Capítulo 7. Los cuadernos de la abuela
Aquella noche, Marina no consiguió dormir, y en vez de dar vueltas en la cama decidiendo a cuál de sus vecinos sospechar, hizo lo que hacía siempre que la cabeza no la dejaba en paz: bajó a la bodega.
No a trabajar, sino a estar. La bodega de Amalia tenía ese poder: apaciguaba.
En su penumbra fresca, con el burbujeo lento de la fermentación y el olor a mosto, el mundo se ordenaba un poco.
Fue allí, buscando una barrica vieja donde su abuela guardaba trastos, donde encontró la caja. Una caja de madera de las de embalar botellas, cerrada con un cordel, con la letra picuda de Amalia escrita en la tapa: “Cosas mías. No tirar.”
Marina la subió a la cocina, se hizo una infusión y la abrió con el corazón encogido, porque abrir las cosas de una muerta es como llamar a una puerta sabiendo que no van a abrir.
Dentro no había joyas ni dinero. Había cuadernos.
Media docena de cuadernos escolares, de esos de rayas con las tapas de hule, llenos de arriba abajo con la letra de Amalia.
Y Marina, que había vuelto al pueblo sin conocer del todo a su abuela —la había querido de niña y luego la ciudad se la había ido comiendo, visita a visita cada vez más espaciada—, pasó el resto de la noche conociéndola.
No eran diarios íntimos. Eran cuadernos de bodeguera: qué año había sido bueno y cuál malo, cuándo heló, cuándo granizó, qué precio había alcanzado la uva.
Pero entre las cifras y las fechas, Amalia dejaba caer, aquí y allá, la vida del pueblo, porque para ella el vino y el pueblo eran la misma cosa.
“Este año la vendimia triste”, leyó Marina en una página fechada dieciocho años atrás.
“Se ha muerto el chico de la Amparo en la bodega de Marañón. Diecinueve años tenía la criatura. El pueblo entero de luto. Y el sinvergüenza sin pagar. Que Dios lo vea.”
Marina se quedó muy quieta, con la infusión enfriándose entre las manos.
El chico de la Amparo.
Pasó las páginas hacia delante, con dedos que le temblaban un poco.
Amalia volvía sobre el tema de tanto en tanto, como quien no puede evitar rascarse una herida.
“Hoy he visto a la Amparo en misa. Sigue de negro. No llora ya, que es peor. Sonríe. Se me parte el alma.” Y más adelante, un año después: “Marañón en la fiesta, tan gordo y tan contento. Y la Amparo sirviéndole el vino con una sonrisa. No sé cómo puede. Yo lo escupiría. Esta mujer es una santa o está muerta por dentro, no lo sé.”
Una santa o está muerta por dentro.
Las mismas palabras, casi exactas, que Remedios había usado sin saberlo dieciocho años después. Como si el pueblo entero hubiera intuido siempre, sin querer decirlo, que había algo antinatural en aquella sonrisa que aguantaba lo que no se puede aguantar.
Marina cerró el cuaderno. El corazón le latía despacio y fuerte.
No quería seguir por ese camino. Quería cerrar la caja, devolverla a la barrica, olvidar lo que acababa de leer.
Porque una cosa era sospechar de un alcalde corrupto o de un enólogo resentido o de un viticultor arruinado, y otra muy distinta era pensar que la mujer más buena del pueblo, la del corazón que latía detrás de la barra, cargaba con un dolor tan antiguo y tan monstruoso.
Se dijo lo de siempre: que estaba obsesionada, que veía a Amparo en todas partes porque le faltaba imaginación, que un hijo muerto no convierte a nadie en asesino. Millones de madres pierden a sus hijos y no envenenan a nadie. El dolor, por grande que sea, no es una prueba.
Pero apuntó, en su cuaderno de sospechas —porque ella también tenía ya su cuaderno, como su abuela—, una línea que no se atrevió a subrayar: Amparo. Hijo. Bodega vieja. Marañón. Dieciocho años.
Y debajo, más pequeño, casi con vergüenza: Motivo.
Los días siguientes, mientras esperaba el resultado de la autopsia, Marina hizo lo que tenía que hacer: seguir viva, seguir con el negocio, no dejar que el pueblo notara lo que le rondaba por dentro. Y en eso la ayudó, sin saberlo, la llegada de un huésped.
Se llamaba don Prudencio, era un jubilado de Zaragoza aficionado a las aves, y había reservado una semana en Viña Amalia para fotografiar milanos y abejarucos.
Era un hombre menudo, entusiasta y parlanchín, que desayunaba a las siete y salía al campo con unos prismáticos enormes y un cuaderno de anillas donde apuntaba cada pájaro que veía con la meticulosidad de un notario.
A Marina le vino de perlas: don Prudencio no había cancelado su reserva porque, dijo, “a los pájaros les da igual quién se muera en la plaza”, y su sola presencia en el comedor, comentando los abejarucos del día, le daba a la casa un aire de normalidad que Marina agradecía como agua en agosto.
Pero don Prudencio resultó, además, inesperadamente útil. La segunda mañana, mientras Marina le servía el café, el jubilado comentó, sin darle importancia:
—Oiga, qué patio más curioso tiene el bar del pueblo. He pasado por detrás esta mañana, buscando un mirlo, y tiene unas adelfas preciosas. Enormes. Rosas y blancas. Digo yo que la dueña tendrá buena mano para las plantas, porque la adelfa aguanta la sequía pero da un trabajo…
A Marina se le heló el café en la mano.
—¿Adelfas? ¿En el patio del bar Central?
—Tres o cuatro, contra la tapia del fondo. Preciosas. Aunque, ojo, son venenosas. Muy venenosas. Yo con los pájaros tengo cuidado, no vaya a ser que anide alguno cerca y… en fin. La naturaleza es así de traicionera, señora Solís: lo más bonito suele ser lo más peligroso.
Marina consiguió sonreír, servirle la mermelada, preguntarle por los abejarucos. Pero por dentro, algo se le había puesto rígido. Adelfas. En el patio de Amparo. El arma del crimen, según Bruno, crecía rosa y bonita contra la tapia de la mujer que había perdido a un hijo por culpa del muerto.
No era una prueba, se repitió. Había adelfas en media docena de patios del pueblo, en las cunetas, en la mediana de la carretera. Todo el mundo tenía acceso a una adelfa. Era como decir que alguien era culpable por tener sal en la cocina.
Pero don Prudencio, sin saberlo, entre sorbo y sorbo de café, acababa de poner una piedra más en un montón que a Marina cada vez le costaba más no mirar.
Esa tarde, Tempranillo apareció en la cocina con algo en la boca.
Lo dejó a los pies de Marina con la solemnidad con que los gatos entregan sus tributos, esperando el reconocimiento debido.
Marina se agachó, esperando un ratón o un lagarto, y se encontró con un trozo de cristal.
Un fragmento de copa fina, con un pedacito de algo grabado en el borde de lo que había sido el pie.
Una curva dorada. El arco de una corona.
—¿De dónde has sacado esto, Tempra? —susurró Marina, con un escalofrío.
El gato, por supuesto, no contestó. Se limitó a mirarla con sus ojos verdes, se lamió una pata y se marchó, dejándola con un trozo de la copa rota de Ezequiel Marañón en la palma de la mano —que debía de haber quedado entre los adoquines de la plaza, y que el gato, con su instinto de recoger lo que brilla, había rescatado— y con la sensación cada vez más nítida de que hasta el gato de su abuela estaba empeñado en llevarla, pista a pista, hacia una verdad que ella no quería alcanzar.