Capítulo 6. El hombre arruinado
La finca de Tomás Herrera estaba a las afueras, ladera arriba, siguiendo un camino de tierra que la furgoneta de Marina subió a duras penas, entre baches y polvo.
Y era todo lo contrario de Bodegas Marañón: pura viña, pura tierra, puro esfuerzo de siglos escrito en las paredes de piedra seca que sujetaban los bancales, levantadas piedra a piedra por manos que llevaban tres generaciones bajo tierra.
También era, ese septiembre, la estampa exacta de la derrota.
Muchas cepas seguían cargadas de uva pasada, sin vendimiar, arrugándose al sol, porque no había salido a cuenta pagar a los jornaleros para recogerla.
Vendimiar cuesta dinero; si el precio que te pagan por la uva no cubre ni ese coste, la uva se queda en la cepa y se pudre a la vista de todos, que es la manera más cruel que tiene la ruina de un viticultor de anunciarse al valle entero.
Todo el mundo que pasaba por la carretera veía la viña de Herrera sin vendimiar y sabía, sin necesidad de que nadie se lo dijera, que Tomás estaba acabado.
Marina lo encontró sentado en un murete de piedra, mirando sus propias viñas como se mira a un enfermo al que uno ya no puede ayudar, solo acompañar.
Tenía una navaja en una mano y un sarmiento seco en la otra, y no cortaba nada: solo pasaba el filo por la madera, arriba y abajo, arriba y abajo, con el gesto ausente de quien tiene las manos ocupadas para que no se le note que la cabeza está en otro sitio, en un sitio oscuro.
—Vienes a preguntarme si yo lo maté —dijo, sin volverse, en cuanto oyó los pasos de Marina sobre la gravilla.
Marina se quedó de piedra a media ladera.
—Vengo a…
—Todo el pueblo lo piensa. —Tomás dejó la navaja sobre el murete, con cuidado, y por fin la miró.
Tenía la cara curtida y los ojos rojos, de esos rojos de noches sin dormir que no se quitan con café—.
“El Herrera lo amenazó delante de todos”.
Y es verdad. Lo amenacé. Ayer por la mañana, antes del brindis, en la puerta del ayuntamiento, le dije que ojalá se lo llevara el diablo.
Se lo dije a la cara, delante de don Casimiro y de medio pueblo que hacía cola para los papeles de la fiesta.
—Se rió, y fue una risa fea, sin fondo—.
Y por la tarde el diablo se lo llevó. Qué oportuno, ¿verdad?
Qué mala pata la mía. El único hombre del valle que lo amenaza en público seis horas antes de que se caiga muerto.
Si yo fuera guardia civil, también me miraría a mí.
Marina, en vez de contestar, se acercó y se sentó a su lado en el murete, sin pedir permiso.
Desde allí se veía todo el valle: las viñas ordenadas en bancales, el campanario del pueblo asomando entre los tejados, y a lo lejos, la mancha gris de Bodegas Marañón como una cicatriz de chapa en el paisaje.
Y más allá, medio ocultas por un cerro y un bosquecillo de encinas, unas ruinas de piedra que Marina no había sabido situar hasta ahora.
—Cuéntame qué te hizo —dijo—. Desde el principio. Tengo tiempo.
Tomás la miró de reojo, sorprendido, casi desconfiado, de que alguien quisiera oír su versión entera en vez de la de la plaza, que ya venía cocinada.
—Lo de siempre. Lo que le hizo a otros antes que a mí.
—Suspiró y empezó—. Mi familia lleva en esta ladera desde antes de que hubiera papeles.
Buena uva, poca, pero buena. Yo se la vendía a bodegas de la denominación, que pagaban un precio justo.
Y entonces llegó Marañón con su nave y su dinero, y empezó a comprar uva a lo bestia, más barata, de fuera, hundiendo el precio de todo el valle.
Las bodegas buenas, que no podían competir con esos precios de saldo, unas cerraron y otras acabaron vendiéndole a él.
Y de pronto, un año, resulta que el único que me compraba la uva era Marañón.
Solo él. Y me la pagaba a lo que él quería, que era nada.
—Cerró el puño sobre la rodilla—. Sabía que yo tenía deudas.
Este mundo es pequeño, y él tenía comprado hasta al del banco.
Sabía que el banco me apretaba con la hipoteca de la maquinaria.
Y esperó. Como una araña en su tela, quietecito, viéndome debatirme.
Este verano vino en persona, con su chófer y su contrato, y me ofreció comprarme la finca entera.
La finca de mi abuelo, de mi bisabuelo, la tierra donde están enterrados los perros de mi infancia.
