Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 8. El resultado
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Capítulo 8. El resultado

La autopsia tardó nueve días. Nueve días en los que Valdeviñas vivió con una pregunta atascada en la garganta, fingiendo una normalidad que a nadie engañaba.

Se vendimió, porque la uva no espera a los muertos; se abrió el bar cada mañana; se dio misa el domingo, con más asistencia de lo habitual, porque la muerte manda a la gente a la iglesia aunque no crea.

Pero por debajo de todo aquello latía la espera, sorda, como late una muela antes de doler del todo.

Marina los pasó trabajando como una posesa, que era su manera de no pensar y, a la vez, de pensar mejor.

Recibió a don Prudencio y sus pájaros, y a una pareja mayor de San Sebastián que tampoco canceló; cocinó, fregó, cambió sábanas, embotelló las primeras cajas de vino joven con Bruno en la penumbra de la bodega, hombro con hombro, en un silencio que ya no era incómodo sino cómplice.

Y por las noches, cuando la casa dormía y solo Tempranillo hacía guardia sobre la manta con las orejas atentas, se sentaba en la cocina con su cuaderno y ordenaba.

Nombres. Motivos. Quién estaba dónde. Como cuando preparaba una cata a ciegas y tenía que ordenar mil matices dispersos hasta que uno, de pronto, se convertía en certeza.

Cada noche, el nombre que menos quería escribir se le hacía más grande en la página.

El noveno día, a media mañana, el sargento Gálvez apareció en Viña Amalia sin avisar.

Traía una carpeta parda bajo el brazo y una cara que Marina no le había visto: la cara de un hombre a quien acaban de estropearle la teoría cómoda, la del infarto y a casa.

Aparcó el coche patrulla junto a la furgoneta, se quitó la gorra al bajar y subió los escalones del porche despacio, como si la carpeta pesara más de lo que pesaba.

—Señora Solís. ¿Le importa que hablemos? A solas, si puede ser.

Se sentaron en el porche, en las dos sillas de anea desde las que se veía el valle. Don Prudencio andaba por los cerros con sus prismáticos; Bruno, en la bodega. Estaban solos, con el viento moviendo las hojas del almendro y una urraca protestando en algún tejado.

Gálvez tardó en empezar. Dejó la carpeta sobre la mesita, pero no la abrió. Miró el valle un buen rato, como buscando por dónde entrar.

—Usted el día del brindis dijo una cosa rara —empezó por fin, sin mirarla—.

Lo de las copas. Lo de que no se tocaran.

Y luego, cuando le pregunté, me salió con lo de las series.

Y yo me lo tragué, porque me convenía tragármelo, porque un infarto era un parte y a otra cosa.

—Ahora sí se volvió hacia ella, con esos ojos cansados clavados en los suyos—.

Pero llevo treinta años detrás de este bigote, señora Solís, y sé cuándo alguien sabe algo y se lo calla.

Se le nota a la gente en las manos. A usted, aquel día, le temblaban las manos mientras montaba guardia sobre unas copas vacías como si fueran de oro.

Así que se lo voy a preguntar de otra manera, ahora que ya sé lo que sé.

¿Qué notó usted en su vino, señora Solís?

Marina respiró hondo. Ya no tenía sentido callar. Y, en el fondo, llevaba nueve días deseando que alguien con autoridad la obligara a decirlo en voz alta.

—Amargor —dijo—. En mi copa. En el vino de mi abuela, que me sé de memoria, que podría reconocer entre mil.

Un amargor de fondo, mínimo, agazapado bajo la fruta.

Un amargor que no era del vino, que no tenía por qué estar ahí.

Fui sumiller doce años, sargento. Caté a ciegas miles de vinos, aprendí a detectar defectos que otros no notan, adulteraciones, contaminaciones.

Mi paladar es lo único que hago de verdad bien en esta vida.

Y aquel vino tenía algo dentro que no puse yo ni puso mi abuela.

Gálvez asintió muy despacio, como si cada palabra confirmara algo que él ya temía y a la vez esperaba. Abrió por fin la carpeta. Dentro había folios con membrete oficial, columnas de datos, un dibujo esquemático de un cuerpo.

—Adelfa —dijo—. Oleandrina, lo llaman los del laboratorio.

Un glucósido cardiotóxico. —Leyó de un folio, arrastrando las palabras técnicas con dificultad de hombre de campo—.

Ezequiel Marañón tenía en el estómago y en la sangre concentración de veneno de adelfa suficiente para parar dos corazones como el suyo.

