Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 13. El aviso
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Capítulo 13. El aviso

Marina encontró la nota al día siguiente por la mañana, clavada con una chincheta en la puerta de madera de la bodega, donde no podía dejar de verla.

Era un trozo de papel de estraza, del marrón que se usa para envolver el pan y los embutidos. Y en él, con letra de imprenta cuidadosamente disfrazada, trazada despacio para que no se reconociera, alguien había escrito:

“Deja en paz a los muertos y a los vivos. Este pueblo ya ha sufrido bastante. No remuevas más, por tu bien y por el de todos.”

No era una amenaza de película. No hablaba de cuchillos, ni de venenos, ni de accidentes.

No decía “o paras o te arrepientes”. Y quizá por eso, precisamente por eso, daba más miedo que cualquier amenaza directa: por lo cansada que sonaba, por esa manera de suplicar más que de amenazar, por ese “por el de todos” que parecía pensar de verdad en el bien del pueblo.

Como si quien la había escrito no quisiera hacerle daño a Marina, sino, al contrario, ahorrárselo.

Como si le doliera tener que escribirla.

Marina se quedó mucho rato de pie ante la puerta, con el papel en la mano y el corazón acelerado. Tempranillo se restregó contra sus piernas, inquieto, con las orejas hacia atrás, notándole el miedo a través de la tela del pantalón.

Podía llamar a Gálvez. Debía llamar a Gálvez, seguramente. Pero en vez de eso hizo lo que llevaba haciendo dos semanas: pensar. Se sentó en el escalón de la bodega, con el papel en las rodillas, y lo examinó como examinaría un vino sospechoso, con todos los sentidos a la vez.

Primero, el soporte. Papel de estraza, del de envolver el pan, del que hay en la panadería y en el bar y en cualquier casa donde se guarde el pan del día. Nada concluyente por sí solo, pero un dato.

Segundo, la letra. Mayúsculas de imprenta, disimuladas a propósito, pero con un temblor característico en los trazos, un pulso inseguro. No era la letra firme de alguien joven. Era la letra de una mano mayor esforzándose por parecer otra.

Y tercero, el olor. Aquí Marina cerró los ojos y se acercó el papel a la nariz, como hacía con las copas, buscando lo que otros no huelen.

Y lo encontró: un aroma tenue, casi imperceptible, pero inconfundible para ella.

El papel olía, muy levemente, a café molido y a azúcar quemada.

A vainilla de magdalena. A ese olor cálido y dulce que impregna, después de treinta años, las paredes, las manos y hasta el papel de un bar de pueblo.

Olía a bar. Olía al Central. Olía a Amparo.

Marina abrió los ojos despacio. No, se dijo por costumbre, por el reflejo de defender a Amparo que ya empezaba a ser inútil. Papel de estraza hay en todas partes. El olor a café lo tiene medio pueblo en la ropa. Estás viendo a Amparo hasta en el aire.

Pero ya no se lo creía ni ella. La nota olía al bar Central, la letra era de una mano mayor, y el mensaje —“este pueblo ya ha sufrido bastante”— lo había escrito alguien que sabía exactamente cuánto había sufrido el pueblo, y que quería, con una ternura terrible, que Marina dejara de acercarse al fondo del pozo.

Decidió ir a verla. Se dijo que iba a tomar un café. Se dijo que iba a descartar la sospecha de una vez, no a confirmarla. Pero en el fondo sabía que iba a mirar a Amparo a los ojos con la nota en el bolsillo, a ver qué le decían esos ojos.

El bar Central estaba, como siempre, cálido y acogedor, oliendo a café recién hecho y a magdalenas del día.

La cafetera brillaba, las tazas estaban alineadas con esa pulcritud de treinta años de oficio, y en la radio sonaba, bajito, una copla antigua.

Amparo, detrás de la barra, la recibió con la sonrisa de siempre, esa sonrisa que Marina ya no sabía cómo mirar.

—¡Marina, guapa! Qué mala cara traes, hija. Anda, siéntate, que te pongo un cortado y una magdalena de las mías, que estás en los huesos. Se te ve que no duermes.

—Gracias, Amparo.

Se sentó a la barra, en el taburete de siempre.

Y mientras Amparo trasteaba con la cafetera, de espaldas, Marina paseó la mirada por el bar, despacio, fijándose ahora en lo que llevaba años viendo sin ver.

