Capítulo 9. Las copas
Aquella noche Marina no se molestó ni en intentar dormir.
Puso café, extendió sobre la mesa de la cocina un mantel de papel de estraza del que usaba para forrar los cajones, y dibujó, de memoria, la plaza.
La fuente en el centro. Las seis mesas largas.
La mesa de honor, pegada a los soportales.
Y fue colocando a la gente donde recordaba haberla visto en el momento del brindis, como fichas en un tablero, con la paciencia con la que antaño montaba una cata: aislando cada elemento, descartando lo imposible, cercando lo probable.
Tempranillo la ayudaba a su manera, es decir, sentándose justo encima de la parte del dibujo que ella necesitaba mirar, y siguiendo con la vista la punta del lápiz como si fuera una presa.
—Quita, gato. Que estás tú más metido en esto que yo.
El gato no quitó. Se limitó a mirarla con esos ojos verdes que parecían saber cosas, y a acomodarse mejor sobre la mesa de honor dibujada.
Marina volvió al problema, y esta vez lo planteó como plantearía una cata a ciegas: no preguntándose “quién lo hizo”, que era demasiado grande, sino eliminando lo que no podía ser, hasta que solo quedara lo que tenía que ser.
Su abuela se lo había enseñado con el vino, y servía igual con las personas: “No busques lo que es, niña. Descarta lo que no puede ser, y lo que quede, por raro que parezca, es la verdad.”
Primero, el veneno. La adelfa había entrado en la copa de Ezequiel, y solo en la de Ezequiel: nadie más se puso malo, y habían bebido todos del mismo vino, de las mismas botellas.
Eso significaba, sin lugar a dudas, que el asesino no había envenenado la botella, ni la jarra, ni el barril.
Si lo hubiera hecho, habría caído medio pueblo, y Marina la primera, que se había bebido su copa entera.
No. El veneno se había echado en una sola copa.
La de Ezequiel. Con precisión de cirujano.
Segundo, la copa. Y aquí estaba la clave, la que llevaba nueve días royéndole la cabeza.
La copa de Ezequiel era la única distinta de toda la mesa: la del escudo grabado, la coronita, la M presuntuosa.
Para echar el veneno en esa copa y no en otra, para no matar por error a don Casimiro o al cura o a la propia Marina, el asesino tenía que saber, con certeza absoluta, que aquella era la de Ezequiel.
Un forastero no lo sabría. Alguien que pasara por allí de casualidad, tampoco.
Solo lo sabía quien conociera la costumbre presuntuosa del empresario de traerse su propia copa marcada de casa.
Es decir: alguien del pueblo. Alguien que lo conocía bien. Alguien de dentro.
Tercero, y esto era lo más difícil de reconstruir, el momento. ¿Cuándo se echó el veneno? Marina cerró los ojos y rebobinó, fotograma a fotograma, con la memoria entrenada de quien recuerda un vino tres años después de haberlo probado.
No pudo ser antes de servir: las copas de la mesa de honor habían estado boca abajo sobre el mantel hasta que Amparo empezó la ronda; Marina las había colocado ella misma, boca abajo, para que no cogieran polvo.
Y no pudo ser después del brindis: después del brindis, Ezequiel ya se estaba muriendo.
Por tanto, el veneno se había echado en un intervalo concreto y estrecho: entre el momento en que la copa de Ezequiel quedó llena, sobre la mesa, delante de él, y el momento en que él se la llevó a los labios para brindar.
¿Cuánto tiempo era eso? Marina lo calculó.
Amparo terminó de servir la mesa de honor.
Luego sirvió las demás mesas, unos minutos.
Luego don Casimiro se subió a la fuente y soltó su discurso: cinco, seis minutos largos de tradición y esfuerzo.
Y al final, el brindis. En total, desde que la copa de Ezequiel quedó llena hasta que él bebió, habían pasado quizá siete u ocho minutos.
Una eternidad, en términos de crimen. Tiempo de sobra.
Y durante esos siete u ocho minutos, ¿quién miraba la copa de Ezequiel?
Nadie. Absolutamente nadie. Durante los minutos del discurso, todo el mundo miraba a don Casimiro subido a la fuente, haciendo el ridículo con su faja.
Ella misma miraba al alcalde, aguantándose la risa con Remedios.
La copa de Ezequiel estuvo, durante todos esos minutos, sola y desatendida sobre el mantel, mientras cien pares de ojos apuntaban en otra dirección.
Cualquiera que se hubiera acercado un instante a esa copa, con un pretexto cualquiera —recolocar un mantel arrugado, retirar un plato sucio, apartar un racimo de adorno—, habría podido echar unas gotas sin que nadie lo viera.
Siempre que ese “cualquiera” tuviera una razón natural para estar yendo y viniendo entre las mesas.
Siempre que su presencia junto a la mesa de honor no llamara la atención de nadie, porque era lo que hacía siempre.
Marina abrió los ojos de golpe. Alguien que sirviera. Alguien con una bandeja en la mano, moviéndose entre las mesas como se había movido toda la tarde, a quien nadie miraría dos veces porque estaba haciendo, delante de todos, exactamente lo que hacía en cada fiesta desde hacía treinta años.
Miró el dibujo. Miró la figura que había pintado junto a la mesa de honor, la de la bandeja. La figura que servía.
Y Tempranillo, como si le leyera el pensamiento, o quizá solo porque era ahí donde el lápiz había dejado la marca más oscura, puso la patita justo encima de esa figura.
—No —dijo Marina en voz alta, apartando al gato con más brusquedad de la que quería—. No, Tempra. Esa no. Cualquiera menos esa.
Porque la figura de la bandeja era Amparo.
Y pensar en Amparo era imposible, era ridículo, era una crueldad que le revolvía el estómago.
Amparo, que había repartido tila toda la noche del susto.
Amparo, que le había servido a Marina el café de niña con dos azucarillos.
Amparo, que había velado a la abuela Amalia. El corazón del pueblo. La santa.
Marina arrugó el mantel de papel con las dos manos, hecho una bola, y lo tiró a la basura, avergonzada de su propia cabeza, como quien se sorprende pensando algo obsceno en un funeral.
Se fue a la cama enfadada consigo misma, furiosa por la facilidad con que su mente entrenada, esa mente que descartaba lo imposible hasta quedarse con lo que quedaba, la llevaba una y otra vez al mismo sitio.
Pero antes de dormirse, ya de madrugada, con Tempranillo hecho un ovillo a sus pies, un pensamiento se le coló como se cuela el frío por una rendija, imposible de tapar del todo:
El corazón del pueblo era también la persona que mejor conocía a cada vecino.
La que sabía, mejor que nadie en el mundo, cuál era la copa de cada cual.
La que se movía entre las mesas sin que nadie la mirara.
La que había perdido un hijo por culpa del muerto, hacía dieciocho años, en una bodega vieja.
Lo apartó una última vez, con las pocas fuerzas que le quedaban. Se durmió. Pero el pensamiento, testarudo, paciente como el veneno que había parado un corazón, se quedó esperando junto a la cama a que ella volviera a abrir los ojos.