Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 19. Después
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Capítulo 19. Después

No hubo esposas a la vista, ni gritos, ni sirenas, ni luces azules barriendo las fachadas.

Gálvez levantó la persiana él mismo, con cuidado, entró en el bar tibio, se quitó la gorra —se la quitó, delante de ella, cosa que Marina no le había visto hacer con nadie— y le dijo a Amparo con una suavidad que no le sabía a aquel hombre grande de bigote gris:

—Amparo, tiene usted que acompañarme. Hágame el favor.

—Ya lo sé, hijo. Ya lo sé. —Amparo cogió su bolso de detrás de la barra, comprobó que llevaba las llaves, como quien sale a hacer un recado—. Anda, vamos. ¿Cerramos la luz? No vaya a ser que se quede encendida toda la noche y luego digan.

Salió del bar Central por su propio pie, erguida, digna, en mitad de aquella noche de octubre, y el pueblo dormido no se enteró de nada hasta la mañana siguiente.

Gálvez la llevó en su coche particular, sentada delante, no atrás, como se lleva a una persona y no a una cosa.

Y esa fue, quizá, la única justicia verdadera de toda aquella historia: que a la asesina la trataran con más humanidad de la que su víctima había tratado nunca a nadie.

Cuando el pueblo se enteró, a la mañana siguiente, Valdeviñas no supo qué hacer con la noticia.

Y ese no saber duró semanas, y en cierto modo no se curó nunca del todo.

Porque no es lo mismo odiar a un asesino desconocido, uno venido de fuera, con cara de malo, que descubrir que la asesina es la mujer que te ha servido el café toda la vida.

La que te fio cuando no tenías para pagar.

La que veló a tu madre. La que perdió a un hijo por culpa del mismo muerto.

El pueblo se dividió al principio, y discutió en la plaza y en la panadería, unos que si la ley es la ley y otros que si bien hecho está, que ojalá lo hubiera hecho antes.

Y luego, poco a poco, se fue juntando en un sentimiento raro, incómodo, que no tenía nombre en ningún diccionario: una pena que no sabía a quién culpar, un luto por todos a la vez, por el muerto y por la que lo mató y por el chico que empezó todo dieciocho años atrás.

Nadie celebró que se resolviera el caso.

Nadie. En Valdeviñas no hubo alivio, solo un silencio espeso y triste que se instaló en las calles durante el otoño entero, el silencio de un pueblo que descubre que la desgracia no vino de fuera, que no era un monstruo forastero, sino que llevaba dieciocho años creciendo dentro, a la vista de todos, detrás de una sonrisa que nadie quiso leer.

Soltaron a Tomás Herrera del todo, sin cargos, esa misma semana, limpio ya de toda sospecha.

Volvió a su finca, a sus cepas moribundas, y cuando se enteró de quién había sido de verdad, se sentó en el murete de piedra de sus abuelos y lloró largo rato, y no se supo si lloraba por él, por Ezequiel, por Amparo o por el valle entero.

Semanas después, Nuria Marañón, antes de marcharse, le vendió a Tomás sus propias viñas de vuelta —las que su padre le había arrebatado a los Herrera y a otros— por el mismo precio de saldo que Ezequiel había pagado por ellas.

“Para deshacer un poco de lo que hizo mi padre”, dijo, sin más explicación.

Tomás recuperó la tierra de sus muertos.

No era justicia del todo, pero se le parecía.

A Bruno lo soltaron también, y su nombre quedó limpio, y el pueblo, avergonzado de haber recelado del forastero, empezó a saludarlo por la calle con una cordialidad nueva, un poco culpable, esa manera que tienen los pueblos de pedir perdón sin decirlo, invitándote a un vino, guardándote el mejor pan.

A don Casimiro, la historia le estalló igual.

Cuando la Guardia Civil registró los papeles de Ezequiel para la instrucción, apareció el convenio urbanístico de la ribera del río, y con él las firmas del alcalde donde no debían estar, y el rastro del viejo agujero de la piscina.

Don Casimiro dimitió antes de que lo echaran, con la excusa de “motivos de salud”, y pasó de dar discursos subido a la fuente a no atreverse a cruzar la plaza a plena luz.

La justicia iría despacio con él, como va siempre con los cobardes de traje, entre recursos y dilaciones.

Pero en Valdeviñas ya había dimitido del único cargo que de verdad importaba en un pueblo: el de vecino de fiar.

Y Nuria Marañón vendió por fin Bodegas Marañón al fondo de Burdeos, en cuanto la instrucción del caso lo permitió, cerró la nave de chapa gris —que quedó vacía, oscura, apagado su cartel de la M coronada por primera vez en veinte años— y se marchó del valle sin mirar atrás, a empezar una vida que fuera suya.

Pero antes de irse hizo algo que nadie esperaba de una Marañón: pagó, de su bolsillo y sin que se lo pidiera nadie, la reforma entera de la escuela del pueblo, que se caía a pedazos.

Y en la fachada nueva hizo poner una placa pequeña, sin apellidos, que decía: “En memoria de un joven de este pueblo que trabajó una vendimia y no pudo llegar a estudiar. Para que otros sí puedan.” Todo Valdeviñas entendió de quién hablaba la placa.

Y quizá era la única manera que Nuria tenía de devolver, aunque fuera un poco, con veinte años de retraso, algo de lo que su padre había robado. La sangre no se hereda solo en lo malo.

De Amparo, el pueblo habló poco y con la voz baja, como se habla de los muertos queridos.

La causa siguió su curso lento por los juzgados de la capital.

Los abogados hablaban de su edad, de dieciocho años de sufrimiento probado, de circunstancias atenuantes.

Marina fue a verla una vez, al sitio donde la tenían mientras se resolvía todo, y no hablaron del crimen.

Hablaron del pueblo, de la casa rural, de si el vino de Viña Amalia iba a salir bueno.

Y al despedirse, Amparo le cogió la mano entre las suyas y le dijo: “Cuídate ese paladar, guapa. Y ese enólogo. Que la vida son dos días y no hay que dejar los buenos vinos guardados demasiado tiempo, que luego pasa lo que pasa.” Y sonrió, con una sonrisa que por primera vez en dieciocho años no ocultaba nada detrás.