Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 3. El pueblo por la mañana
22%

Capítulo 3. El pueblo por la mañana

Un pueblo que ha visto morir a un hombre en su plaza no duerme igual esa noche. Y a la mañana siguiente, se levanta distinto.

Marina lo comprobó nada más bajar a por el pan.

Había dormido poco y mal, con el amargor de aquel vino repitiéndosele en la memoria como un eco que no se apaga, y con Tempranillo hecho un ovillo tenso a sus pies, despertándose cada dos por tres con las orejas tiesas, como si también él vigilara algo en la oscuridad.

Valdeviñas hablaba en voz baja. Hablaba en corrillos que se deshacían cuando ella pasaba y se rehacían a su espalda con un rumor de avispero.

En la panadería, dos mujeres cambiaron de tema con tanta prisa al verla entrar que quedó clarísimo cuál era el tema; una de ellas, la Petra, hasta escondió el periódico comarcal bajo el brazo, como si Marina no supiera leer titulares.

En la esquina de la iglesia, tres hombres discutían en susurros y se callaron a su paso.

Y en la puerta del ayuntamiento, don Casimiro discutía con alguien por teléfono con una vehemencia que se cortó en seco cuando la vio, como una radio a la que le quitan el enchufe.

—Buenos días, Marina —dijo el alcalde, guardándose el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta con el gesto rápido de quien esconde una carta marcada—. Qué disgusto, ¿eh? Qué disgusto más grande.

—Buenos días, don Casimiro.

—Menos mal que fue el corazón, pobre hombre.

Menos mal. —Se pasó el pañuelo por la frente, aunque la mañana era fresca—.

Porque imagínate que llega a ser otra cosa.

Imagínate el escándalo. Con lo que nos ha costado que la gente venga a Valdeviñas por el vino, por la naturaleza, por el turismo rural, y no por…

en fin. Un pueblo con fama de desgracias es un pueblo muerto, Marina.

La gente no reserva una casa rural donde ha pasado algo feo.

Tú lo sabes mejor que nadie, que vives de eso.

—Han pedido autopsia —dijo Marina, en tono neutro, solo por ver qué cara ponía.

Don Casimiro puso exactamente la cara que ella esperaba, y un poco peor: la de quien acaba de morder una guinda madura y se encuentra el hueso justo con la muela mala.

—¿Autopsia? ¿Quién ha pedido autopsia?

—La hija. Nuria.

—Pero… pero eso es remover. Eso es levantar la liebre.

Eso es… —El alcalde se pasó el pañuelo por la frente por segunda vez en dos minutos, y a Marina le pareció que le temblaba un poco la mano—.

En fin. Cosas de la familia, cada uno entierra a los suyos como quiere.

Que descanse el hombre. Adiós, Marina, que tengo mucho lío, mucho, con los papeles de la fiesta y las cuentas y todo esto.

Y se metió en el ayuntamiento con una prisa que no tenía nada que ver con los papeles de la fiesta y mucho con la conversación telefónica que Marina había interrumpido.

Marina se quedó mirando la puerta cerrada, con la barra de pan bajo el brazo y un pensamiento incómodo instalándose en su cabeza como un huésped que no ha reservado.

Interesante , se dijo. Y odió pensarlo, porque pensar así era el primer paso de una cuesta abajo por la que ella no quería rodar.

Ella había vuelto al pueblo a hacer vino, a rehacer su vida en pedazos, a dormir sin despertador y sin la voz de su exmarido reprochándole que “se había apagado”.

No había vuelto a sospechar de sus vecinos, a mirar a cada uno preguntándose qué escondía.

Pero el amargor de aquella copa seguía en su memoria, tan nítido como una nota mal tocada en una canción que uno se sabe entera. Y un alcalde que se ponía blanco al oír la palabra “autopsia” no era un alcalde preocupado por un vecino muerto. Era un alcalde preocupado por otra cosa.

En Viña Amalia la esperaba tía Remedios, que había venido a “echar una mano” con las habitaciones y en realidad venía a comentar la jugada, que es la principal ocupación de las tías de pueblo y no la menos útil.

—Dos parejas han cancelado ya —dijo Remedios, agitando el teléfono inalámbrico de recepción como si fuera la prueba de un delito—.

Los de Bilbao y los catalanes. Dicen que “dadas las circunstancias”.

Circunstancias. Como si el pobre Ezequiel se hubiera muerto en tu comedor y no en la plaza.

La gente de ciudad es muy fina para unas cosas y muy bruta para otras.

Marina se dejó caer en una silla de la cocina, y el corazón se le encogió más por lo de las cancelaciones que por todo lo demás.

Aquello era, en realidad, lo que más miedo le daba.