Las fotos de siempre en la pared, amarilleadas por el humo antiguo de cuando se fumaba dentro: el equipo de fútbol del pueblo posando en el campo de tierra, la procesión de la Virgen bajando por la calle mayor, una nevada histórica que había puesto la plaza de blanco.

Y en un rincón, medio tapada por un calendario de una casa de piensos, una foto pequeña, antigua, en un marco sencillo.

La foto de un chico joven. Guapo, moreno, sonriente, con un mono de trabajo azul y una parra cargada de uva detrás.

Un chico de diecinueve años parado para siempre en el verano de una foto, sin saber que aquel sería casi el último.

Marina notó que se le secaba la boca.

—¿Y ese chico, Amparo? —preguntó, señalando con la barbilla, con una voz que se esforzó en hacer casual—. Ese del mono azul. No lo conozco.

La cafetera, que borboteaba, se quedó en silencio un instante. Solo un instante. Cuando Amparo se volvió, con el cortado en la mano, seguía sonriendo, pero a Marina le pareció que la sonrisa se le había quedado un poco tiesa, un poco de más, como una tela almidonada que no cae natural.

—Ese es mi Julián —dijo Amparo. Y dejó el cortado en la barra, delante de Marina, con un cuidado exagerado, como si le costara un esfuerzo enorme mantener el pulso firme—. Mi hijo.

—No sabía que…

—Se nos fue hace muchos años. —Amparo cogió un paño y empezó a secar una taza que ya estaba seca—.

Un accidente. Trabajando. Diecinueve años tenía.

—Lo dijo con una ligereza tan estudiada, tan pulida por el uso, que a Marina no la engañó ni por un segundo; era la ligereza de quien ha repetido esa frase tantas veces que ha aprendido a decirla sin romperse, como quien cruza descalzo un suelo de cristales aprendiendo dónde pisar—.

Cosas que pasan, guapa. La vida. ¿Quieres azucarillo?

Le tendió el azucarero. Y a Marina no se le escapó —porque ya no se le escapaba nada— que a Amparo le temblaba, muy levemente, la mano con la que lo sostenía.

El mismo temblor, comprendió Marina con un escalofrío que le bajó por la espalda, el mismo pulso inseguro de las mayúsculas de aquella nota que llevaba en el bolsillo.

—Gracias —dijo Marina, cogiendo el azucarero, procurando que no le temblara a ella la voz.

Bebió el cortado. Estaba perfecto, como todo lo de Amparo, hecho con cuidado, con oficio, con cariño.

Y se obligó a hablar del tiempo, de la vendimia que ya acababa, de las reservas de la casa rural que empezaban a volver poco a poco.

Amparo le siguió la conversación con su calidez de siempre, le preguntó por Bruno con una picardía cariñosa —“que hacéis buena pareja, no me digas que no os lo he dicho”—, le puso otra magdalena “para el camino”.

Y en toda la conversación no hubo ni una grieta, ni un tropiezo, ni una palabra fuera de sitio.

Amparo era, Marina lo veía ahora con una claridad dolorosa, una actriz consumada.

Llevaba dieciocho años representando el papel de mujer que ha superado su tragedia.

Una sonrisa que había aguantado dieciocho años no se rompía por unas cuantas preguntas.

Pero por dentro, a Marina se le había hecho un nudo de hielo que no se deshizo en toda la mañana.

Porque la mujer más buena del pueblo, la del corazón que latía detrás de la barra, tenía un hijo muerto en un accidente.

Un accidente en una bodega. Y a Marina le faltaba una sola pieza, una última pieza, para cerrar el círculo entero: le faltaba que alguien le contase, con todos sus detalles, cómo había muerto exactamente Julián en la bodega vieja de Ezequiel Marañón.

Porque intuía, con el estómago encogido, que en esos detalles estaba la diferencia entre una desgracia y un asesinato. Entre un accidente y una condena.

Se despidió de Amparo con un beso en la mejilla, como siempre. Y al rozarle la cara, notó que la mujer olía, en efecto, a café y a azúcar quemada. A magdalena. A bar. Al mismo olor tenue de aquella nota de papel de estraza que le pesaba en el bolsillo como si fuera de plomo.