Capítulo 14. La bodega vieja
Tía Remedios no quería contarlo. Marina tuvo que insistir tres veces, en tres visitas distintas, y aun así la anciana se escabullía, cambiaba de tema, se levantaba a poner el café. Contar la historia de la bodega vieja era, para Remedios, como abrir una tumba con las manos.
—Déjalo estar, hija —le decía—. Hay cosas que es mejor no menear. ¿Qué más da ya?
Al final la convenció con la única verdad que le quedaba, la que no admitía escapatoria.
—Remedios, escúchame. Hay dos inocentes que la Guardia Civil se ha llevado ya al cuartel: Tomás y Bruno.
Los han soltado, pero siguen fichados, siguen señalados, y el pueblo los mira de reojo por la calle.
Y el que lo hizo de verdad anda suelto, tomando café en la plaza como si nada.
Si tú sabes algo que pueda enderezar esto, callártelo ya no es respetar a los muertos, tía.
Es abandonar a los vivos. Es dejar que paguen justos por pecadores.
Y eso, tú, que eres la mujer más justa que conozco, no lo puedes hacer.
La anciana estuvo mucho rato en silencio, dándole vueltas y vueltas a la taza de café que Marina le había puesto delante, sin beberla.
Fuera, la tarde de octubre caía sobre las viñas ya desnudas y las teñía de un oro cansado, el oro del final de la temporada.
Cuando por fin habló, lo hizo con una voz distinta, más vieja, más honda, como si contar aquello la envejeciera diez años de golpe y le pesara en la lengua cada palabra.
—Fue hace dieciocho años —empezó—. En la vendimia.
Cuando Ezequiel todavía tenía la bodega vieja, la de piedra, la que se ve desde la finca de Herrera, entre las encinas.
Antes de construir esa nave de chapa que da pena mirar.
Era una bodega antigua, hermosa, de las de toda la vida, con sus depósitos de hormigón enterrados en el suelo y sus escaleras de caracol de piedra gastada.
Preciosa por fuera. Y una trampa mortal por dentro, porque Ezequiel, que para presumir de traje no reparaba en gastos, para la seguridad de sus trabajadores no soltaba un duro.
“Para qué, si esto aguanta desde mi abuelo”, decía. “Aquí no ha pasado nunca nada.”
Remedios bebió por fin un sorbo, y le tembló el pulso al dejar la taza.
—Aquel año contrató a chavales del pueblo para ayudar en la vendimia.
Casi críos, de esos que quieren ganarse unas perras en verano.
Entre ellos, el hijo de Amparo. Julián. —La anciana miró a Marina, y esta asintió despacio, para hacerle saber que ya sabía ese pedazo, que podía seguir—.
La alegría de su madre, aquel chico. Guapo, trabajador, listo.
Quería estudiar, ser alguien, salir del pueblo y volver con una carrera.
Amparo lo tenía por un rey. Se había quedado viuda joven, ¿sabes?
, y el chico era todo lo que tenía en el mundo. Todo.
—¿Qué le pasó?
Remedios cerró los ojos un momento, como para verlo mejor o para no verlo.
—Le tocó limpiar uno de los depósitos enterrados.
De esos de hormigón, hondos, que fermentan el vino.
Y esos depósitos, cuando dentro ha fermentado el mosto, sueltan un gas, el gas del vino, que no huele a nada, que no se ve, que es más pesado que el aire y se queda en el fondo esperando.
Y ese gas, si bajas al depósito sin ventilarlo bien, sin airearlo horas, te quita el conocimiento en dos respiraciones y te mata en dos minutos.
Sin dolor, dicen, pero muerto igual. Todo el que trabaja en el vino lo sabe, Marina.
Es la primera lección. Se ventila el depósito, se espera, se baja con un arnés atado, y arriba se queda siempre otro hombre vigilando, con la cuerda en la mano, por si acaso.
Son las normas. Las normas de toda la vida, escritas con sangre de otros antes.
—Y Ezequiel no cumplió ninguna —dijo Marina, en voz muy baja.
—Ezequiel no había puesto ventilación en aquel depósito.
No había comprado arneses. No puso a nadie a vigilar arriba.
Aquella mañana venían camiones a cargar y había prisa, y mandó al chico abajo solo, con un cubo y una manguera, a que limpiara deprisa, “que no tenemos todo el día”.
—A Remedios se le quebró la voz, y una lágrima le rodó por la cara surcada de arrugas—.
El muchacho bajó por la escalera de caracol.