No el misterio, que le quedaba grande, sino la ruina, que la conocía de cerca.

Viña Amalia se sostenía con un hilo fino: las cuatro habitaciones de la casa rural pagaban las facturas, el sueldo de Bruno, el pienso de Tempranillo y las letras del banco, mientras la bodega empezaba a caminar y a dar, si Dios y el clima querían, sus primeros beneficios en dos o tres años.

Era una carrera contra el tiempo. Si corría por la comarca que en Valdeviñas se moría la gente en las fiestas, adiós reservas.

Y sin reservas, adiós dinero para aguantar la bodega.

Y sin bodega, la reserva de su abuela, aquel vino que Amalia guardó seis años esperando una ocasión, habría muerto para nada, envenenada y olvidada.

—Remedios —dijo, incorporándose y sirviéndole a la anciana un café bien cargado, porque las confidencias en Valdeviñas se pagaban en cafeína—, necesito que me cuentes una cosa. Y necesito que me la cuentes en serio, no en versión de plaza. En versión de verdad.

—Tú dirás. —Remedios se sentó despacio, con el gusto de quien sabe que va a ser importante.

—Ezequiel Marañón. ¿Quién lo odiaba lo suficiente como para alegrarse de verlo muerto?

Remedios sopló el café y le dio un sorbo largo, ganando tiempo, midiendo la pregunta. Fuera, un gallo cantó con retraso, y la luz de la mañana entraba por la ventana de la cocina y encendía las motas de polvo.

—¿Que quién lo odiaba? Hija, es más corta la lista de quién no.

—Dejó la taza—. Ezequiel ha arruinado a Tomás Herrera, que este año ha vendido la uva regalada y va a perder la finca de sus abuelos, tres generaciones de sudor por cuatro billetes.

Le tiene comida la voluntad a don Casimiro, y no me preguntes cómo, que yo no sé nada y no quiero saberlo, pero cuando un alcalde le ríe las gracias a un empresario y se pone blanco al oír “autopsia”, alguna cadena hay, y no es de oro.

Le hizo la vida imposible a su propia hija, a Nuria, que ha tenido que quedarse de encargada en la nave grande porque el padre no la dejaba volar, ni casarse con quien quería, ni irse a estudiar fuera; la tuvo atada corto toda la vida, diciéndole delante de la gente que una mujer no sabía de vino.

—Remedios negó con la cabeza, y su cara alegre de siempre se ensombreció como se ensombrece un campo cuando pasa una nube—.

Y luego… luego hay historias más viejas.

Historias de las que en este pueblo ya no se habla en voz alta.

—¿Qué historias?

Remedios cerró la boca, apretó los labios, negó con la cabeza.

—Historias que no son para hoy. Historias de gente que perdió cosas que no se recuperan, que no las devuelve ni el tiempo ni el dinero.

—Volvió a coger la taza con las dos manos, como para calentárselas aunque no hiciera frío, y cambió de tema con la habilidad de quien lleva ochenta años cambiando de tema cuando le conviene—.

Anda, ¿y sabes quién ha estado toda la noche despierta, cuidando de que a nadie le diera un mal aire después del susto?

Amparo. Un ángel, esa mujer. Repartió tila y agua de azahar hasta las tantas, y a la viuda de Andrés, que se puso mala del corazón con el susto, la tuvo en el bar sentada hasta la una, dándole la mano.

No sé qué haríamos en este pueblo sin Amparo, de verdad te lo digo. Es el paño de lágrimas de todos.

Marina asintió, y no dijo nada. Pero apuntó, en el rincón de la cabeza donde una sumiller guarda los matices que no encajan, dos cosas que le zumbaban por dentro.

La primera: que había “historias viejas” de dolores irreparables de las que el pueblo no hablaba, y que Remedios, que hablaba de todo, se negaba a tocar.

Y la segunda, más incómoda todavía: que Amparo Gil había estado, otra vez, en el centro de todo.

Sirviendo el vino de honor. Consolando a los asustados.

Presente, servicial, imprescindible. Como llevaba treinta años estándolo.

Se avergonzó del pensamiento y lo espantó como se espanta una mosca. Pero, igual que la mosca, el pensamiento se fue solo un momento y volvió a posarse en cuanto ella bajó la guardia.

—Come algo, tía —dijo, para cambiar ella también de tema—. Que has venido en ayunas y luego te bajará la tensión.

Y mientras le ponía delante un plato de magdalenas —de las de Amparo, que las vendía en el bar y eran las mejores del valle—, Marina se preguntó, sin querer, cuántas cosas de aquel pueblo tan dulce estaban hechas, en el fondo, con las manos de la misma mujer.