Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 2. Un accidente
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Capítulo 2. Un accidente

El sargento Gálvez llegó cuarenta minutos después, cuando ya habían llegado la ambulancia del centro de salud comarcal, don Fermín había hecho lo poco que se podía hacer —nada— y la mitad de la comarca se había acercado atraída por ese imán infalible que es la desgracia ajena.

En los pueblos, una muerte convoca más gente que una boda.

Gálvez era un hombre grande, de bigote gris y ojos cansados, que hablaba despacio porque había aprendido, en treinta años de tricornio, que la gente, cuando está nerviosa, dice más cosas si uno le deja silencios en los que meterse.

Tenía el puesto en la cabecera de comarca y llevaba Valdeviñas y otros seis pueblos, lo que significaba que conocía a todo el mundo lo justo para no fiarse de nadie del todo.

Recorrió la plaza con la mirada una sola vez, sin prisa, y en esa mirada cupo todo: las mesas volcadas, el mantel manchado de vino que parecía sangre y de sangre que no lo era, la copa rota, el cuerpo tapado con una sábana que alguien había tenido el buen gusto de ir a buscar a una casa vecina.

—¿Quién ha dicho que no se toquen las copas?

Marina, que seguía haciendo guardia junto a la mesa, levantó la mano como una niña en el colegio.

—Yo.

Gálvez la miró de arriba abajo. La ubicó enseguida: la nieta de la Amalia, la que había vuelto de Madrid a hacerse cargo de la casa rural y de la bodega, la del divorcio, según las malas lenguas, aunque las malas lenguas en un pueblo son casi un servicio público.

—¿Y por qué ha dicho usted eso, si puede saberse?

Marina abrió la boca para explicárselo. Para decirle que su vino, el vino de su abuela, tenía un amargor que no le correspondía, un amargor que solo aparecía cuando algo se había añadido a él.

Que ella había sido sumiller doce años, que había catado a ciegas miles de vinos, que su paladar era lo único de su vida anterior que había traído entero al pueblo, más entero incluso que su matrimonio.

Que aquello no era un mareo, ni un atragantamiento, ni el infarto de un hombre gordo que comía mal y bebía peor.

Pero entonces miró alrededor. Vio las caras del pueblo, blancas, asustadas, buscando en los ojos de los demás una explicación que las tranquilizara.

Vio a Nuria Marañón sentada en el bordillo con la mirada perdida, sostenida por Pili, que le abanicaba con un mantel.

Vio a don Casimiro secándose la frente con un pañuelo enorme, blanco como una bandera de rendición.

Vio a Bruno, apartado, con los brazos cruzados y una expresión indescifrable.

Y algo la frenó, un instinto más viejo que la lógica.

En Valdeviñas, decir en voz alta “a este hombre lo han envenenado” era decir “uno de vosotros lo ha hecho”.

Era señalar, sin querer, a toda esa gente que la había visto crecer, que había querido a su abuela, que le compraba el pan en la misma panadería.

Y ella todavía no sabía cuál de ellos. Soltar esa palabra —envenenado— era prender una mecha sin saber dónde estaba la carga.

—Porque cuando pasa algo así, lo lógico es no tocar nada —mintió a medias—. Lo he visto en las series.

Gálvez la miró un segundo más de lo necesario, con esos ojos cansados que parecían leer entre líneas. Marina tuvo la incómoda sensación de que el sargento sabía perfectamente que aquello de las series era mentira, y de que, por algún motivo suyo, decidía dejarlo pasar de momento.

—Pues ha hecho usted bien, aunque sea por las series. —Se volvió hacia el médico—. ¿Qué me dices, Fermín?

Don Fermín, un hombre menudo de manos suaves, se quitó las gafas y se pellizcó el puente de la nariz, cansado de golpe.

—Lo que te diga ahora es provisional, Gálvez, y que conste.

Pero por la edad, por el peso, por cómo ha caído…

yo apostaría por el corazón. Un infarto fulminante, o una arritmia, o un ictus, vete a saber.

Ezequiel comía como si el colesterol fuera cosa de otros y bebía como si el hígado no fuera con él.

Le tengo dicho hace años que se cuidara.

No me hizo caso, claro. La gente no se muere de lo que teme, se muere de lo que no quiere mirar.

—Un infarto —repitió Gálvez, y en su boca la palabra sonó a alivio administrativo.

Un infarto era un parte de defunción y a casa.

Un infarto no obligaba a mirar con lupa a todo un pueblo el día de su fiesta, ni a rellenar informes que subieran a la comandancia, ni a que vinieran los de arriba a decirle cómo hacer su trabajo.

Marina notó que se le agriaba algo por dentro, una protesta que le subía por la garganta.

—¿No le van a hacer la autopsia? —preguntó.

Los dos hombres la miraron, sorprendidos de que la nieta de la Amalia se metiera donde no la llamaban.

—Señora Solís —dijo Gálvez con esa paciencia que en realidad es lo contrario de la paciencia—, un señor de sesenta y cuatro años, con sobrepeso, se cae redondo después de comer jamón y beber al sol dos horas.

No hace falta ser comisario para saber qué ha pasado.

Si la familia no pone pega, esto se cierra con el parte de don Fermín, y todos a casa a rezar por el difunto.

—La familia soy yo —dijo Nuria Marañón.

Se había levantado del bordillo, apartando con suavidad el mantel de Pili.

Tenía los ojos secos, y a Marina le pareció que se esforzaba mucho, muchísimo, en que siguieran así, como quien aprieta una presa para que no se desborde.

