Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Epílogo
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Epílogo

La primavera llegó a Valdeviñas, como llega siempre, sin pedir permiso. Los almendros florecieron primero, rosas y blancos sobre las lomas todavía frías, y luego brotaron las viñas, con esos brotes de un verde tan tierno que parece mentira que de ahí salga después algo tan serio como el vino.

Viña Amalia recuperó a sus huéspedes. La mala fama se fue diluyendo, como se diluye todo en los pueblos con el tiempo y con la nieve y con las flores nuevas, y las habitaciones volvieron a llenarse de gente de ciudad que venía a buscar silencio, pájaros y vino honesto.

Don Prudencio, el de los abejarucos, volvió en abril y se declaró oficialmente cliente fijo.

Marina y Bruno hacían vino juntos y se querían despacio, a fuego lento, sin prisa, que es como se hacen las cosas que duran, y ninguno de los dos tenía ninguna gana de apresurar aquella crianza.

Una mañana de mayo, cuando Marina servía el desayuno en el comedor, llamaron a la puerta de la casa rural.

Era un huésped que no tenía reserva: un hombre callado, de mediana edad, con acento de fuera y una vieja maleta de cuero que sujetaba como si dentro llevara algo más valioso que ropa.

Dijo que se quedaría “unos días, quizá más”, que había venido “a cerrar un asunto pendiente en el valle”.

No dio muchas más explicaciones, y a Marina, que había aprendido a leer a la gente, le pareció que aquel hombre cargaba con algo, un peso viejo, de esos que la traen a uno de vuelta a un sitio después de muchos años.

Aquella misma tarde, el pueblo empezó a preparar la Feria del Vino de primavera, la gran cita del año, donde todas las bodegas del valle sacaban lo mejor de sus barricas.

Y esa noche, mientras colgaba la ropa en el patio, Marina se fijó en que Tempranillo se había subido al muro y miraba fijamente, muy quieto, con la cola enroscada y esa atención suya que ella ya había aprendido a temer, la ventana de la habitación del huésped sin reserva.

Marina sintió un cosquilleo familiar en la nuca. Ese que ya conocía. El de cuando algo, debajo de la superficie tranquila de las cosas, no encaja del todo.

—Tempra —murmuró—. No me hagas esto otra vez.

El gato, por supuesto, no contestó. Siguió mirando la ventana iluminada, inmóvil, como quien vigila el principio de una historia.

Pero eso, como todo lo bueno y todo lo malo de Valdeviñas, es ya otro cuento.

Fin de “Cosecha de secretos”.

Marina, Bruno, Tempranillo y todo el pueblo de Valdeviñas regresan en el Libro 2 de la serie: “Reserva de rencores”.