi cómo la chispa de la Blaire que yo conocía se desvanecía justo delante de mí. Ojalá pudiera retirar cada puñetera palabra que acababa de pronunciar.
—No te hagas ilusiones. —Las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa que no le llegó a los ojos—. No eres tan difícil de olvidar.
Los dos sabíamos que era mentira, pero si ella quería fingir que sí, no iba a discutírselo.
—Sigue diciéndote eso, fresita. —Me quité el sombrero y le dediqué la sonrisa más perezosa que pude esbozar—. Cualquier cosa que te ayude a dormir por las noches.
—No me llames así —espetó, con auténtico fuego brillando en sus ojos por primera vez desde que había entrado.
La miré fijamente, memorizando cada matiz de su expresión y cada sutil cambio que los años habían provocado, antes de obligarme a apartar la vista.
El vaquero seguía allí, esperando. Debería haberle dicho que ella era toda suya.
Debería haberme marchado, haberles dejado bailar y haber dejado que ella se fuera del bar con él y cometiera todos los errores que quisiera.
Pero mi boca tenía otros planes.
—Si le vuelves a poner las manos encima, te las voy a romper, joder.
Vi cómo el miedo se apoderaba de sus ojos. Paseó la vista de mí a Blaire una y otra vez antes de volver a posarla en mí. Entonces le hice un gesto con el sombrero antes de alejarme.
No miré atrás. No hacía falta. Podía sentir sus ojos clavados en mi espalda, su ira quemándome la piel mientras regresaba a mi mesa.
Si no tenía cuidado, Blaire Monroe iba a terminar lo que había empezado hacía tantos años, y para entonces ya no iba a quedar nada de mí.