Cowboy casual Capítulo 2
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Capítulo 2

Blaire

Una de las primeras cosas que me enseñó mi abuela fue que los hombres no valían nada.

Pensé en tatuarme esas mismas palabras en la frente, ya que, por alguna razón, seguía necesitando que me las recordaran.

En aquel entonces no la creí de verdad, ni tampoco lo hice cuando me dijo que algún día iba a regresar a casa.

No se opuso cuando hice las maletas a los diecisiete años, con lágrimas en los ojos y un fuego ardiendo en mis entrañas, persiguiendo la huida en la que solo creía una chica tonta y con el corazón roto.

Tras meses de resistencia, finalmente cedí a las exigencias de mi padre de irme a vivir con él, y ella me vio marchar, con paso firme y seguro, mientras murmuraba: «Ya encontrarás el camino de regreso cuando lo necesites».

Entonces me había reído, pero en ese momento no me ninguna hacía gracia, y menos al sentir el calor de Tennessee entrando por mis ventanas agrietadas, cargado del aroma de la madreselva y de recuerdos agridulces.

Recuerdos que, por mucho que intentara olvidarlos, siempre acababan regresando a mi mente.

Me dolían los nudillos de tanto apretar el volante mientras mi coche tomaba las curvas de aquella carretera que podía haber recorrido con los ojos cerrados. Willow Grove siempre había sido un lugar muy tranquilo, apacible de alguna manera, y por lo que parecía, no había cambiado mucho.

Pero yo, desde luego, sí lo había hecho.

Tamborileaba en el volante con los dedos, con el peso de toda mi vida traqueteando en el asiento trasero dentro de dos maletas carísimas que mi padre me había regalado por mi compromiso.

Solo había pasado poco más de una semana desde que me había enterado de la infidelidad de Grant, pero ya había empaquetado mis cosas y presentado mi renuncia.

Mi padre me había dicho que estaba cometiendo un error, que estaba tomando decisiones emocionales imprudentes porque estaba dolida.

Quizás fuera así, pero la ira me hacía sentir más limpia y segura de alguna manera.

Había habido demasiadas ocasiones en las que había dejado que mi ira hacia él y hacia Grant se disolviera en perdón, pero en ese instante me aferraba a ella con fuerza, como para compensar todas las veces que me la había tragado.

Mi madre siempre me había dicho que era tan testaruda como la abuela June y que algún día eso iba a volverse en mi contra. Pero ojalá me hubiera aferrado más a eso para no sentirme tan perdida.

Cuando estaba con ellas, nunca había tenido que preguntarme dónde estaba mi sitio. Me habían hecho un hueco que me iba como anillo al dedo, y darme cuenta de que había cambiado esa seguridad por promesas vacías me provocaba un dolor punzante bajo las costillas.

La tentación de llamar a la abuela June y decirle que no pasaba nada me había estado atormentando cada hora de la última semana.

Cuando por fin me había decidido, su «Hola, pequeña» me había dejado sin aliento.

Había abierto la boca para suplicarle que me dijera qué hacer, pero luego la había vuelto a cerrar; de todos modos, June siempre había sabido leerme como un libro abierto.

Llegaba a esas partes que ocultaba a todos los demás, incluso a mí misma.

Solté un suspiro, cansada pero resuelta, y me la imaginé sentada en la vieja silla de cocina, con el cable del teléfono enrollado en el dedo, como solía hacer.

«A veces hay que afrontar las consecuencias, aunque no sea lo que más te guste», me había dicho; y yo, aunque me molestaba, me aferré a cómo ella había hecho que pareciera la decisión más sencilla del mundo, como si no fuera a regresar a un pueblo que no solo estaba plagado de recuerdos de mi madre, sino también de él.

Las ganas de preguntarle por Colt habían sido como un picor implacable bajo la piel, pero había rechinado los dientes y me había obligado a callar antes de que las palabras se me hubieran escapado.

Porque preguntarle lo habría hecho real.

Habría admitido que todavía pensaba en él, que aún podía sentirlo en las grietas que no lograba cerrar del todo, y que su voz seguía sonando en mi mente las noches en que bebía de más y me permitía recordar.

Habían pasado años desde que había pronunciado su nombre en voz alta por última vez, años desde que había escuchado el sonido ronco y profundo de su risa o el susurro apacible de su voz en la oscuridad, pero mi cuerpo se negaba a olvidar.

Era imposible olvidar cómo nos habíamos enamorado tras años de amistad sin complicaciones, ni la forma en que me había tocado, como si se hubiera pasado toda la vida anhelándome.

Pero lo que más me perseguía era cómo me había rechazado, cómo me había dicho que me fuera, con voz fría y tajante, cuando mi padre había ido a buscarme.

Me había dicho a mí misma que ya no me importaba.

Que podía ser fuerte si nuestros caminos se cruzaban.

Pero desde que había llamado a June, me había estado preparando para verlo, para la ira, para el dolor, para el niño que rondaba mis recuerdos y para el hombre en el que podía haberse convertido y al que ya no conocía.