No fue el suyo el que falló por sí solo, señora Solís.

Se lo pararon. Y el forense es claro: la sustancia se ingirió disuelta en líquido, poco antes de la muerte.

En el vino. —Cerró la carpeta con un golpe seco—.

Esto ya no es un infarto. Esto es un homicidio.

Un asesinato con premeditación, porque la adelfa no se destila sola: alguien la hirvió, la coló, la guardó y la llevó a la plaza.

Y usted, con su paladar, fue de las pocas personas del mundo que se dio cuenta en tiempo real, mientras se lo estaban comiendo con patatas.

Un pájaro cantó en el almendro, ajeno a todo. A Marina le pareció casi obsceno que el mundo siguiera cantando.

—¿Y ahora qué? —preguntó, con la boca seca.

—Ahora, en teoría, vienen los de la Policía Judicial de la comandancia y me quitan el caso de las manos, porque yo soy un sargento de puesto y un asesinato con esto de la premeditación les queda grande a mis galones.

—Gálvez torció el bigote, y en ese gesto Marina leyó años de frustración con “los de arriba”—.

Y ellos llegarán, mirarán la lista de enemigos de Ezequiel, que es más larga que el catecismo, y verán lo primero que salta a la vista: que el que lo amenazó a gritos, delante de todo el pueblo, la misma mañana, fue Tomás Herrera.

Y a Tomás lo van a apretar hasta que cante, tenga que ver o no tenga que ver.

Porque una amenaza pública y una copa envenenada, puestas en fila delante de un juez con prisa, cuentan una historia muy fácil de creer.

—Tomás no lo hizo —dijo Marina, y le salió con más fuerza de la que pretendía—. No se acercó a la mesa de honor en toda la tarde. Estuvo en su esquina, con su familia. Hay testigos.

—Eso dice él. Y a lo mejor es verdad, yo tampoco me lo trago del todo, es demasiado tonto para ser cierto.

—Gálvez se levantó, se pasó la mano por el bigote—.

Pero yo he visto meter en la cárcel a hombres inocentes por menos que una amenaza a gritos y una copa con veneno.

La justicia, cuando tiene prisa, no busca al culpable: busca al que mejor encaja en el hueco.

Y Tomás Herrera encaja de maravilla. Pobre, arruinado, con motivo y con la bocaza que tiene.

Se caló la gorra y miró a Marina con una seriedad nueva, distinta, sin rastro del sargento burocrático del primer día.

—Le voy a decir una cosa, y no debería, así que hágase la sorda si algún día se lo preguntan.

—Bajó la voz—. Yo no me creo que fuera Tomás.

Me huele mal. Y usted tiene tres cosas que a mí me faltan: tiene un paladar que ha detectado lo que un forense ha tardado nueve días en confirmar; tiene una cabeza que ata cabos; y tiene una cosa que yo no tendré nunca por mucho que me esfuerce.

La gente de este pueblo le habla a usted.

A usted le abren la cocina y le cuentan las penas.

A mí me cierran la boca en cuanto ven el tricornio, porque para ellos el tricornio es el que se llevó a un abuelo en el treinta y seis, o el que multa, o el que no entiende las cosas del campo.

—Bajó el primer escalón del porche y se detuvo—.

No le estoy pidiendo nada, que quede claro.

No puedo pedirle a una civil que investigue un asesinato; me costaría el puesto.

Solo le digo que si usted, por sus cosas, andando por el pueblo, se enterase de algo…

yo tengo el teléfono encendido a todas horas.

Y una memoria muy mala para recordar de dónde me llegan las cosas buenas.

Y se marchó, dejando a Marina en el porche con la certeza que llevaba nueve días temiendo y que ahora, dicha en voz alta por un sargento de la Guardia Civil, ya no había manera de espantar: no se lo había imaginado.

En Valdeviñas había un asesino. Uno que sabía de adelfas.

Uno que había sabido cuál era la copa de Ezequiel.

Uno que había podido acercarse a ella, en mitad de una fiesta, sin que nadie se extrañara.

Y ella, Marina Solís, que había vuelto al pueblo buscando paz, acababa de convertirse, sin haberlo pedido y sin poder ya evitarlo, en la única persona dispuesta —y capaz— de buscarlo.

Miró hacia el pueblo, hacia el campanario, hacia el punto donde, tras los tejados, estaba la plaza y el bar Central y un patio con adelfas. Y por primera vez, en vez de espantar el pensamiento, lo dejó quedarse.