Y no volvió a subir. Cuando se dieron cuenta de que llevaba mucho abajo y bajó otro a buscarlo, ya no había nada que hacer.
Ya estaba… ya estaba frío el pobre, en el fondo de aquel depósito oscuro, solo, con diecinueve años.
En la cocina de Viña Amalia se hizo un silencio espeso, de esos que pesan. Hasta Tempranillo, ovillado en una silla, parecía escuchar, muy quieto, con los ojos entornados.
—¿Y Ezequiel? —preguntó Marina, aunque ya intuía la respuesta, aunque la había leído entre líneas en los cuadernos de su abuela.
—Ezequiel tenía dinero. Y el dinero, hija, compra muchas cosas, hasta la verdad.
Pagó a los peritos para que pusieran en el informe que el chaval había sido “imprudente”, que había bajado por su cuenta sin que nadie se lo mandara, que fue culpa suya.
Una mentira podrida, porque lo mandó él, delante de testigos que luego, con miedo a perder el jornal, no se atrevieron a declarar.
Pagó abogados de la capital. Movió a sus amigos, que ya empezaba a tenerlos en los sitios donde conviene tenerlos.
Y al final no le pasó nada. Nada de nada.
Una multa administrativa que para él era calderilla, menos de lo que le costaba el traje, y a seguir tan campante.
—Remedios se secó la lágrima con el dorso de la mano, con rabia—.
Y encima, el muy sinvergüenza, tuvo la desfachatez de ir a ver a Amparo con un cheque.
A ofrecerle dinero. “Una indemnización”, lo llamó.
Como quien paga un saco de uva que se le ha estropeado.
Le puso el sobre en la barra del bar, delante de ella.
—Y Amparo no lo aceptó.
—Amparo cogió el sobre, lo abrió, sacó el cheque, y se lo rompió en la cara en trocitos pequeños.
Y le dijo —esto lo oyó medio pueblo, porque fue en la puerta del bar—: “Este dinero huele a la sangre de mi hijo, Ezequiel Marañón. Métetelo donde te quepa. Y vive muchos años. Vive muchos, muchos años, para que te dé tiempo a acordarte.” —Remedios negó con la cabeza, despacio—.
Yo entonces pensé que era una maldición de madre, de las que se dicen y no pasa nada. Ahora ya no sé qué pensar.
—¿Y luego? —Marina apenas se atrevía a hablar—. ¿Qué hizo Amparo, después?
—Luego hizo lo más terrible que puede hacer una madre a la que le han roto el corazón y encima le han robado hasta la justicia.
—Remedios levantó la vista, y en sus ojos viejos había un horror antiguo, como si acabara de entender del todo, dieciocho años después, algo que siempre había tenido delante—.
Siguió viviendo. Aquí. En el pueblo. Con el bar abierto cada mañana.
Con Ezequiel a media hora, en su nave nueva, engordando, comprando viñas, presumiendo, brindando en cada fiesta.
Ella lo veía cada año en la plaza, en las Navidades, en la vendimia.
Y cada año, Marina, cada año durante dieciocho años, le sonreía.
Le servía el vino. Le daba los buenos días.
Le preguntaba por la familia. —A Remedios se le llenaron otra vez los ojos—.
Yo siempre pensé que esa mujer era una santa, la más santa del pueblo, por ser capaz de tanto perdón.
Pero ¿sabes qué te digo ahora, con lo que ha pasado, con lo que todos sospechamos y nadie dice?
Que una sonrisa que aguanta dieciocho años de odio no es una sonrisa de santa.
No puede serlo. A lo mejor es otra cosa.
A lo mejor es la sonrisa de alguien que está esperando.
Esperando su momento. Como esperó ella que Ezequiel viviera muchos años, para que le diera tiempo. Le diera tiempo a acordarse… o a pagar.
El reloj de pared de la cocina marcaba los segundos en el silencio. Uno. Otro. Otro. Fuera, se había puesto el sol y el valle se apagaba en azules.
—Nunca se ha ido del pueblo, la pobre —dijo Remedios en un susurro, y fue como una losa cayendo sobre una tumba—. Dieciocho años aquí, con su dolor y su sonrisa. Sigue detrás de la barra. Sigue sirviéndote el café con leche cada mañana. Con dos azucarillos, como te gusta.
Y Marina Solís, por fin, con el corazón hecho pedazos, dejó de apartar la vista de lo que llevaba dos semanas negándose a ver del todo. Ya no había duda razonable posible. Solo quedaba la certeza, y una tristeza tan grande que no le cabía en el pecho.