Así que cuando el cartel del pueblo pasó ante mis ojos en un borrón, me quedé sin aliento sin previo aviso.

«Bienvenida a Willow Grove. Población: demasiado pequeña».

Tan pequeña que, al día siguiente, todo el mundo iba a estar enterado de mis asuntos y, para la hora del almuerzo, ya iban a tener una opinión al respecto. Iban a saber que había regresado tras años huyendo, sin nada que mostrar salvo un corazón destrozado y un compromiso cancelado.

Y Grant no iba a ser la única razón de los murmullos que iban a perseguirme. Ese pueblo tenía buena memoria. Todos sabían que ya estaba destrozada antes de marcharme, que ya era mercancía dañada cuando había aceptado el anillo de Grant.

No reduje la velocidad al llegar a la bifurcación. Si seguía a la derecha, llegaría a Main Street; por la izquierda, pasaría por el rancho Calloway, para luego llegar a casa de mi abuela. Puse el intermitente y giré a la izquierda.

No me permití mirar. Mantuve la vista en la carretera, pero ya sabía lo que había allí: la valla desgastada por años de tormentas y sol, los campos que parecían no tener fin y el destello del lago en la distancia.

Hectáreas de terreno que se habían forjado con sangre, sudor y generaciones de trabajo. Una tierra de la que Colt Calloway nunca se iba a marcharse. Intenté obligarme a olvidar lo que era sentirse amada en esa tierra, pero me resultaba imposible.

A lo lejos pastaba una manada de caballos, cuyas siluetas oscuras se movían lentamente por los campos.

Se me hizo un nudo en el estómago al ver aquella imagen, que me traía demasiados recuerdos de él y de todos los veranos que habíamos pasado cabalgando.

Los Calloway habían sido nuestros vecinos toda mi vida, así que conocía aquellas tierras tan bien como en su día conocía a Colt.

La casa de campo de June apareció tras la siguiente colina, encogida bajo robles centenarios y sauces llorones que eran más grandes de lo que recordaba, con las ramas a punto de tocar el suelo.

El viejo buzón se presentó ante mi vista con el nombre «Cates» aún pintado en el lateral con la caligrafía desigual de June, y una sonrisa se dibujó en mis labios mientras entraba por el largo camino de grava.

La casa no había cambiado nada. Cuatro mecedoras se alineaban en el porche que la rodeaba, aunque la madera se estaba decolorando y los cojines se habían aplastado hasta quedar planos. Unos enredos de campanillas de viento maltrechas colgaban de los aleros, tintineando con la brisa.

June ya estaba allí, esperando, apoyada en el marco de la puerta, y al verme se limpió las manos en el delantal que llevaba atado a su delgada cintura; tenía exactamente el mismo aspecto que recordaba.

Su piel estaba bronceada por el sol, y su cabello gris lo llevaba recogido en dos largas trenzas, con aquellos rizos que le enmarcaban el rostro y que no conseguía domar del todo.

Me recibió con una cálida sonrisa, con las comisuras de los ojos arrugadas, y me saludó con la mano como si solo hubiera estado fuera esa tarde.

Incluso desde el coche, pude ver cómo me miraba con una expresión firme y decidida, llena de la fuerza que nace de años de amar profundamente, soportar pérdidas y moldear el mundo que la rodeaba con sus propias manos.

Apagué el motor y dejé la puerta del coche entreabierta mientras cruzaba el patio lo más rápido que podía. La puerta mosquitera chirrió en señal de protesta cuando ella la empujó con la cadera para abrirla, y yo subí los escalones de dos en dos.

June me abrazó, y de repente volví a ser una niña delgada, descalza, cubierta de tierra y agarrada a sus piernas mientras ella limpiaba fresas.

Olía a harina y a limones, y debajo de eso, había un ligero rastro de un día pasado con las manos en la tierra. Me quedé así todo el tiempo que ella me dejó, hasta que se apartó, me enmarcó las mejillas con las manos y escudriñó hasta el último centímetro de mi rostro.

—Aquí está mi pequeña fresa. —Su voz era como miel caliente, pero percibí los hilos de preocupación entretejidos en sus palabras, donde creía que yo no iba a notarlos.

Solo tres personas me habían llamado así: mi madre, June y Colt, y durante mucho tiempo lo había odiado.

Pero ese día me hacía sentir en casa, y me aferré a la forma en que salía de sus labios.

—June. —Suspiré al pronunciar el nombre de mi abuela, que había empezado a usar cuando tenía doce años.

Todavía recordaba el día en que me había venido la regla por primera vez y ella me había dicho que ya era una mujer.

Y las mujeres, al parecer, la llamaban June.

En aquel entonces me había sentido muy mayor, pero ya no me parecía en nada a la mujer que ella había criado.

Puse mis manos sobre las suyas e intenté captar todos los cambios.

—Tengo veintiocho años. ¿No crees que ya he superado eso?