Capítulo 12. La feria del jueves
Los jueves, desde tiempo inmemorial, Valdeviñas ponía mercadillo en la plaza.
Puestos de verdura, de quesos de los pueblos de arriba, de ropa barata, de plantas, de embutidos; el trajín semanal que juntaba a todo el valle en un mismo sitio durante tres horas.
Ni siquiera un asesinato había podido con el mercadillo del jueves: la vida, en los pueblos, tiene esa terquedad.
La gente necesita tomate y necesita hablar, y las dos cosas se conseguían en la plaza el jueves por la mañana.
Marina bajó al mercadillo con doble intención, como ya empezaba a ser costumbre en ella: comprar algo de verdura para la casa rural y, sobre todo, escuchar.
Porque si algo había aprendido de Gálvez y de su propia abuela era que en un pueblo la verdad no se busca preguntando de frente, que eso cierra las bocas, sino estando presente, comprando tomates, comentando el tiempo, dejando que la gente hable a su alrededor como si uno fuera parte del paisaje.
Y el pueblo, aquel jueves, hablaba de una sola cosa.
—Yo digo que fue el Herrera —sentenciaba la Petra, sopesando unas berenjenas—. Lo amenazó delante de todos. Y la gente arruinada hace locuras.
—Pero si lo han soltado esta mañana —replicó otra—. ¿No lo sabes? Lo han soltado. Dicen que tiene coartada, que estuvo toda la fiesta con el cuñado.
—Entonces fue el forastero. El enólogo de la Solís. —La Petra bajó la voz y miró de reojo hacia Marina, que fingía interés supremo en un manojo de acelgas—. Ese tiene cara de pocos amigos. Y dicen que Marañón le hizo la vida imposible en la ciudad.
—A ese también lo han soltado, mujer. Ayer noche. Que llegó tarde a la fiesta, que no pudo ser.
—Pues entonces, ¿quién?
Y ahí, en esa pregunta sin respuesta que quedaba flotando sobre los puestos de verdura, estaba el veneno de verdad, pensó Marina: no el de la copa, sino el otro, el que ya empezaba a corroer el pueblo.
Porque un pueblo que no encuentra culpable empieza a mirarse a sí mismo con desconfianza.
Empieza a recelar del vecino. Se agria como el vino picado.
Y Valdeviñas, aquel jueves, olía ya un poco a vinagre.
Fue entonces cuando Marina, moviéndose entre los puestos, oyó a Amparo.
Estaba en el puesto de las plantas, comprando, y hablaba con la florista y con dos vecinas, y hablaba —cómo no— del crimen, porque no se hablaba de otra cosa. Pero lo que dijo hizo que a Marina se le parara el manojo de acelgas en la mano.
—…yo lo que digo es que hay que dejar descansar al hombre y dejar de sospechar unos de otros, que nos estamos volviendo locos —decía Amparo, con su voz cálida de siempre—.
Mira que llevarse al pobre Tomás, y al chico de la Solís, con lo formales que son los dos.
En qué cabeza cabe. Si aquella tarde estábamos todos a lo nuestro.
Yo, sin ir más lejos, en cuanto acabé de servir el vino de honor me senté con la viuda de Andrés en la puerta del bar, que la pobre estaba pachucha, y de ahí no me moví hasta que se armó el revuelo.
Ni vi nada ni pude ver nada, con la espalda vuelta a la mesa de honor como estaba.
Marina se quedó muy quieta.
Porque eso no era verdad.
Marina lo recordaba. Lo tenía dibujado en su mantel de papel, lo había reconstruido fotograma a fotograma.
Amparo no se había sentado con la viuda de Andrés en cuanto acabó de servir el vino de honor .
Amparo había terminado con la mesa de honor y luego había seguido sirviendo las demás mesas, la de los Herrera, la de la panadería, todas, durante el discurso entero.
La viuda de Andrés no se puso mala hasta después, con el susto de la muerte.
Amparo estuvo de pie, con la bandeja, moviéndose entre las mesas, durante todos y cada uno de los minutos en que la copa de Ezequiel estuvo sola y desatendida.
No se había sentado. Estaba mintiendo. Estaba, con toda la naturalidad del mundo, colocándose a sí misma lejos de la mesa de honor y de espaldas, en el momento exacto en que hacía falta estar cerca y de frente.
Se estaba fabricando, en voz alta, delante de testigos, una coartada falsa para un momento que nadie —salvo Marina, con su memoria de sumiller— era capaz de reconstruir con precisión.
Y lo hacía sonriendo. Con esa dulzura que desarmaba a cualquiera. Comprando geranios.
Marina dejó las acelgas, pagó no supo qué, y salió del mercadillo con el corazón golpeándole las costillas. Necesitaba aire. Cruzó la plaza, se metió por la calle de la iglesia, y se apoyó en un muro fresco, respirando.
Ya no era una sospecha. Ya no era su cabeza obsesionada viendo fantasmas.
Amparo acababa de mentir sobre dónde estaba en el momento del crimen, y solo se miente sobre eso cuando la verdad estorba.
Todo encajaba con una precisión que daba vértigo: el motivo (el hijo muerto en la bodega vieja), el conocimiento (sabía cuál era la copa de cada cual), la oportunidad (la bandeja, el ir y venir invisible), el medio (las adelfas del patio), y ahora la mentira (la coartada falsa fabricada en el mercadillo).
Y sin embargo, ¿qué tenía Marina, en realidad?
Nada que un juez aceptara. Un amargor que solo ella notó.
Una memoria del orden de un brindis que nadie más recordaba igual.
Unas adelfas que había en medio pueblo. Una mentira que Amparo podía justificar como un despiste de mujer mayor y nerviosa.
No tenía ni una sola prueba física. Tenía la verdad, entera y desnuda, y no tenía con qué demostrarla.
Se quedó apoyada en el muro un buen rato, con el sol de la mañana calentándole la cara, y una tristeza inmensa creciéndole por dentro.
Porque la verdad, cuando por fin llega, no siempre trae alivio.
A veces trae solo el peso de saber algo terrible sobre alguien a quien quieres.
Amparo. La del corazón del pueblo. La que le servía el café con dos azucarillos.
Desde el puesto de plantas, a lo lejos, le llegó la risa de Amparo, cálida y clara, celebrando algo con las vecinas.
Y Marina, por primera vez desde que empezó todo aquello, sintió ganas de llorar.