Cowboy casual Capítulo 4
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Capítulo 4

Colt

El Dusty Spur olía a cerveza derramada, a humo rancio y a un montón de recuerdos que habría preferido dejar enterrados.

Ese lugar siempre estaba exactamente igual, pero su previsibilidad resultaba reconfortante.

Me recosté en la silla gastada, que chirrío bajo mi peso, y dejé que la cerveza me refrescara la palma de la mano, sintiendo cómo la humedad de la condensación me resbalaba por los dedos al llevármela a los labios.

El alcohol era un descanso bienvenido tras un día infernal en el rancho, un día que me había dejado más hecho polvo de lo que me habría gustado admitir.

Pero agradecía poder disfrutar de una de esas raras tardes de relax.

Aunque sabía que cuando saliera el sol por la mañana iba a arrepentirme.

Pero McCoy prácticamente me había suplicado que saliera con él después de irnos de casa de mis padres, y aunque no era de mi familia, era como si lo fuera.

Era mi mejor amigo desde que éramos niños, y mis padres lo querían como si fuera su hijo.

Si no fuera porque soy incapaz de decirle que no, a estas horas ya habría estado en la cama.

La máquina de discos de la esquina entonaba una vieja balada de George Strait sobre una mujer que se había marchado llevándose su corazón consigo, y un grupo de ancianos estaba sentado al fondo de la barra, como siempre.

La tensión de mis hombros empezaba a aflojarse cuando divisé la figura de Hunter, con su metro ochenta y cinco de estatura, abriéndose paso entre el pequeño grupo de gente que se arremolinaba en la pista de baile, ya bastante gastada.

Mi hermano tenía la mandíbula tensa, con ese gesto de obstinación típico de los Calloway que habíamos heredado de nuestro padre, cuando se dejó caer en la silla que estaba frente a la mía con tanta fuerza que la mesa, ya de por sí desvencijada, se tambaleó.

Las arrugas marcadas alrededor de sus ojos me indicaban que su día en el rancho había sido tan duro como el mío.

—¿Qué te pasa? —le pregunté, antes de dar otro largo trago a mi cerveza.

—¿Dónde demonios has estado? —Hizo girar un posavasos entre los dedos. El disco de cartón cortaba el aire con cada movimiento de su muñeca, con gestos rápidos y nerviosos.

—¿Qué mosca te ha picado? —McCoy se echó hacia delante, entrecerrando los ojos, y le dedicó una mirada fulminante a mi hermano, pero no estaba seguro de que Hunter lo hubiera oído siquiera.

Su postura era rígida y tenía todos los músculos tensos, y eso era algo muy inusual en alguien a quien rara vez le afectaba nada.

—El ganado no se alimenta solo, Hunter. —Le di otro sorbo lento a mi cerveza mientras lo observaba—. Ahí es donde he estado.

Volvió a mirarme, con esos ojos del mismo tono marrón que los de nuestro padre.

—Lo sé perfectamente, gilipollas. ¿Dónde está tu móvil?

—Aquí mismo. —Lo saqué del bolsillo y, como era de esperar, tenía cinco llamadas perdidas de Hunter—. No sabía que tenía que mantenerte al día de mis movimientos como si fueras un puñetero agente de libertad condicional.

Se recostó en la silla y la madera crujió bajo su peso.

—¿Sabes?, a veces puedes ser un auténtico capullo.

—¡Muy bien, muy bien! —intervino McCoy, levantando su cerveza para brindar, e hizo chocar el vaso contra el mío.

Reid McCoy era un capullo, pero también era como un hermano para nosotros, por eso no me ofendí por cómo se reía de mi ceño fruncido.

Estudié a Hunter más de cerca: el tic en su mandíbula, la forma en que evitaba mirarme a los ojos en ese momento, cuando yo ya le prestaba atención. Algo lo había conmocionado, y no había muchas cosas en ese pueblo que pudieran conseguirlo.

—En serio, ¿qué pasa? —Dejé la cerveza sobre la mesa, y el vaso tintineó con demasiada fuerza contra la madera irregular—. Parece que has visto un fantasma.

Resopló con amargura, sin apartar la vista de aquel posavasos, como si en él estuviera la respuesta a lo que fuera que le estaba devorando por dentro.

—Quizá.

—Deja de hablar con acertijos. —Mi voz sonó más brusca de lo que pretendía, con un tono de advertencia subyacente—. Suéltalo de una vez.

—Estaba intentando llamarte para avisarte de que ella iba a venir esta noche. —Entonces levantó la vista, estudiándome el rostro, y lo que fuera que vio le hizo dudar el tiempo suficiente para que se me revolviera el estómago—. Blaire ha vuelto.

Tres palabras. Eso fue todo lo que hizo falta para que todo mi ser se paralizara. Mis pulmones me traicionaron, se me cortó la respiración y mis dedos se tensaron alrededor del cuello de la botella de cerveza, deseando poder romperla en un millón de putos pedazos.

Blaire Monroe.

Había pasado una puñetera década desde la última vez que la había visto, pero ella seguía grabada a fuego en mis huesos como si nunca se hubiera ido.

En aquel entonces, todo el pueblo susurraba nuestros nombres como si estuviéramos hechos el uno para el otro, pero eso había sido en otra vida.

