Cowboy casual Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Debería haberme sentido culpable por el alivio que me invadió al ver su mano desnuda, pero no fue así.

Maggie se inclinó hacia Blaire y le susurró algo, lo que hizo que esta se tapara la boca mientras una risa se escapaba de sus labios. El sonido me golpeó como el whisky, cálido, ardiente y embriagador, todo a la vez.

Sacudió la cabeza con suavidad y le dedicó una sonrisa al camarero. Movió los labios, seguramente para pedir una copa, y a pesar de la música alta y de la distancia que nos separaba, no pude apartar la mirada.

Entonces giró la cabeza, sus ojos recorrieron el bar una vez más, y nuestro encuentro fue inevitable.

Su mirada se cruzó con la mía, y habría jurado que se detuvo todo el puto mundo a mi alrededor: la música se desvaneció, la multitud desapareció y, durante una respiración, un solo latido, nuestro pasado y nuestro presente chocaron entre sí.

Entreabrió los labios y su sonrisa se desvaneció, y los ojos marrones se le pusieron como platos. Su cuello se movió una vez, dos veces, y los delicados músculos se tensaron tanto bajo su piel pecosa que pude seguir el movimiento sin problemas.

Y cuando nuestras miradas se cruzaron de nuevo, la angustia que se filtraba a través de su exterior cuidadosamente compuesto era inconfundible. Se dibujó en su rostro como un rayo que rasgaba el cielo de medianoche, extendiéndose hasta el ligero temblor de su carnoso labio inferior.

Se mordió ese labio hasta que la carne rosada palideció, y ese movimiento fue como un gancho que se clavara profundamente bajo mis costillas.

Desgarró el viejo tejido cicatricial, y un dolor familiar se extendió por mis entrañas como un reguero de pólvora, abrasándome el pecho antes de instalarse en mi garganta.

Porque recordaba esa mirada. Yo había sido quien la había grabado en su expresión tanto tiempo atrás.

Sus hombros se tensaron, levantó la barbilla y, por fin, dejó de morderse el labio. Un parpadeo y la vulnerabilidad se esfumó. Su mirada ardió con una ira que parecía hervir a fuego lento bajo su piel.

Ella era fuego, y yo me estaba ahogando en ella, joder.

Espiré lentamente, agradecido por esa ira. Era lo único de ella que sabía que podía manejar.

Casi esperaba que se abalanzara hacia nuestra mesa para ponerme en mi sitio antes incluso de que tuviera oportunidad de hablar, pero la Blaire que estaba de pie en la barra no era la misma que se había marchado.

Todavía podía ver esa temeridad en sus ojos, casi podía saborear su deseo de actuar en consecuencia, pero se contuvo.

Inspiró hondo y su pecho subió y bajó visiblemente, antes de parpadear muy despacio, como si estuviera despejando cualquier resto de aquella chica. Se volvió hacia Maggie, con una sonrisa despreocupada en sus labios, y no me dedicó ni una sola mirada más.

Pero yo no podía apartar la vista de ella.

El camarero deslizó unos chupitos por la barra y ella no lo dudó ni un instante. Agarró el vaso rebosante de líquido transparente, lo echó hacia atrás y se lo tragó sin pestañear. Y luego cogió el siguiente.

También lo apuró de un trago, con rapidez, como si el alcohol pudiera borrar mi recuerdo de su lengua.

«Que te vaya bien, cariño» .

Me obligué a apartar la mirada de ella cuando la camarera dejó caer un cubo de cervezas sobre nuestra mesa. Cogí una, le quité el tapón y me la llevé a los labios antes de que McCoy pudiera murmurar siquiera un agradecimiento hacia Haley.

—De nada. —Sonrió, mirándome a los ojos. Debería haberme fijado en lo guapa que era. Debería haber correspondido a ese gesto o haber hecho cualquier otra cosa que no fuera darle un trago a mi cerveza y mirar por encima de su hombro para buscar a Blaire.

Conocía a Haley desde el instituto. Había coqueteado con ella en ese mismo bar, donde ella llevaba años trabajando, pero jamás habíamos llegado más lejos que eso. Iba a tener que perdonarme por haber sido un capullo esa noche. No se lo merecía, pero era todo lo que podía ofrecerle.

—¿Podemos pedir otra ronda? —preguntó McCoy con un guiño que hizo que la sonrisa de Haley volviera a brillar.

Ella desplazó el peso de una pierna a la otra, adoptando una postura que era prácticamente una invitación que habría atraído la mirada de cualquier hombre hacia sus curvas, pero yo estaba demasiado ocupado escudriñando la barra.

—Lo que queráis, chicos.

Bajé la mirada hacia la punta desgastada de mis botas, tamborileando con los dedos sobre la botella de cerveza mientras ella se alejaba.

—Creo que me voy a marchar.

—¿Qué? —Hunter frunció el ceño y acercó una mano al cubo; el hielo tintineó cuando sacó una cerveza—. Ya no sales nunca.

—Por una buena razón —repliqué.

—Claro que es por una buena razón —intervino McCoy, dándome un manotazo en la rodilla bajo la mesa—. Creo que lo que Hunter intenta decir es que quizá deberías terminarte la cerveza, dejar de mirar con ese aire de enfado al bar e intentar relajarte.

