Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 5. La heredera
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Capítulo 5. La heredera

Bodegas Marañón, de cerca, era todavía más fea que de lejos.

Una nave de chapa gris del tamaño de un pabellón deportivo, sin una sola ventana, con depósitos de acero inoxidable del tamaño de silos asomando por un lateral y un cartel enorme, iluminado incluso de día, con la M coronada.

Ni una parra a la vista en varios kilómetros a la redonda: la uva llegaba en camiones de otros pueblos, de otras provincias, comprada al peso y volcada en tolvas gigantes que no distinguían una garnacha vieja de un saldo cualquiera.

Aquello no era una bodega. Era una fábrica de vino con ínfulas de bodega, un sitio donde el vino se fabricaba como se fabrican los tornillos, y sabía a eso: a tornillo.

Marina había llamado con la excusa de dar el pésame.

Era una excusa a medias verdadera, de esas que se cuenta uno a sí mismo para no reconocer del todo lo que va a hacer: sí quería dar el pésame, pero sobre todo quería ver de cerca a Nuria Marañón, la mujer que había exigido la autopsia con los ojos secos y una frialdad que no era, o no solo, la del duelo.

La recepcionista, una chica joven con cara de estar deseando que la despidieran, la acompañó por un pasillo de baldosas grises hasta el despacho del jefe.

Y lo primero que pensó Marina al entrar fue que Nuria Marañón no parecía una hija de luto, sino una prisionera recién liberada que todavía no se cree que le hayan abierto la celda.

Estaba de pie sobre una silla, descolgando de la pared una fotografía enorme, de metro y medio, de Ezequiel estrechando la mano de un político sonriente bajo un cartel de inauguración.

Cuando Marina entró, Nuria no se sobresaltó; simplemente terminó de descolgarla, bajó de la silla y la dejó apoyada del revés contra la pared, con la cara del muerto mirando al yeso.

Un gesto que no tenía nada de casual, y que no se molestó en disimular.

—Vienes al pésame —dijo Nuria, sin saludar, sacudiéndose el polvo de las manos—.

Qué detalle. Eres la primera persona del pueblo que cruza esa puerta desde ayer.

Ni una llamada, ni una tarjeta, ni una corona de flores.

Nada. —Se rió sin ganas, un sonido áspero—.

Supongo que es lo que pasa cuando tu padre se dedica durante veinte años a arruinar a sus vecinos.

Que se te muere y el pueblo, en vez de traerte magdalenas, respira aliviado.

—Siento tu pérdida —dijo Marina, y lo dijo de verdad, porque perder a un padre es perder a un padre aunque el padre sea Ezequiel Marañón, aunque el duelo venga mezclado con otras cosas más turbias.

Nuria la miró un instante, como calibrando si aquella cortesía era sincera o de compromiso.

Debió de decidir que era sincera, porque algo en sus hombros se aflojó.

Se dejó caer en el sillón de cuero del padre, un trono enorme detrás de una mesa enorme, y de pronto pareció pequeña ahí dentro, una niña sentada donde no le corresponde.

—¿Sabes qué es lo peor, Marina? —dijo, y por primera vez la voz le tembló—.

Que ni siquiera sé cómo sentirme. Llevo veinte años deseando ser libre de él.

Veinte años trabajando gratis en esta nave horrible que odio, sacándole las castañas del fuego, cuadrando las cuentas que él descuadraba, aguantando que me presentara a los clientes como “mi hija, que me ayuda con los papeles” cuando era yo la que dirigía esto de verdad.

Veinte años oyéndole decir, delante de todo el mundo, que yo no valía para el negocio, que una mujer no sabía de vino, que si él faltaba esto se hundiría.

—Se pasó la mano por la cara—. Y ahora que por fin no está, ¿sabes qué siento?

Cansancio. Un cansancio de siglos. Ni pena, ni alegría, ni alivio siquiera.

Solo unas ganas enormes de dormir una semana entera.

Marina se sentó en la silla de enfrente, la de las visitas, más baja que el sillón del jefe, colocada así a propósito para que quien se sentara en ella se sintiera pequeño. Detalles de Ezequiel.

—¿Por qué pediste la autopsia, Nuria? —preguntó, sin rodeos—. Ayer, en la plaza, todos daban por hecho que era el corazón. Tú fuiste la única que quiso removerlo.

La heredera la miró con una astucia repentina, la astucia de quien ha aprendido a sobrevivir leyendo las intenciones ajenas.

—Porque no soy tonta. —Se inclinó hacia delante—.

Mi padre tenía enemigos en cada esquina de este valle, gente arruinada, gente humillada, gente que lo maldecía cada mañana.

Si le ha pasado algo raro y yo no pido autopsia, ¿a quién van a mirar primero cuando dentro de un mes empiecen los rumores?

A la hija. A la que lo hereda todo. A la que llevaba veinte años deseando ser libre.

