Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 17. El café de las diez
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Capítulo 17. El café de las diez

El plan era sencillo, que son los que salen bien.

Marina iría al bar Central a la hora de cerrar, esa noche, cuando ya no quedara nadie tomando la última.

Hablaría con Amparo. Y el sargento Gálvez esperaría fuera, aparcado en el callejón de atrás, de paisano, en su coche particular y no en el patrullero, escuchando todo por el teléfono que Marina dejaría abierto en el bolsillo del delantal, con una llamada en curso.

Si la conversación llegaba a buen puerto, Gálvez entraría al final, tranquilo, sin escándalo. Si algo se torcía, entraría antes.

—No me gusta —había gruñido Gálvez esa tarde, cuando se vieron a las afueras del pueblo para acordarlo, los dos en el coche del sargento como dos conspiradores—.

No me gusta un pelo. Meto a una civil, sin formación, sin nada, a sacarle una confesión a una envenenadora que ha esperado dieciocho años para matar.

¿Sabe lo que me pasa a mí si esto sale mal?

Que me quedo sin galones, sin pensión y sin dormir el resto de mi vida.

Y a usted, señora Solís, le puede pasar algo bastante peor que quedarse sin galones.

—Saldrá bien, sargento. —Marina miraba por el parabrisas las viñas peladas—. Amparo no es peligrosa para mí. Solo lo fue para un hombre, para uno solo en toda su vida, y ese hombre llevaba dieciocho años ganándoselo a pulso. Ella no va a por mí. Va a por su paz.

—Eso, señora Solís, no le toca decidirlo a usted.

Ni a ella. Una vida es una vida, la del santo y la del canalla.

Para decidir quién merece qué están los jueces, precisamente para que no lo decida cada uno por su cuenta con lo que tiene en el patio de casa.

—Gálvez la miró de reojo—. Que es exactamente lo que hizo ella, no lo olvide. Decidir por su cuenta.

Y Marina se quedó callada, porque el sargento tenía toda la razón, y esa razón era, en el fondo, el nudo de todo aquel asunto.

Había pensado en callarse. Lo había pensado más de una vez en aquellas semanas, sobre todo por las noches.

En dejar que la muerte de Ezequiel se archivara como uno de esos misterios que los pueblos guardan y no resuelven.

En proteger a Amparo, en hacer justicia a su manera con el silencio, en dejar que la pobre mujer viviera en paz los años que le quedaran, después de todo lo que le habían quitado.

Sería tan fácil. Nadie lo sabría nunca. Solo ella y Bruno. Y quizá Gálvez, que también dudaba.

Pero cada vez que la tentación del silencio la rondaba, Marina pensaba en Tomás Herrera sentado en su murete, llorando por algo que no hizo, con la sombra de la sospecha encima para el resto de su vida en un pueblo que no olvida.

Pensaba en Bruno, señalado, mirado de reojo, con su nombre otra vez manchado por culpa de Ezequiel Marañón incluso después de muerto.

Y pensaba, sobre todo, en una cosa que le daba escalofríos: que la justicia por cuenta propia, la de decidir uno mismo quién merece vivir y quién morir, era exactamente lo que había hecho Amparo.

Con sus razones, con su dolor infinito, con toda la justicia moral del mundo de su parte.

Y por ese camino, con las mejores razones, una persona buena acababa hirviendo adelfa en la trastienda de un bar y echándola en la copa de un hombre.

El camino al horror estaba empedrado de agravios legítimos.

No. La verdad tenía que salir a la luz, aunque doliera, aunque iluminara lo que el pueblo prefería dejar en sombra.

Esa era la única diferencia real entre Marina y quien había matado a Ezequiel: no las razones —las de Amparo eran mejores que ninguna—, sino lo que uno decide hacer con ellas.

Y Marina había decidido no ser juez. Solo testigo.

Y que juzgaran los que tienen que juzgar.

A las diez menos cinco de aquella noche fría de octubre, Marina cruzó la plaza vacía.

Sus pasos resonaban en el empedrado, en el mismo empedrado donde seis semanas atrás se había roto una copa y había caído un hombre.

La fuente murmuraba sola en la oscuridad.

Las ventanas del pueblo estaban ya casi todas apagadas.

Solo el bar Central tenía la persiana a medio bajar y la luz cálida encendida dentro, un rectángulo dorado en la noche.

A través del cristal, Marina vio a Amparo secando vasos detrás de la barra, tranquila, tarareando por lo bajo una copla de la radio, con el gesto sereno de treinta años de rutina. La imagen más inofensiva del mundo. La imagen del corazón del pueblo, latiendo a su hora de siempre.

Marina respiró hondo. Se palpó el bolsillo del delantal, comprobó que el teléfono tenía la llamada abierta y la rayita de cobertura, que Gálvez estaba al otro lado, en el callejón, escuchando. Y llamó al cristal con los nudillos, tres golpes suaves.

Amparo levantó la vista. Y al ver quién era, al otro lado del cristal, en la noche, a aquella hora impropia de visitas, sonrió.

Pero fue una sonrisa distinta a todas las que Marina le había visto en su vida.

No la sonrisa profesional de servir cafés.

No la sonrisa cálida de consolar penas. Una sonrisa cansada, casi aliviada, con algo de despedida.

La sonrisa de quien lleva mucho, muchísimo tiempo, esperando una visita que sabía que, tarde o temprano, iba a llamar a su puerta.

Y que casi agradecía que por fin llamara.

Dejó el paño sobre la barra. Rodeó el mostrador. Y le abrió la puerta.

—Pasa, guapa —dijo Amparo, con una voz suave, sin sorpresa ninguna—. Te estaba esperando. Anda, siéntate, que te pongo un café. Que hace una noche de perros y vienes helada.