Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 11. La grieta
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Capítulo 11. La grieta

El pueblo, que necesitaba un culpable como el sediento necesita agua, no se conformó con tener a Tomás en el cuartel.

La sed de certeza es insaciable, y en cuanto empezó a correr la voz —y en Valdeviñas las voces corrían como el agua en cuesta abajo— de que a Bruno Salas, el enólogo forastero de la Solís, lo había arruinado Ezequiel años atrás, el pueblo tuvo de pronto un segundo sospechoso, y este todavía más apetecible que el primero: un forastero, un tipo callado, uno que “vete tú a saber de dónde ha salido y por qué vino a caer aquí, precisamente al pueblo del hombre que dice que lo arruinó”.

Fue Pili quien se lo soltó a Marina, sin mala intención, que es como se sueltan las peores cosas, mientras le cobraba el pan en el mostrador de la panadería, que atendía por las mañanas antes de ir al bar.

—Oye, guapa, y tú… —bajó la voz, aunque no había nadie—.

Tú te fías del enólogo ese, ¿verdad? Del Bruno.

Porque, mira, yo no digo nada, ¿eh?, yo solo digo lo que se dice.

Pero dicen que odiaba a Ezequiel a muerte.

Que este le hundió la vida allá en la ciudad, que lo dejó sin trabajo y sin honra.

Y fíjate qué casualidad, luego viene a caer aquí, en el pueblo del hombre, a la bodega de al lado.

Yo no digo que fuera él, líbreme Dios. Yo solo digo que es raro.

Que da que pensar. Y que tú, viviendo sola con él en la finca…

en fin. Que te andes con ojo, mujer, que se lo digo con cariño.

Lo que se decía llegó, cómo no, a oídos de la Guardia Civil, porque en un pueblo todo llega, y esa misma tarde los de la comandancia se llevaron a Bruno “a declarar”, igual que a Tomás.

Alguien lo vio subir al coche, y esa noche ya lo sabía el valle entero: “También al enólogo se lo han llevado. Algo habrá.”

Marina lo esperó a la salida del cuartel, ya de noche cerrada, apoyada en su furgoneta bajo una farola que zumbaba y parpadeaba.

Hacía frío, el primer frío de verdad del otoño, y ella no llevaba abrigo suficiente, pero no se movió.

Bruno salió pasadas las diez, con la cara gris y los hombros hundidos, y al verla a ella allí, esperándolo en el frío, se detuvo en seco a mitad de la acera.

—Ya lo sabes —dijo él, y no era una pregunta—. Todo el pueblo lo sabe. Lo de Ezequiel. Lo mío.

—Súbete. Te llevo a casa. Hace un frío que pela.

Hicieron el camino en silencio, un silencio distinto de los que compartían en la bodega, un silencio con astillas dentro. Marina aparcó delante de la casa de él, una casita alquilada a la entrada del pueblo, y apagó el motor, pero ninguno de los dos hizo ademán de bajarse.

—¿Se lo dijiste tú? —preguntó Bruno por fin, mirando al frente, a la oscuridad—. Lo de mi historia con Ezequiel. Lo que te conté en la bodega, aquella tarde. Solo tú lo sabías. Te di mi confianza y al día siguiente lo sabe el pueblo entero.

Y ahí estaba: la grieta. Marina la notó abrirse entre los dos en la penumbra del coche, fina y fría como una veta de hielo en la piedra.

—No —dijo, y le dolió tener que defenderse de aquello—. No se lo dije a nadie, Bruno. Te di mi palabra y no la rompí.

—Entonces, ¿cómo lo sabe Pili? ¿Cómo lo sabe la comandancia?

—Porque este pueblo no necesita que le cuenten los secretos.

Los desentierra solo. —Marina se volvió hacia él en la oscuridad—.

Ezequiel te echó de la denominación entera hace ocho años, Bruno.

Habló mal de ti a mucha gente del sector.

¿De verdad crees que en un valle donde todo el mundo hace vino no había nadie que recordara tu nombre y esa historia?

En cuanto tu cara empezó a sonar por aquí, alguien ató cabos.

No hizo falta que yo dijera nada. Basta con que alguien de una bodega vecina se acuerde de “aquel enólogo conflictivo que Marañón puso de vuelta y media”.

Bruno guardó silencio, encajando aquello. Marina respiró hondo, y decidió que si iban a atravesar esto, lo iban a atravesar de frente.