Por cuatro duros. Menos de lo que valen las piedras de estos muros.
—Y le dijiste que no.
—Le dije que antes muerto. —Tomás miró al frente, hacia sus cepas moribundas—.
Y él me sonrió, con esa sonrisa suya de dueño del mundo, y me dijo: “Eso se puede arreglar, Tomás”.
Con retintín. Como si fuera una broma. Como si mi vida entera fuera una broma que a él le hacía gracia.
—Le tembló la barbilla—. Yo no dormía, Marina.
Llevaba semanas sin dormir, viendo cómo lo perdía todo, cómo iba a tener que decirle a mi hijo, que estudia fuera, que ya no había dinero, que volviera.
Y ayer, en la plaza, cuando lo vi entrar tan pancho a brindar por la cosecha que me había robado a mí…
le dije lo que le habría dicho cualquiera con sangre en las venas.
Que ojalá se muriera. Y lo dije de corazón, no te voy a mentir. Lo deseé con toda mi alma.
Se hizo un silencio. Un milano cruzó el cielo, planeando sobre los bancales.
—Pero mira, Marina. —Se volvió hacia ella, y ahora había algo desesperado en su voz, una necesidad de que alguien, quien fuera, le creyera—.
Yo soy muchas cosas. Soy un desgraciado, soy un arruinado, soy un pobre hombre que va a perder la tierra de sus muertos.
Deseé su muerte, sí. Pero desear no es hacer.
Yo no lo maté. Ni me acerqué a la mesa de honor en toda la tarde.
Ni loco me acerco yo a esa gente, a las autoridades, con la vergüenza de mi viña sin vendimiar a la vista de todos.
Estuve todo el rato en la esquina de los Herrera, la de siempre, con mi cuñado y con dos primos, rumiando mi rabia y bebiendo el vino que me daban porque el mío ya no puedo ni pagarlo.
Pregúntales. Pregúntale a quien quieras.
No me moví de esa esquina hasta que el hombre se cayó.
Y cuando se cayó… Dios me perdone, pero mi primer pensamiento no fue de pena.
Y el segundo fue: “ahora me van a colgar el muerto a mí”. Y ya ves. Acerté en las dos cosas.
Marina lo miró largo rato. Y le creyó, igual que había creído a Bruno, igual que había creído a Nuria.
Y ese era el problema de Valdeviñas, el problema que empezaba a quitarle a ella el sueño: que casi todos tenían un motivo, y casi todos parecían decir la verdad.
Alguien mentía. Alguien, con una lágrima sincera en los ojos o una sonrisa amable en los labios, mentía tan bien que se confundía con los honestos.
Y ella tenía que encontrar la única nota falsa en un coro que sonaba, todo entero, dolorosamente afinado.
—Tomás —dijo, antes de irse, señalando con la barbilla hacia el cerro lejano—. Esas ruinas de allí, entre las encinas. ¿Qué son?
El hombre siguió su mirada, y toda su cara cambió. Se cerró, como se cierra una puerta de golpe cuando entra el frío. La navaja, que había vuelto a coger sin darse cuenta, se le quedó quieta en la mano.
—Esa es la bodega vieja —dijo, y bajó la voz aunque no había nadie en kilómetros—. La primera que tuvo Marañón, antes de la nave. Lleva abandonada dieciocho años. Nadie va allí. Ni los cazadores. Dicen que está… en fin. Que da mala espina.
—¿Por qué la abandonó?
Tomás tardó en contestar. Cuando lo hizo, fue mirando al suelo, como quien confiesa una vergüenza que no es suya pero le pesa igual.
—Porque allí se murió un chaval del pueblo.
Hace dieciocho años. Un crío que trabajaba la vendimia.
—Tragó saliva—. Y porque es la vergüenza de este valle, Marina.
La vergüenza que todos preferimos no mirar.
Marañón se libró de todo con dinero y con abogados, construyó la nave nueva bien lejos, y la bodega vieja se quedó ahí, pudriéndose, como un mal recuerdo que nadie quiere enterrar del todo porque enterrarlo sería perdonarlo.
—Se levantó del murete, dando por terminada la conversación—.
Vete a casa, Marina. Y hazme caso en una cosa: ten cuidado con lo que remueves.
En este pueblo hay dolores muy viejos. Y los dolores viejos, si los despiertas, muerden. Muerden fuerte.
Y sin decir más, echó a andar ladera arriba, entre sus cepas moribundas, con la navaja en la mano y la espalda encorvada, dejando a Marina sola con el viento, con el milano y con la silueta lejana de aquellas ruinas que, de pronto, bajo la luz dorada de la tarde, parecían mirarla a ella y esperar algo.