—Se rió, amarga—. Prefiero que un forense diga por escrito de qué murió, y que ese papel me deje limpia.

Porque yo, a la hora en que mi padre se cayó, no estaba cerca de él.

Estaba en la esquina de la plaza, junto a los soportales, hablando por teléfono. Y no con cualquiera.

—¿Con quién?

Nuria dudó. Miró la puerta, se aseguró de que estaba cerrada, y luego, como quien por fin suelta un peso que llevaba meses cargando en secreto, lo dijo:

—Con un fondo de inversión de Burdeos. Llevo seis meses negociando, a espaldas de mi padre, la venta de Bodegas Marañón.

Todo esto. La nave, la marca, las viñas que compró.

Todo. Mi padre no lo sabía; me habría matado si se entera.

—Se dio cuenta de lo que acababa de decir y torció la boca en una mueca sin gracia—.

Es un decir, ya me entiendes. El caso es que ayer, justo a la hora del brindis, me llamaron los de Burdeos para cerrar una cláusula.

Media hora hablando en la esquina de la plaza, con el móvil pegado a la oreja, dándoles la espalda a todos para que no me oyeran.

Cuando colgué y me giré, mi padre ya estaba en el suelo.

—Lo miró a los ojos—. Hay registro de la llamada.

La compañía lo tiene. Treinta y un minutos, a un número francés.

Puedo demostrar dónde estaba y qué hacía cada minuto de esos treinta y uno.

Marina asintió despacio, archivándolo todo.

Si era verdad —y sería facilísimo de comprobar, bastaba una orden judicial y una llamada a la operadora—, Nuria quedaba fuera.

No se envenena una copa desde la otra punta de la plaza, de espaldas, con el móvil en una mano y hablando en un francés de negocios en la otra. La geografía y el reloj la exculpaban.

Y sin embargo, había algo que no encajaba, y Marina, que se ganaba la vida notando lo que no encajaba, lo persiguió.

—Nuria, una cosa. Si querías vender, y vender es más fácil sin tu padre de por medio dando órdenes… ¿no te viene bien que se haya muerto justo ahora?

La heredera la miró, y por un momento Marina temió haber ido demasiado lejos. Pero Nuria, en vez de ofenderse, se rió con una amargura genuina.

—Te lo parece, ¿verdad? Pues es al revés.

La venta la firmaba mi padre, que era el dueño legal de todo.

Yo solo tengo poderes limitados. Su muerte, justo ahora, me ha reventado la operación: el fondo se ha echado atrás hasta que se aclare la herencia y el follón de la autopsia, que puede tardar meses.

Me ha costado seis meses de trabajo y a saber cuánto dinero.

—Negó con la cabeza—. Si yo hubiera querido matar a mi padre por interés, guapa, habría esperado a tener la firma en el papel.

Muerto antes de firmar, no me sirve de nada. Me estorba. Piénsalo.

Y Marina lo pensó, y le dio la razón. Era la clase de detalle que un asesino calculador no habría pasado por alto, y que, en cambio, exculpaba a quien parecía tener más que ganar. El interés apuntaba a Nuria, pero el interés bien mirado la señalaba justo en dirección contraria.

—Una última cosa —dijo Marina, levantándose—. ¿Tu padre le hizo daño a mucha gente del pueblo? Daño de verdad, quiero decir. No de dinero.

Nuria miró la foto vuelta del revés contra la pared, la cara de su padre pegada al yeso, y algo se le ensombreció en el rostro.

—A más de la que crees —dijo en voz baja—.

Y a algunos, hace mucho tiempo, les hizo un daño que no se arregla con dinero, por mucho que él lo intentara.

Porque él creía que todo se arreglaba con dinero.

Era su religión. Que no había herida que un talón no cerrara.

—Levantó la vista, y había en sus ojos una sombra vieja—.

Pregúntale a la gente mayor del pueblo por la bodega vieja.

Por lo que pasó allí, hace ya… no sé, dieciocho años.

Yo era casi una cría, pero me acuerdo. Me acuerdo de los gritos de una mujer en la plaza, gritos que no eran humanos.

Y me acuerdo de mi padre firmando un cheque en la mesa del comedor y diciendo: “Con esto se calla”.

No se calló. Nunca se calló del todo. Pero mi padre nunca entendió por qué.

Era la segunda vez en dos días que alguien mencionaba, y enseguida esquivaba, “la bodega vieja”. Primero Remedios, ahora Nuria. Un lugar del que nadie quería hablar y que, sin embargo, se colaba en cada conversación como una corriente de aire por debajo de una puerta cerrada.

Marina salió de aquella nave gris con la certeza creciente de que allí, en ese lugar del que todos huían, estaba enterrada la raíz de todo. Y con la imagen, que se le quedó clavada, de una mujer sin nombre gritando en una plaza dieciocho años atrás, con unos gritos que no eran humanos.