Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 15. Las piezas
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Capítulo 15. Las piezas

Esa noche Marina no durmió, pero esta vez no para buscar, sino para comprobar.

Porque una cosa había aprendido en la vida, y en las catas, y en el fracaso de su matrimonio: que cuando uno cree saber la respuesta, la tentación más peligrosa es acomodar los hechos a la sospecha, ver solo lo que confirma lo que ya se piensa.

Así se cometen las injusticias. Así había señalado el pueblo a Tomás y a Bruno.

De modo que se obligó a lo contrario. Extendió otro mantel de papel, y esta vez, en lugar de buscar culpables, se propuso demostrar que Amparo era inocente.

Si lo conseguía, si encontraba un solo hecho que la exculpara sin lugar a dudas, podría dormir en paz y volver a tomarse el café en el Central sin este peso en el alma.

Y si no lo conseguía, tendría su respuesta, terrible pero firme.

Repasó a los otros, uno a uno, por última vez, para asegurarse de que no se le escapaba nadie, de que no estaba cerrando el círculo sobre Amparo solo porque era la última que quedaba.

Nuria Marañón. A las diez de la mañana llamó al sargento Gálvez y se lo preguntó sin rodeos.

“Confirmadísimo”, gruñó el sargento al otro lado.

“La operadora ha certificado la llamada. Treinta y un minutos a un número de Francia, empezó cuatro minutos antes del discurso del alcalde y no colgó hasta que ya había ambulancia. La chica estaba de espaldas, en la esquina de los soportales, hablando de contratos en francés todo el rato. No pudo ser.” Nuria, fuera, con certeza documental.

Tomás Herrera. Marina ya había hablado con su cuñado y con dos vecinos más, por separado, sin que se pusieran de acuerdo, y los tres, sin fisuras, lo situaban en la esquina de los Herrera durante todo el brindis, sin moverse, bebiendo y rumiando.

Un hombre no está en dos sitios a la vez, y menos en una plaza llena de ojos. Tomás, fuera.

Bruno Salas. Llegó tarde, con las copas ya servidas y la mesa de honor vigilada por medio pueblo.

Marina lo había visto con sus propios ojos entrar en la plaza cuando don Casimiro ya carraspeaba en la fuente; le había puesto ella misma una copa vacía en la mano.

No pudo envenenar una copa a la que llegó tarde.

Bruno, fuera. (Y aquí a Marina se le encogía el corazón de otra manera, con culpa, porque a Bruno lo había herido con su duda, y esa herida seguía abierta entre los dos, sin cerrar.)

Don Casimiro. Subido a la fuente, a la vista de doscientas personas, durante todos y cada uno de los minutos que importaban. Un cobarde, un corrupto, un triturador de pruebas. Pero materialmente incapaz de acercarse a ninguna copa. Fuera.

Cuatro nombres tachados, con pruebas, con testigos, con lógica. Y en el centro del mantel, sin tachar, rodeado ahora por todas las líneas que convergían en él, un solo nombre.

Marina dejó el lápiz. Se levantó, cogió una linterna, se abrigó, y salió a la noche fría, antes de que amaneciera, cuando el pueblo aún dormía y solo ladraban los perros a lo lejos. Necesitaba una última comprobación, la única prueba física que se le ocurría que pudiera existir.

Bajó caminando hasta el bar Central, cerrado y a oscuras.

No entró. Rodeó el edificio por el callejón de atrás hasta el patio pequeño, ese patio donde Amparo tenía sus macetas, su tendedero y sus plantas.

Y allí estaban, contra la tapia del fondo, tal como había dicho don Prudencio el de los pájaros: tres adelfas grandes, frondosas, hermosas, cargadas todavía de algunas flores rosas tardías que la luz de la linterna volvió fantasmales en la oscuridad.

Preciosas y venenosas, como había dicho Bruno.

Como todo lo que en aquella historia era a la vez bello y mortal.

Marina las iluminó con la linterna, rama por rama, conteniendo el aliento, con el corazón golpeándole en los oídos.

Y en la más grande, a media altura, medio escondido entre el follaje, encontró lo que temía y esperaba a partes iguales: un corte.

Una rama gruesa cercenada limpiamente, con unas tijeras de podar o una navaja bien afilada, y la savia seca en el muñón, pero no del todo.

Un corte de unas semanas atrás. De justo antes de la vendimia. De justo antes de la fiesta.

Se quedó mirando aquel corte mucho rato, arrodillada en el patio frío, mientras el cielo empezaba a clarear por el este y teñía las nubes del mismo rosa exacto que las flores que mataban. Y una tristeza inmensa, definitiva, se le asentó en el pecho como un sedimento.

Ya no le quedaba ninguna duda razonable. Le quedaba algo mucho peor: la certeza completa. El motivo, el conocimiento, la oportunidad, el medio, la mentira, y ahora la rama cortada. Todo encajaba con la precisión de un buen vino: cada elemento en su sitio, sosteniendo a los demás.

Y con la certeza llegó la pregunta más difícil de todas, la que la certeza siempre trae detrás como una sombra.

Porque una cosa era saber quién había matado a Ezequiel Marañón.

Y otra muy distinta, muchísimo más difícil, era decidir qué hacer con esa verdad, ahora que la asesina era la mujer más querida del pueblo, y el muerto, el hombre más odiado, y la historia detrás de todo, la más triste y la más injusta que Marina había oído nunca en su vida.

Se levantó, apagó la linterna, y salió del patio de Amparo con las primeras luces del alba, cargando un peso que no sabía dónde dejar.