Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 4. El enólogo callado
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Capítulo 4. El enólogo callado

Bruno Salas estaba en la bodega, trasegando el mosto de la primera vendimia de Viña Amalia, cuando Marina bajó a buscarlo esa tarde.

La bodega era pequeña y antigua, excavada en parte en la roca de la ladera, con las paredes gruesas que mantenían el fresco y ese olor inconfundible a mosto en fermentación, a levadura viva, a piedra húmeda y a madera de las pocas barricas que Amalia había podido permitirse.

Para Marina, aquel olor era el olor de su infancia y, al mismo tiempo, el olor de su futuro; el único sitio del mundo donde el pasado y el porvenir olían igual.

Bruno llevaba las mangas remangadas y las manos manchadas de púrpura hasta la muñeca, y trabajaba con una concentración silenciosa, midiendo densidades, apuntando cifras en un cuaderno con letra pequeña y pulcra, probando el mosto y escupiéndolo con la naturalidad de quien lo hace mil veces al día.

Por un momento, viéndolo así, absorto, Marina casi se olvidó de por qué había bajado.

Casi se quedó solo mirándolo, notando algo cálido y molesto a la vez en el pecho, algo que llevaba dos meses fingiendo que no notaba porque bastante lío tenía ya con su vida como para añadirle uno nuevo, y encima con un empleado.

Casi.

—Bruno.

—Marina. —No levantó la vista del densímetro—. La fermentación va bien. Mejor de lo que esperaba. Baja despacio, limpia, sin sobresaltos. Tu abuela sabía dónde plantar y cuándo vendimiar. Estas viñas viejas tienen memoria; dan poco, pero dan verdad. Este vino va a ser bueno.

—Bruno, ayer no me dijiste nada.

Ahora sí levantó la vista. Tenía una mancha de mosto en la mejilla y los ojos oscuros, atentos.

—¿De qué?

—De Ezequiel. Cuando lo viste entrar en la plaza, se te puso una cara.

Y cuando se murió, no te acercaste, no dijiste nada, te quedaste apartado como si aquello no fuera contigo.

—Marina se apoyó en un depósito, cruzando los brazos, decidida a no irse de allí sin respuesta—.

Yo no soy quién para meterme en tu vida.

Bastante tengo con la mía. Pero si hay algo que yo debería saber, algo que tenga que ver con lo que ha pasado, prefiero saberlo por ti, aquí, tranquilos, que enterarme por la panadería dentro de tres días.

Bruno dejó el densímetro en su soporte con cuidado, se limpió las manos en un trapo, despacio, ganando tiempo, y cuando por fin habló lo hizo mirando el depósito y no a ella, como si le costara menos confesarse ante el vino que ante una persona.

—Ezequiel Marañón me destrozó la carrera hace ocho años.

Marina no dijo nada. Había aprendido, en las pocas horas que llevaba metida en aquello, la misma lección que Gálvez sabía desde hacía treinta: que los silencios sacan más que las preguntas.

—Yo trabajaba para él. En Bodegas Marañón, de enólogo joven, recién salido, con mil ideas en la cabeza y ganas de comerme el mundo.

—Bruno apretó el trapo entre las manos—.

Y a los pocos meses descubrí que estaba cortando el vino con cosas que no debía.

Que compraba vino a granel malísimo, de otras regiones, lo mezclaba y lo etiquetaba como reserva de la casa.

Que le añadía aditivos que no declaraba.

Un fraude en toda regla, de los que engañan al que se gasta el dinero pensando que compra calidad.

—Tragó saliva—. Fui un ingenuo. Un idealista de manual.

Se lo dije a la cara, a su despacho fui, pensando que era un error, que él no lo sabía, que me lo agradecería.

Le enseñé los análisis. Y al día siguiente el ingenuo estaba en la calle, con una carta de recomendación tan venenosa que no me cogieron en ninguna bodega seria en cinco años.

Se encargó de que se supiera, por toda la denominación, que yo era “conflictivo”, “difícil”, “poco de fiar”.

En este mundo, que es pequeño y habla mucho, esas tres palabras son una condena.

Nadie te contrata. Nadie te da explicaciones.

Simplemente, las puertas dejan de abrirse.

—Por eso acabaste aquí —dijo Marina en voz baja—. En una bodega diminuta de una viuda muerta y una nieta que no tenía ni idea.

—Por eso acabé aquí. —Por fin la miró, y había algo dolido y limpio a la vez en su mirada, sin autocompasión, solo cansancio viejo—.

Y no me arrepiento, que quede claro. He hecho más vino de verdad en dos meses aquí que en cinco años buscándome la vida.

Pero no voy a fingir contigo que lloro por Ezequiel Marañón.

Lo odié durante ocho años. Ocho años dándole vueltas, imaginando lo que le diría si me lo cruzaba, ensayando venganzas que nunca hice.

—Negó con la cabeza—. Y ayer, cuando lo vi caer en la plaza, ¿sabes qué sentí?

Nada. Ni pena ni alegría. Un vacío raro.

Como cuando llevas años esperando una carta y por fin llega y resulta que ya no significa nada.

Y eso me asustó más que cualquier otra cosa.

Me pasé la noche pensando qué clase de hombre soy, que no siento nada cuando se muere el que me arruinó.

Marina lo creyó. No sabría explicar por qué, salvo por el instinto viejo que también usaba para catar: esa certeza que se forma en el paladar antes de que la razón la ordene.

