Capítulo 10. El alcalde tiene prisa
A la mañana siguiente, Valdeviñas amaneció con dos coches de la Guardia Civil aparcados en la plaza —los de la comandancia, más nuevos y más serios que el de Gálvez— y un ambiente de olla a punto de romper a hervir.
Habían llegado los de arriba. Y lo primero que hicieron, tal como Gálvez había temido y anunciado, fue presentarse en la finca de Tomás Herrera y llevárselo “a declarar” a la cabecera de comarca.
El pueblo lo vio subir al coche con la cabeza gacha, sin esposas pero como si las llevara, y el pueblo, que es cobarde y agradecido cuando le quitan el miedo de encima, respiró.
Ya tenían culpable. El Herrera. El que lo amenazó a gritos.
Qué alivio. Qué desgracia, pobre Tomás, con lo buena gente que parecía, pero qué alivio: si había sido él, entonces el asesino no era ninguno de los demás, no era el vecino de al lado, no era el que te vendía el pan.
La bestia tenía cara y nombre, y no era la de uno mismo.
Marina no respiró. Marina sabía que Tomás no se había movido de su esquina, que había tres testigos, que aquel hombre roto era muchas cosas menos un envenenador de precisión.
Y sabía que, mientras la Guardia Civil apretaba al hombre equivocado bajo los focos, el verdadero asesino andaba suelto por el pueblo, sirviendo cafés o vendiendo pan o dando el pésame con cara de circunstancias, protegido por el mejor escondite del mundo: la certeza de todos de que no podía haber sido él. O ella.
Necesitaba hacer algo, moverse, y decidió empezar por el cabo que le parecía más suelto: don Casimiro.
No sabía muy bien por qué, salvo que el alcalde llevaba desde el primer día comportándose como quien tiene algo que esconder, y Marina había aprendido, en Madrid y en las catas, a fiarse de esa clase de incomodidades, de esas notas discordantes que el resto de la gente prefiere no oír.
La puerta del despacho del alcalde estaba entornada.
Y antes de llamar, Marina vio, por la rendija, algo que no debía ver: don Casimiro, de espaldas, metiendo papeles en una trituradora de oficina.
Papeles y más papeles, a puñados, con una prisa febril.
La máquina zumbaba, voraz, atragantándose de tanto en tanto, y el alcalde la desatascaba con dedos temblorosos y volvía a alimentarla, sudando, resoplando, como quien echa cadáveres a un pozo antes de que llegue la policía.
Marina empujó la puerta y entró sin llamar.
—Buenos días, don Casimiro.
El alcalde pegó tal salto que la carpeta entera se le escapó de las manos y se desparramó por el suelo, esparciendo documentos por toda la moqueta.
Se agachó a recogerlos a manotazos, torpe, rojo, pero Marina fue más rápida con la vista que él con las manos, y alcanzó a leer, antes de que él los apretara contra el pecho, un membrete y un par de líneas: Bodegas Marañón, S.L.
— Convenio de recalificación. Parcelas 14 y 15, ribera del río. Y una firma. La firma de don Casimiro.
—¡Marina! —jadeó el alcalde, abrazando los papeles como quien abraza a un hijo en peligro—.
Qué susto me has dado. No… no se entra así en un despacho oficial.
Hay que llamar. Estaba… estaba ordenando.
Papeleo viejo. Cosas del ayuntamiento que hay que destruir por protección de datos, ya sabes, la ley esa nueva…
—Cosas de Bodegas Marañón, más bien —dijo Marina, cerrando la puerta a su espalda con una tranquilidad que asustó al alcalde más que un grito.
Don Casimiro se puso del color de la cal de las paredes.
Miró la puerta cerrada, miró a Marina, miró la trituradora que seguía zumbando en vacío, y algo se le vino abajo por dentro.
Se dejó caer en su silla, todavía abrazado a los papeles, y por un momento pareció que iba a echarse a llorar allí mismo.
—¿Qué le debía usted a Ezequiel, don Casimiro? —preguntó Marina, sin levantar la voz, sentándose enfrente—. Y no me diga que nada, porque un hombre que tritura papeles con la firma de un muerto la misma semana en que lo asesinan es un hombre que debe mucho.
