Cowboy casual Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

El teléfono de su escritorio sonó con fuerza y di un respingo. Su asistente se abalanzó sobre él; su voz sonaba como un zumbido lejano hasta que me tendió el auricular, con los ojos muy abiertos por el miedo.

—Señorita Monroe, es su padre.

Se me hizo un nudo en el estómago al pasar junto a Grant, y cogí el auricular con dedos torpes.

—Papá.

—Ven a mi despacho. Ahora mismo. —Su tono era tan mesurado y tan exasperantemente tranquilo que la rabia me inundó; apreté los dientes con tanta fuerza que me dolió la mandíbula.

—No. —La palabra escapó de mis labios sin querer y negué con la cabeza aunque él no pudiera verme—. No tienes derecho a pedirme que acepte todo esto. No voy a hacerlo, ni por ti ni por él.

—No seas tonta, Blaire. Grant cometió un error. Todos los hombres cometen errores. —La voz de mi padre se deslizó por el teléfono como veneno. Crucé la mirada con Grant, que estaba al otro lado de la estancia, y me sentí asfixiada por su actitud.

Me temblaron los dedos al tocar el anillo y lo giré una vez, dos veces, hasta que me llegó al nudillo.

El diamante reflejaba la luz, hermoso y frío.

Me lo quité de un tirón, haciendo una mueca de dolor al rozarme la piel, y luego pasé el dedo por la pálida marca que había dejado.

Apreté el metal contra la palma de la mano hasta que se me clavó en la carne y encontré consuelo en el dolor.

—Vete a la mierda, papá.

Colgué antes de poder oír la respuesta de mi padre, y el teléfono cayó con estrépito en la base.

Los ojos de Grant iban de mi cara al anillo, que todavía escondía en el puño. Pensé que iba a suplicarme, pero no lo hizo.

—No seas infantil —dijo. Intenté pasar a su lado, pero Grant se movió más rápido.

Extendió la mano y me agarró del brazo por encima del codo.

Me sujetó como si creyera que podía hacer retroceder el tiempo, como si el mundo fuera a reiniciarse si me quedaba quieta el tiempo suficiente.

El calor de su palma me traspasaba la camisa, y recordé cada vez que me había tocado con delicadeza ante la cámara, cada vez que me había apretado el hombro en público, manteniéndome siempre pegada a su lado.

Había confundido ese contacto con seguridad, pero en ese instante me parecía un cepo—.

No te vas a ir hasta que lo hablemos. —Su voz se convirtió en un gruñido, grave y desagradable.

Me pegó a él, y casi perdí el equilibrio.

Giré el brazo, intentando zafarme de él, pero me sujetó con más fuerza y me clavó el pulgar en la suave carne del interior de mi codo.

—Grant —susurró su asistente desde detrás de mí, pero él no le hizo caso.

—Me estás haciendo daño —jadeé, y esa vez me zafé de un tirón.

Su rostro se quedó paralizado por la sorpresa, como si no pudiera creer que me atreviera a resistirme a él—.

No vuelvas a ponerme las manos encima —dije, con una voz más firme que mi corazón descontrolado; el filo del diamante se clavaba en mi palma.

Hacía diez años, una noche que todavía hacía que me despertara sudando, me había plantado en el camino de grava de la casa de mi abuela y le había lanzado el collar de Colt a su pecho porque no podía hacer que me eligiera a mí.

Pero no fui capaz de lanzarle este anillo a Grant, no conseguí que me importara lo suficiente. Abrí los dedos, dejé que el anillo cayera al suelo y contemplé cómo rebotaba una vez antes de quedarse quieto.

Pensé que quizá iba a volver a agarrarme, pero se limitó a mirarme fijamente, con los labios apretados, mientras yo pasaba junto a él hacia el pasillo. Anduve como en trance, con el ruido de la sangre en los oídos tan fuerte que apenas oí a Grant llamándome.

Pero sus palabras y su risa desesperada y grave me persiguieron.

—Volverás.

Me obligué a seguir avanzando y no me detuve hasta que pulsé el botón del ascensor una vez, y luego otra vez, con más fuerza.

No quería pensar en lo que podía pasar si no me marchaba en ese mismo instante, si dejaba que la vieja inercia me llevara de nuevo hacia la familiar órbita controladora de Grant, de mi padre y de todos los planes que habían forjado a mi alrededor como una jaula de cristal.

Las puertas del ascensor se abrieron por fin y entré. Cuatro años de mi vida quedaban atrás. Seguridad, estatus, un futuro. Me apoyé contra la pared y evité mirar mi reflejo. Me temblaban las manos cuando saqué el móvil y marqué el número de mi abuela.

Contestó al tercer tono, con su voz tranquila y firme como siempre.

—Hola. —Abrí la boca, pero no salió nada más que un sonido ahogado, a medio camino entre un jadeo y un sollozo—. ¿Blaire? —preguntó, y pude oír el pánico en su voz, crepitando a través de la conexión—. ¿Qué pasa?

—¿Puedo volver a casa? —Esas palabras salieron a borbotones, crudas y torpes.

Esperé a sentir la culpa, el torrente de remordimientos por haber echado por la borda todo lo que había construido, pero lo único que sentí fue un alivio abrumador y peligroso que me inundó el pecho como el primer aliento tras estar a punto de ahogarme.

—Siempre, cariño. —Sin preguntas, sin vacilaciones.

Pulsé el botón de la planta baja. El ascensor se precipitó hacia abajo y, con él, acudieron a mi mente imágenes de Colt: la curva de su mandíbula, sus curtidas yemas de los dedos, el peso de la crítica que iba a encontrar en su mirada.

Se me oprimieron los pulmones al pensarlo.

Iba a regresar al lugar del que había huido hacía una década, al lugar donde las palabras de Colt Calloway me habían arrancado de mis raíces, pero en ese instante esas mismas raíces me llamaban a casa.