Capítulo 20. El primer vino
El otoño se hizo invierno, y Valdeviñas, poco a poco, con la terquedad de los pueblos, aprendió a vivir con su herida.
Los pueblos son así: no olvidan nada, guardan cada agravio y cada duelo en la memoria común, pero siguen.
Siembran, podan, esperan. La primavera siempre acaba llegando a las viñas, por muy imposible que parezca en el enero más helado, y la vida vuelve a los sarmientos que parecían muertos.
El bar Central lo reabrió Pili, unos meses después, con permiso de Amparo, “para que el pueblo no se quede sin su sitio”.
Cambió alguna cosa, puso otra máquina de café, pero dejó, en su rincón, la foto pequeña de un chico con mono azul y una parra detrás.
Nadie le dijo que la quitara. En Valdeviñas, ahora, todos sabían quién era.
Y de alguna manera, tenerlo ahí, a la vista, era también una forma de justicia: que Julián dejara de ser “un problema que se resolvió solo” para ser, por fin, un hijo del pueblo al que el pueblo recordaba.
Una tarde fría y luminosa de diciembre, Marina y Bruno bajaron a la bodega de Viña Amalia a embotellar el primer vino de verdad de la nueva etapa.
No eran doce botellas de reserva guardadas por una abuela muerta esperando una ocasión.
Eran cientos de botellas jóvenes, vivas, con la etiqueta que Marina había diseñado ella misma después de mucho pensarla: un almendro en flor sobre una loma, sencillo, y debajo, el nombre —Viña Amalia— y el año. El primero suyo.
Trabajaron toda la tarde, en silencio y en compañía, llenando, taponando, etiquetando, con Tempranillo supervisando desde lo alto de un barril con la solemnidad de un catador de comité de denominación.
Cuando terminaron, ya de noche, con las manos frías y la espalda molida y una satisfacción cansada en el cuerpo, Bruno descorchó la primera botella.
Sirvió dos copas. Copas normales, iguales las dos, de cristal sencillo, sin coronitas, sin escudos, sin marcas que distinguieran una de otra. Y le tendió una a Marina.
—A ver qué tal ha salido —dijo—. El veredicto de la sumiller.
Marina cogió la copa. Hizo girar el vino, miró su color a la luz de la bombilla, lo acercó a la nariz y lo olió despacio, con los ojos cerrados.
Y por un momento volvió a ser la niña de la mano callosa de su abuela guiándole el paladar, enseñándole a reconocer la tierra, el sol, la lluvia de un año, el trabajo de unas manos.
“Huele primero, niña. El vino se bebe con la nariz. La boca solo confirma.”
Bebió. El vino estaba vivo, honesto, un poco áspero todavía en el final, con los taninos jóvenes que aún no habían aprendido modales, pero con una fruta limpia y una verdad debajo que no se puede fingir ni comprar.
Un vino con toda la vida por delante. Como ella. Como aquella nueva etapa que empezaba.
—Está verde —dijo, sonriendo, abriendo los ojos—. Le falta reposo, le faltan un par de años de barrica para redondearse. Pero va a ser bueno, Bruno. Va a ser muy bueno. Tiene fondo. Tiene verdad. Mi abuela estaría contenta.
—Como todo lo que necesita tiempo —dijo Bruno. Y la miró de una manera que no tenía nada que ver con el vino, una manera que llevaba meses posándose sobre ella y retirándose, y que esta vez no se retiró.
Marina le sostuvo la mirada. Ya no había grietas entre los dos, ni dudas, ni miedo. Solo el largo reposo de dos personas que han atravesado juntas algo oscuro y han salido, cansadas pero enteras, al otro lado.
Fuera, sobre las viñas peladas y dormidas de diciembre, empezaba a caer, mansa y silenciosa, la primera nevada del invierno, cubriéndolo todo de un blanco limpio, tapando por una noche las heridas del valle.
Dentro, en la bodega tibia que olía a vino nuevo y a madera, dos personas y un gato brindaban por lo que empezaba.
—Por la cosecha —dijo Marina, levantando la copa.
—Por Valdeviñas —contestó Bruno.
Y esta vez, por fin, el brindis no le supo a nada malo.
No hubo amargor escondido, ni sombra, ni miedo.
Solo vino nuevo, un poco áspero y lleno de futuro, sabor a hogar, a tierra propia, a una vida que —por primera vez en mucho tiempo, por primera vez desde que salió de Madrid con el corazón en pedazos— no le daba ningún miedo empezar.
Se acercaron sin prisa, a la temperatura justa de las cosas que han sabido esperar, y se dieron el primer beso entre las barricas, mientras nevaba fuera y el vino reposaba dentro y Tempranillo, con la elegancia de quien lo ha sabido siempre, cerraba los ojos y fingía no mirar.