Bruno no mentía. Y sin embargo, la parte de su cabeza que no dejaba de trabajar, la parte fría, la de sumiller que descompone un vino en sus elementos, apuntó, implacable, lo evidente: Bruno tenía un motivo enorme.

Ocho años de motivo destilado. Y sabía de química, de dosis, de sustancias.

Era el sospechoso perfecto. Demasiado perfecto, quizá. Pero eso Marina aún no podía saberlo.

—Bruno —dijo, y notó que le cambiaba la voz—, necesito preguntarte una cosa técnica. Y necesito que no me preguntes por qué. Todavía no.

Él asintió, con la seriedad de quien nota que se cruza una línea.

—Si alguien quisiera… hacerle daño a otro con algo que se echa en el vino.

Algo que amargue muy poco, lo justo para pasar desapercibido bajo la fruta y los taninos de un buen tinto.

Algo que además se pueda conseguir por aquí, del campo, sin ir a comprarlo a ningún sitio que deje rastro. ¿Qué usaría?

Bruno se quedó muy quieto. En la bodega solo se oía el burbujeo lento y paciente de la fermentación, ese sonido que a Marina siempre le había parecido el de algo vivo respirando en la oscuridad.

—Marina —dijo despacio, y ahora fue él quien la miró fijo—, ¿tú qué crees que le pasó a Ezequiel?

—Contéstame y te contesto. Te lo prometo.

Él la miró largo rato, sopesándola, decidiendo si podía fiarse.

Y luego habló, con la voz baja de quien sabe demasiado de plantas y de venenos porque en el campo esas dos cosas van siempre de la mano, porque el mismo cobre que protege la viña envenena al que lo respira, porque la naturaleza no distingue entre remedio y castigo.

—Adelfa —dijo—. La adelfa. Esos arbustos de flores rosas y blancas que hay en todas las cunetas de la carretera y en la mitad de los patios y las medianas del pueblo.

Son preciosos, aguantan la sequía, florecen todo el verano…

y son puro veneno, de la raíz a la flor.

Las hojas, si las hierves y sacas el jugo, tienen unas sustancias, unos glucósidos, que hacen con el corazón lo mismo que ciertos medicamentos, pero sin control: lo aceleran, lo descompasan y lo paran.

Con muy poca cantidad. —Tragó saliva—. Y amargan, sí.

Pero en un vino con cuerpo, con un poso de taninos y de fruta madura, ese amargor casi no se nota.

Casi. Salvo que uno tenga muy buen paladar.

Salvo que uno se haya pasado doce años catando a ciegas y sepa distinguir lo que no debería estar ahí.

Se miraron. Y en aquella mirada, sin necesidad de decirlo, quedó dicho todo: que Ezequiel Marañón no se había muerto del corazón, sino que se lo habían parado; que el arma había crecido, rosa y bonita, en cualquier cuneta de Valdeviñas; y que Marina Solís, con su maldito paladar de sumiller, era probablemente la única persona del pueblo que lo sabía con certeza, la única que había notado la firma del asesino en el fondo de una copa.

—No se lo digas a nadie —pidió ella, y le sorprendió lo firme que le salió la voz—. Todavía no. Si esto se sabe antes de tiempo, el asesino se esconde, o se deshace de lo que le quede, o le echan la culpa al primero que amenazó a Ezequiel, que es lo más fácil. Y el pueblo se rompe.

—¿Y qué vas a hacer? —Bruno la miraba con una mezcla de preocupación y de algo más, algo parecido a la admiración a regañadientes—.

Esto no es una cata, Marina. Esto es peligroso.

Si de verdad hay alguien en el pueblo capaz de destilar adelfa y envenenar una copa en mitad de una fiesta, delante de cien personas, sin que nadie lo vea…

no es alguien de quien tú debas ir tirando.

Marina miró el mosto que borboteaba en el depósito, el vino que empezaba a nacer, la bodega de su abuela que se jugaba la vida entera con la reputación de un pueblo y la sombra de un crimen.

—Voy a averiguar quién ha convertido el vino de mi abuela en un arma —dijo, y al decirlo en voz alta se dio cuenta de que ya lo había decidido, quizá desde el mismo instante en que notó el amargor—.

Antes de que la que acabe hundida por esto sea yo.

Y antes de que paguen justos por pecadores.

—Se volvió hacia él—. ¿Me vas a ayudar, o me vas a decir que me quede quietecita haciendo camas?

Bruno la miró. Y por primera vez en dos meses, la comisura seria de su boca se movió hacia arriba en algo que no llegaba a sonrisa pero se le parecía.

—Te voy a ayudar —dijo—. Porque como te deje sola, eres capaz de acabar tomándote tú también un vino que no debes.

—Cogió el cuaderno—. Pero con una condición: que me hagas caso cuando te diga que algo es demasiado peligroso.

Que no tienes que demostrarle nada a nadie, Marina.

Ni al pueblo, ni a tu ex, ni a la sombra de tu abuela.

Marina se quedó callada. Porque aquel hombre callado, que decía saber más de vino que de personas, acababa de leerle por dentro con una precisión que le dio miedo y calor a la vez.

—Trato hecho —dijo, y le tendió la mano, manchada de mosto como la de él.

Se dieron la mano en la penumbra fresca de la bodega, entre depósitos donde dormía un vino recién nacido, sin saber todavía que aquel apretón de manos era el principio de muchas cosas: de una investigación, de una amistad, y de algo más lento y más hondo que ninguno de los dos se atrevía aún a nombrar.