Me recosté en la silla, cruzando el tobillo sobre la rodilla e intentando desesperadamente que no se dieran cuenta de lo afectado que estaba por las noticias.

—No sabía que tenía pensado volver.

—Yo tampoco, pero la he visto en casa de June cuando estaba trabajando en la valla del oeste —murmuró Hunter—. Para cuando he terminado, ella ya estaba trabajando en los campos.

Miré al frente, con la mandíbula tensa y el pulso latiéndome a un ritmo frenético en la base del cuello. Su recuerdo me llegó con demasiada facilidad: ella, de rodillas en la tierra con el pelo enredado por el viento y esa boca demasiado rápida para su propio bien.

—¿Qué tal estaba? —En cuanto me salió la pregunta de la boca, me arrepentí.

La expresión de Hunter era casi compasiva. Casi.

—Estaba guapa. —Carraspeó—. De lo más sexy.

Gruñí, me bebí el resto de la cerveza de un trago y dejé la botella vacía sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—Me alegra saber que algunas cosas no cambian.

Abrió la boca para decir algo más, pero se quedó paralizado cuando su mirada se detuvo cerca de la entrada del bar.

—Luego no digas que no te lo había advertido.

Seguí su mirada cuando se abrieron las puertas principales, y allí estaba ella. Entró en Spur y las luces de neón brillaron sobre su piel clara.

Su cabello estaba más oscuro y los rizos que recordaba se habían suavizado en ondas. Estaba muy distinta, pero aun así la habría reconocido en cualquier parte.

Antes de que mi mente pudiera asimilar del todo lo que estaba pasando, mi cuerpo ya había reaccionado. Sentía un cosquilleo en la piel al recordar su contacto, anhelando volver a sentirlo, y el corazón me latía con tanta fuerza en el pecho que lo único que oía era su estruendo en mis oídos.

Los años que había estado fuera habían transformado a la chica que yo conocía en alguien mucho más peligroso.

Sus piernas, con esos pantalones cortos vaqueros, parecían más torneadas y mucho más largas de lo que recordaba.

El suave contorno de sus caderas se reflejaba en las luces de neón, proyectando sombras que nunca habían trazado, resaltando los contornos de un cuerpo que en su día conocía mejor que mi propia tierra.

Al principio no me vio. Estaba demasiado ocupada riéndose de algo que le había dicho Maggie Dawson, que estaba a su lado.

—Respira, Colt —murmuró Hunter entre dientes—. Dios mío, y tú pensabas que yo tenía pinta de haber visto un fantasma.

Conseguí inspirar aire, de forma lenta y trabajosa, aunque sentía como si mi pecho no tuviera espacio para expandirse.

—Estoy bien.

Pero no era así, y menos mientras ella se abría paso entre la multitud, con la mirada recorriendo la sala con un rápido y hábil barrido.

Se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja con un gesto distraído, dejando al descubierto la constelación de pecas que le salpicaba la mandíbula.

Sonrió con dulzura y bajó la barbilla al cruzarse con caras conocidas, como si no supiera que había hecho que todo el puñetero bar se girara lentamente hacia ella.

Y así, de repente, volví a tener dieciocho años: embriagado por su risa, persiguiéndola por campos donde el tiempo parecía desvanecerse, desesperado por seguir el ritmo de su forma de ver el mundo.

Por aquel entonces, pensaba que iba a pasarme la vida persiguiendo su caos, pero entonces ella se marchó; se había ido porque yo se lo había pedido.

Y, de alguna manera, el mundo había seguido girando sin ella.

Pero el tiempo no había atenuado nada de eso; al menos, para mí.

Y en ese momento ahí estaba, había vuelto a mi pueblo, a la tierra que corría por mis venas y bajo mi piel, como si nunca se hubiera ido, joder.

La última vez que había oído su nombre había sido hacía poco más de un año. June lo había soltado en una conversación sin más, como si eso no fuera a destrozarme.

«Se va a casar, ¿sabes?».

Me había limitado a gruñir a modo de respuesta, fingiendo indiferencia, y había cambiado de tema tan rápido que June no se había atrevido a volver a sacarla a colación.

Pero me había torturado con esas cinco palabras mientras me emborrachaba con una botella de Jack. Me había pasado media noche imaginando cómo iba a estar con un vestido blanco ceñido al cuerpo y los rizos recogidos para dejar al descubierto las pecas que le salpicaban la curva del cuello.

No debería haberme importado, pero no había podido quitarme esa imagen de la cabeza. No había podido dejar de pensar en otro hombre poniéndole un anillo en el dedo, quedándose con la mujer que una vez había creído que era mía.

Solo había pasado una noche buscándola en internet, pero eso había sido suficiente para partirme en dos.

Parpadeé, tratando de aclararme las ideas, pero no conseguí apartar la vista de ella: mis ojos recorrieron lentamente la línea de su brazo, pasando por la curva de su cintura, hasta que por fin se fijaron en su mano izquierda. Sus dedos delgados rodeaban una copa y estaban completamente desnudos.

No se veía ningún anillo, solo una ligera marca en su bronceado que rodeaba su dedo anular, donde podría haber habido uno.