—Exacto. —Hunter se encogió de hombros, pero no se me escapó cómo intentaba ocultar su sonrisa burlona—. Además, ni de coña te vamos a dejar salir de aquí ahora mismo con esa cara de cachorro enamorado por una chica a la que no has visto en años.

—Qué buen hermano. —Levanté mi cerveza a modo de brindis y él sonrió.

—Lo único que digo es que no querrás que ella te vea marcharte solo porque haya entrado.

Sentí cómo el calor me subía por el cuello y se acumulaba bajo la línea del cabello. Sabía que salir esa noche había sido una mala idea. Debería haber estado en casa. Debería haber estado con Ruby; ahí estaba mi sitio.

—No importa —mentí—. Por la mañana tenemos que trasladar un rebaño, y después Ruby y yo tenemos planes.

McCoy soltó un bufido burlón, cruzándose de brazos con una sonrisa de oreja a oreja dibujándose en su rostro. Una sonrisa que me daba ganas de estrellarle la cabeza contra la mesa.

—Por favor. Si esa fuera mi ex, estaría de rodillas ladrando como un maldito perro. Sé que la has estado mirando, pero ¿la has visto de verdad? —Dejó escapar un silbido grave que hizo que la mitad del bar se girara hacia nosotros—. Se ha vuelto aún más sexy con el tiempo.

—Os odio a los dos, joder. —Me bebí el resto de la cerveza mientras sus risas resonaban a mi alrededor.

Capullos.

Eran dos de mis personas favoritas en el mundo, pero aun así, gilipollas.

—Nos quieres, y lo sabes —dijo McCoy; cogió otra cerveza de la cubitera y la puso delante de mí.

—¿De verdad? —Pasé el pulgar por la etiqueta, pero no bebí más.

Ya me sentía fuera de control, y más alcohol solo podía empeorar la situación—.

Porque estaba pensando en darles a los peones del rancho el día libre mañana para que no limpien los establos.

Parece que vosotros dos necesitáis algo que hacer con vuestro tiempo libre.

McCoy puso los ojos en blanco.

—Lo que tú digas, jefe.

—¿Alguna vez nos vas a dejar llamarte «papá» en lugar de «jefe»? —Hunter me dedicó una mirada seductora—. Llevas más de cinco años al frente del rancho. Creo que ya es hora.

—Es raro que te guste llamar «papá» a un hombre con el que compartes padre —dije.

McCoy soltó una risita, sonriendo como un diablo.

—Tiene razón. —Le dio un largo trago a su cerveza y añadió—: Aun así, apuesto a que a Blaire no le importaría llamarte papi.

Lo fulminé con la mirada.

—Te juro por Dios que si vuelves a decir su nombre…

—Tranquilo —dijo McCoy, sin dejar de sonreír—.

No somos nosotros de quienes deberías preocuparte.

—Señaló con la barbilla hacia la barra y seguí su mirada hasta donde un aspirante a vaquero al que no reconocí estaba apoyado contra ella, demasiado cerca de Blaire.

La hebilla de su cinturón reflejaba la luz, reluciente y sin rasguños, y el ala de su sombrero tenía esa curva perfecta de fábrica que solo se consigue con uno nuevo, no con la lluvia, el sudor o el sol.

Se agachó y le dijo algo al oído, pero Blaire se apartó lo suficiente como para poner un poco de distancia entre ellos.

Apretó los dedos sobre el vaso de chupito vacío que tenía en la mano y entrecerró ligeramente los ojos mientras lo observaba.

Tensé la mandíbula hasta que me dolieron las muelas—.

Vale, en serio, tío. Tienes que relajarte —murmuró McCoy, bajando la voz hasta ese tono grave y amenazante que usaba con un caballo asustado.

Me agarró con fuerza el antebrazo, justo donde el músculo se me había tensado.

Se me hizo un nudo en la garganta cuando ella levantó la cabeza hacia el imbécil con una sonrisa casi tímida en los labios.

—Ay, joder —gimió Hunter, pasándose una mano por la cara—. Esto va a ser un desastre.

La música cambió a otra canción lenta y el cabrón se acercó más, poniéndole la mano sobre la cadera como si fuera suya.

Ella se tensó. Le agarró la muñeca, le apartó los dedos de su cuerpo como si lo hubiera hecho cientos de veces antes y luego le puso el vaso de chupito vacío en la palma de la mano con una sonrisa forzada.

Lo que fuera que ella había dicho lo hizo sonreír, pero aun así se echó hacia delante, con el rostro cerca de la curva de su cuello, como si quisiera inhalar su aroma.

Quería largarme de allí, y lo habría hecho de no ser por la forma en que sus ojos encontraron los míos por encima del hombro de él.

—Colt —me advirtió McCoy, apretándome el brazo con más fuerza—. No lo hagas.

—No estoy haciendo nada —murmuré, aunque mis ojos no se apartaron de ella ni un instante.

Ella volvió a sonreírle, asintiendo ante cualquier tontería que él le estuviera contando.

Entonces, la mano de él se deslizó de nuevo hacia su cadera, rozándole el dobladillo de la camiseta con el pulgar, y ella volvió a mirarme a los ojos como siempre había hecho, como si una parte de ella aún supiera que iba a sacarla de allí.

Sentí un nudo en el pecho y los viejos instintos se avivaron con más fuerza que el alcohol que me quemaba las entrañas. Empujé la silla hacia atrás —las patas rozaron el suelo rayado— y me abrí paso entre la pequeña multitud sin pensarlo dos veces.