El alcalde hundió la cara entre las manos. Cuando habló, lo hizo en un susurro, mirando la moqueta, como si las paredes también cobraran sobres.
—Nada que no hagan otros —dijo, y era la coartada moral de todos los cobardes—.
Ezequiel quería recalificar unos terrenos junto al río, terrenos protegidos, para ampliar la nave y hacer un embarcadero de camiones.
Yo me negué al principio, te lo juro. Pero él…
él sabía cosas. Sabía que las cuentas del ayuntamiento no cuadraban, que había un agujero de la época de la piscina municipal que yo llevaba años tapando de un lado para otro.
Y me dijo: “Casimiro, o firmas esto, o mando yo unos papelitos a donde tienen que ir, y en vez de alcalde eres el que se llevó el dinero de la piscina de los niños”.
—Levantó la cara, y tenía los ojos llenos de lágrimas de vergüenza—.
Yo no me quedé un duro de esa piscina, Marina, te lo juro por mi madre.
Fue un lío de facturas, de un aparejador que nos engañó a todos.
Pero ¿quién iba a creerme, contra la palabra del gran Marañón?
Así que firmé. Firmé la recalificación. Y desde entonces él me tenía cogido por el cuello.
Cada vez que yo quería echarme atrás, me lo recordaba con esa sonrisa.
Yo no soy un ladrón, Marina. Soy un cobarde.
Es distinto, aunque no lo parezca. Y ahora que está muerto, lo único que quiero es que desaparezcan estos papeles antes de que la Guardia Civil registre sus cosas y encuentre el convenio con mi firma, y me hundan a mí también, y me quiten lo único que me queda, que es la vergüenza de seguir siendo alcalde.
Marina lo miró. Un hombre pequeño, sudoroso, destruyendo las pruebas de su propia humillación. Un hombre con un motivo enorme, gigantesco, para querer muerto al que lo chantajeaba: con Ezequiel bajo tierra, el secreto de la piscina moría con él, y don Casimiro volvía a ser dueño de su propio miedo.
—¿Dónde estaba usted durante el discurso, don Casimiro? —preguntó—. Durante su propio discurso. Cuando echaron el veneno en la copa de Ezequiel.
El alcalde parpadeó, confuso por el giro de la pregunta, y luego, poco a poco, entendió lo que Marina le estaba preguntando de verdad, y una indignación casi cómica le subió a la cara.
—¡Subido en la fuente! —protestó—. ¡Subido en el escalón de la fuente, delante de todo el pueblo, con la faja puesta, dando la matraca!
¡Me vieron doscientas personas! ¡No me bajé de ahí ni un segundo hasta que el pobre Ezequiel se cayó redondo!
—Se levantó, y por una vez había verdad indignada en su voz, la verdad del inocente en lo único de lo que es inocente—.
¿Cómo iba yo a echar nada en ninguna copa, criatura, si estaba encaramado a metro y medio del suelo, a la vista de todos, hablando de la tradición y del esfuerzo de nuestros mayores?
¡Pregúntale a quien quieras! ¡Que me vieron!
¡Que soy muchas cosas malas, pero no puedo estar en dos sitios a la vez!
Y era cierto. Marina lo recordaba perfectamente, lo tenía dibujado en su mantel de papel: don Casimiro en lo alto de la fuente, visible, ridículo, sudoroso, con su faja tricolor, durante todos y cada uno de los minutos críticos.
El alcalde era un chantajeado, un cobarde, un destructor de pruebas, un firmante de recalificaciones ilegales.
Pero no podía ser el asesino de la copa.
Había estado, literalmente, subido a un pedestal, a la vista de doscientas personas, en el único momento en que se pudo echar el veneno.
Otro nombre para tachar en el cuaderno. Y sin embargo, al salir del ayuntamiento a la luz cruda de la mañana, Marina no se sintió más cerca de la verdad, sino más sola con ella.
Porque cada sospechoso que descartaba era una puerta que se cerraba con un golpe seco, y cada vez quedaban menos puertas en el pasillo.
Nuria, fuera. Don Casimiro, fuera. Tomás, casi seguro fuera.
Y la puerta que quedaba al final del pasillo, la que peor le olía, la que menos quería abrir, era justamente la de la mujer que le servía el café cada mañana con una sonrisa.