Cuando habló, lo hizo con una frialdad que no encajaba con acabar de ver morir a un padre a dos metros.

—Y yo quiero autopsia.

Se hizo un silencio incómodo. La gente cercana fingió no oír, que es la manera que tienen los pueblos de oírlo todo.

—Nuria, hija —empezó don Fermín, con la voz suave de quien la había traído al mundo—, no hace falta que pases por ese trago. La autopsia es… es fea. A tu padre lo abren, lo…

—Sé lo que es una autopsia, don Fermín. —Nuria no levantó la voz, pero hubo un filo en ella que cortó la frase del médico en seco—.

Y la quiero. Mi padre tenía muchos enemigos.

Muchos. Prefiero saberlo con papeles. Prefiero que un forense diga por escrito de qué se ha muerto, y no que dentro de un mes empiece a correr por las tabernas del valle que a Ezequiel Marañón “le pasó algo raro” y que su hija lo enterró con prisas.

Gálvez la miró, miró el cuerpo, miró a la plaza entera que fingía no estar escuchando y estaba escuchando cada sílaba, grabándola para repetirla esa misma noche en las cocinas.

Y suspiró como suspira quien acaba de ver cómo un día tranquilo se le convierte en un mes de trabajo, informes y visitas de la comandancia.

—Está bien —dijo—. Autopsia. Se lleva el cuerpo al Anatómico Forense y esperamos resultados. Y hasta que lleguen, hágame el favor todo el mundo: nadie del pueblo se me va de viaje sin avisar. Ni a la capital, ni a la playa, ni a ver a la suegra. Que os conozco.

Hubo un murmullo de protesta blanda y de resignación. Un pueblo que tenía cosas que hacer —vendimiar, sobre todo, que la uva no espera— se veía de pronto atado a la plaza por una muerte que la mayoría prefería creer natural.

Recogieron las copas. Las metieron en bolsas de plástico transparente, una a una, numerándolas con un rotulador.

Y cuando el sargento cogió la de la mesa de honor que había sido de Ezequiel, Marina se fijó, ahora sí con toda su atención, en un detalle que ya había registrado sin querer aquella mañana, cuando colocaba la mesa: la copa del empresario no era como las demás.

Todas las de la mesa de honor eran iguales, de cristal fino, prestadas por el ayuntamiento, con una pequeña muesca en el pie por el uso.

Todas menos la de Ezequiel. La suya tenía grabado en el pie, con arenado, un pequeño escudo: la M de Marañón, coronada, presuntuosa, la misma M del cartel de su nave y de sus etiquetas.

Ezequiel se la había traído de su casa, como hacía siempre en los actos públicos, porque por supuesto él no iba a beber en la misma copa que un cualquiera, en un vidrio prestado que a saber cuántas bocas habían tocado.

Marina se quedó mirando aquella copa dentro de su bolsa, con la coronita grabada relumbrando al sol.

Cualquiera que hubiese querido envenenar a Ezequiel Marañón, y solo a él, lo habría tenido facilísimo.

No había más que echar el veneno en la única copa del mundo con una coronita grabada, sin ningún riesgo de equivocarse, sin ningún peligro de matar a un inocente.

Una copa marcada. Una diana con nombre y apellido.

Siempre, claro, que uno supiera cuál era. Que conociera la costumbre presuntuosa de Ezequiel de traerse su propia copa. Y que, además, pudiera acercarse a ella en algún momento sin que nadie se extrañara.

Marina miró, sin querer, hacia la puerta del bar Central, al otro lado de la plaza, donde Amparo repartía ahora vasos de agua con azúcar a los más impresionados, consolando a unos y a otros con su voz de siempre, poniéndole una mano en el hombro a la viuda de Andrés, secándole una lágrima a Pili.

Y apartó la vista enseguida, avergonzada de sí misma, con las mejillas ardiendo como si alguien pudiera oír sus pensamientos.

Porque pensar lo que acababa de pensar, aunque fuera durante medio segundo, era una canallada.

Amparo. Por favor. Amparo, que le había servido el café a Marina de niña con dos azucarillos y una sonrisa.

Amparo, que había velado a su abuela la noche que murió.

Amparo era incapaz de matar una mosca; las sacaba de casa con un vaso y un cartón, decía todo el pueblo, riéndose de ella con cariño.

Eso creía Marina aquella tarde de septiembre, con el sol todavía alto y el cuerpo de Ezequiel camino del forense.

Aún le quedaba mucho por aprender sobre lo que la gente buena es capaz de hacer cuando le rompen el corazón y le roban lo que más quiere.

Aún no sabía que la bondad y el odio pueden convivir dieciocho años en la misma persona, detrás de la misma sonrisa, sin que ninguno de los dos ceda.

Recogió sus propias cosas, las copas sobrantes de Viña Amalia, el mantel que había llevado.

Y al agacharse a por la caja, Tempranillo se le subió al hombro de un salto, cosa que no hacía nunca, y le clavó las uñas con suavidad, como quien pide que lo tengan en cuenta.

Marina lo cogió y hundió la cara un momento en su pelo tibio, y el gato se dejó, cosa que tampoco hacía nunca.

—Lo has visto tú también, ¿verdad? —le susurró—. Tú estabas mirando la bandeja.

El gato no contestó, claro. Pero no apartó los ojos verdes de la fuente hasta que Marina lo metió en la furgoneta y arrancó de vuelta a Viña Amalia, dejando atrás una plaza que nunca volvería a ser, del todo, la misma.