—Pero ya que estamos, te lo pregunto a la cara, y quiero que me mires cuando contestes —dijo—. ¿Tú lo hiciste, Bruno?

Él se giró despacio. Y en la penumbra del coche, con la luz de la farola parpadeante cortándole media cara en sombra, la miró con una mezcla de dolor y de rabia que a Marina se le quedó grabada mucho tiempo.

—¿Me lo preguntas en serio? —Su voz era baja, herida—. ¿Después de dos meses trabajando codo con codo? ¿Después de las noches embotellando, de los mostos, de todo? ¿Me lo preguntas en serio?

—Te lo pregunto en serio. Porque he tachado a media plaza, Bruno.

He descartado a Nuria, a don Casimiro, casi a Tomás.

Y tú tienes ocho años de motivo destilado, y sabes de adelfas más que nadie en este valle.

Me lo dijiste tú mismo, aquí, con esas palabras: “salvo que uno tenga muy buen paladar”.

Sabes cómo se hace. Sabes qué hace. Así que sí, te lo pregunto en serio, aunque se me parta algo por dentro al preguntártelo.

Y necesito la verdad, Bruno, aunque me duela, aunque nos duela.

Porque no puedo seguir con esto llevándote a ti dentro como una duda.

Se hizo un silencio largo, denso. Fuera, un perro ladró. La farola parpadeó dos veces y se apagó, y se quedaron los dos a oscuras del todo, solo con las voces.

—Cuando empezó el discurso de don Casimiro —dijo Bruno por fin, y su voz en la oscuridad era firme y clara—, yo todavía estaba llegando a la plaza.

Me viste. Llegué tarde, con la camisa mal remetida, corriendo desde la bodega, sudando.

Tú misma me pusiste una copa vacía en la mano porque yo no tenía ninguna, porque acababa de llegar.

Las copas de la mesa de honor ya estaban servidas y ya estaban vigiladas por medio pueblo cuando yo aparecí.

No me acerqué a la mesa de honor en ningún momento; me quedé contigo y con Remedios, en la última fila.

No toqué la copa de Ezequiel. No pude tocarla.

Llegué cuando ya estaba llena y controlada.

—Marina lo oyó tragar saliva en la oscuridad—.

No lo hice, Marina. Odiaba a ese hombre, no te lo voy a negar, sería mentira y ya estoy harto de que la gente mienta.

Pero odiar no es matar. Y si tú, después de estos dos meses, después de todo, eres capaz de creer de verdad que envenené una copa…

entonces a lo mejor no nos conocemos tan bien como yo creía. Y eso me dolería más que la cárcel.

La farola volvió a encenderse con un zumbido, y su luz les devolvió las caras. Bruno tenía los ojos brillantes. Abrió la puerta del coche y se bajó al frío. Pero antes de cerrarla, se agachó y, más suave, más triste que enfadado, añadió:

—Y piensa una cosa, ya que piensas tanto, ya que tu cabeza no para.

El que llegó tarde no pudo envenenar una copa que ya estaba servida y vigilada.

Deja de mirar a los que teníamos motivo y ponte a mirar a los que tuvieron oportunidad.

Búscate a alguien que estuviera allí antes que yo.

Alguien que llenara esa copa. Alguien a quien nadie miró.

Cerró la puerta con suavidad, sin dar un portazo, que fue peor que un portazo, y entró en su casa. La luz de la ventana se encendió y se apagó al poco.

Y Marina se quedó sola en la furgoneta, con el motor apagado y el frío colándose por las rendijas y el corazón encogido, porque Bruno tenía razón en las dos cosas.

Tenía razón en que ella lo había herido, quizá de un modo que no se arreglaba con una disculpa.

Y tenía razón, sobre todo, en lo otro. En lo que llevaba días negándose a mirar de frente.

Alguien que llenara esa copa. Alguien a quien nadie miró.

Ya no podía seguir apartando la vista de la única figura que encajaba, exacta, en todos los huecos que iba dejando cada sospechoso descartado.

La figura de la bandeja. La mano que servía.

La sonrisa que nadie miraba porque estaba siempre ahí, como la fuente, como el campanario, como parte del paisaje del pueblo.

Arrancó la furgoneta y condujo despacio hacia Viña Amalia, por la carretera oscura, entre viñas ya peladas por la vendimia. Y por primera vez, no espantó el nombre. Lo dejó posarse del todo, con todo su peso, y notó cómo le pesaba en el pecho como una piedra.

Amparo.