Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 16. Lo que hay que hacer
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Capítulo 16. Lo que hay que hacer

Marina fue a buscar a Bruno. Se lo debía —tenía una disculpa pendiente que le quemaba— y, además, no podía ni quería cargar sola con lo que sabía. El peso era demasiado grande para una sola persona.

Lo encontró en la bodega, a media mañana, rellenando barricas con una sonda, absorto en su trabajo callado. En cuanto la vio entrar y le vio la cara, dejó lo que tenía entre manos. La conocía ya lo suficiente para saber que esa cara traía algo grave.

—Ya lo sé —dijo Marina sin preámbulos, apoyándose en una barrica—. Sé quién fue, Bruno. Estoy segura.

Se lo contó todo, ordenadamente, como quien presenta una cata razonada.

El amargor de la copa. La copa marcada con la coronita, que solo alguien del pueblo sabía identificar.

El momento del discurso, en que la copa de Ezequiel quedó sola y desatendida.

La bandeja, la figura que servía y a la que nadie miraba.

La mentira de Amparo en el mercadillo, colocándose a sí misma sentada y de espaldas cuando estuvo de pie y de frente.

La nota de papel de estraza que olía a café.

La foto de Julián en el bar y el temblor de la mano de Amparo.

La historia entera de la bodega vieja que le había contado Remedios.

Y, por fin, la rama de adelfa cortada en el patio del Central.

Bruno la escuchó sin interrumpir ni una sola vez, cada vez más pálido, apoyado contra la pared de piedra fría de la bodega. Cuando Marina terminó, se quedaron los dos en silencio en la penumbra, entre las barricas donde dormía el primer vino de Viña Amalia, ajeno a todo.

—Amparo —dijo Bruno al fin, en voz baja, como si le costara que las sílabas le salieran de la boca—. Amparo Gil. La del bar. —Negó con la cabeza, incrédulo y a la vez rendido a la evidencia—. Dios mío. Amparo.

—Amparo.

Se hizo otro silencio. Fuera, muy lejos, se oyó el motor de un tractor.

—Perdóname —dijo Marina de pronto, y las palabras le salieron atropelladas, como llevaban días queriendo salir—.

Por lo del coche, la otra noche. Por dudar de ti a la cara.

Estaba desesperada, había tachado a todo el mundo menos a ti, y en vez de pensarlo con calma descargué mi miedo contigo, que eras el que menos lo merecía, el único que me estaba ayudando. No estuvo bien. No lo volveré a hacer.

Bruno la miró largo rato en la penumbra. Y algo en su cara, tan seria de costumbre, se ablandó del todo.

—Dudaste de mí porque piensas con la cabeza fría hasta cuando te duele —dijo despacio—.

Es exactamente lo mismo que te ha hecho encontrar la verdad cuando la Guardia Civil entera se había ido por el camino fácil.

No puedes tener las dos cosas y quedarte solo con la que te gusta.

La cabeza que descarta a Nuria y a Tomás es la misma que me puso a mí en la lista.

No te disculpes por ser lo que eres, Marina.

—Esbozó media sonrisa, la primera desde la noche del coche, cansada pero verdadera—.

Solo… no lo hagas conmigo otra vez, si puedes evitarlo.

Que me cuesta mucho enfadarme contigo. Y no me gusta nada lo poco que me cuesta perdonarte.

Fue un momento pequeño, y no era ni el lugar ni la hora para más, con lo que tenían encima. Pero Marina lo guardó entero, como se guarda un buen trago para recordarlo en los días malos que se intuyen venir.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Bruno, volviendo a lo grave—.

Porque lo que tienes es convincente, encaja todo, pero…

no es una prueba, Marina. No para un juez.

Un corte en una rama de adelfa, que Amparo puede decir que hizo para un ramo.

Un amargor que solo notaste tú y que ya no se puede demostrar.

Una mentira sobre dónde estaba, que a su edad justifica como un despiste.

Una historia vieja y triste que da un motivo, pero un motivo no es una prueba.

Un buen abogado tira todo eso abajo en diez minutos.

Amparo podría negarlo, sonreír, servir un café, y no tendrías nada.

—Lo sé. —Marina se frotó los ojos, agotada de días sin dormir bien—. Podría ir a Gálvez con todo esto y dejar que sea él quien tire del hilo oficialmente, quien pida una orden, quien registre. Es lo correcto. Es lo que hay que hacer, y es lo que voy a hacer. —Hizo una pausa—. Pero.

—Pero.

—Pero mientras la comandancia sigue su procedimiento, con sus tiempos y sus jueces, Tomás y Bruno siguen fichados, el pueblo sigue recelando, y Amparo tiene todo el tiempo del mundo para deshacerse de lo poco que quede: la rama, el frasco donde destiló el veneno, lo que sea que usó.

Un registro sin pruebas físicas no vale de nada, y si la aviso yendo por lo oficial, hace desaparecer lo último que la incrimina.

—Marina miró a Bruno—. Y hay otra cosa, y no sé ni cómo decírtela sin que suene raro.

Necesito hablar con ella antes. Cara a cara.

No para juzgarla, que para eso ya está la ley, ni para vengar a Ezequiel, que bien poco lo merece.

Necesito oírlo de su boca. Necesito entender cómo una mujer buena, la mejor del pueblo, se convierte en esto.

Porque si no lo entiendo, Bruno, no voy a poder volver a mirar a nadie de este pueblo a la cara sin preguntarme qué esconde detrás de su sonrisa.

Necesito entenderlo para poder seguir viviendo aquí.

Bruno la miró largo rato, con esa mezcla suya de preocupación y de respeto a regañadientes.

—Es peligroso —dijo por fin—. Ha matado a un hombre, Marina. Con premeditación, con paciencia, a sangre fría durante dieciocho años. Si te ve como una amenaza a su secreto, si piensa que vas a delatarla…

—No me ve como una amenaza. —Marina sacó del bolsillo la nota de papel de estraza y la puso sobre una barrica, entre los dos—.

Léela otra vez. “No remuevas más, por tu bien y por el de todos.” Esto no es una amenaza, Bruno.

Es una súplica. Amparo no quiere hacerme daño.

Amparo lo que no quiere es tener que elegir entre su secreto y una persona a la que aprecia de verdad, a la que conoce desde niña, a la nieta de su amiga Amalia.

Me escribió esta nota para que yo parara, para no verse en la tesitura.

La única persona a la que Amparo Gil ha querido hacer daño en toda su vida llevaba una coronita grabada en la copa.

—Se guardó el papel—. Voy a hablar con ella.

Pero no voy a ir sola, no soy tonta. Voy a hacer las cosas de manera que, pase lo que pase, la verdad salga a la luz y nadie inocente pague por ella.

Cogió el teléfono. Y ante la mirada seria de Bruno, marcó el número del sargento Gálvez.

—Sargento —dijo, cuando el hombre descolgó al otro lado con su gruñido de siempre—.

Soy Marina Solís. Creo que sé quién mató a Ezequiel Marañón.

Y creo que sé cómo conseguir que lo confiese.

Pero voy a necesitar que confíe usted en mí una última vez.

Y que traiga una orden, y unos guantes, y mucha discreción.

Porque esto, sargento, no se va a resolver con esposas. Se va a resolver con un café.