Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 1. El brindis #3
13%

Capítulo 1. El brindis #3

—Y un año más, don Casimiro nos va a dar el discurso —susurró Remedios, y Marina tuvo que morderse el carrillo por dentro para no reírse en pleno duelo de solemnidad.

El alcalde habló de la tradición, del esfuerzo de los antepasados, de “esta tierra noble que nos vio nacer”.

Habló de los mayores que ya no estaban —y aquí miró de reojo a Marina, que sintió de golpe a su abuela subírsele a la garganta, y tuvo que apretar los dientes—.

Habló, cómo no, de “los nuevos tiempos y los nuevos proyectos que traerán prosperidad a nuestro querido pueblo”, y a Marina le pareció que, al decirlo, sus ojos resbalaban un instante hacia Ezequiel Marañón, y que Ezequiel le devolvía una mirada de propietario satisfecho.

Fue un instante. Marina lo archivó también, sin saber por qué, en el mismo rincón que lo demás.

Y por fin, cuando ya se le acababa el repertorio y el sol apretaba y las copas empezaban a pesar en las manos, don Casimiro alzó la suya del todo.

—¡Por la cosecha! ¡Por Valdeviñas!

—¡Por Valdeviñas! —rugió la plaza entera, cien voces a la vez, y las copas subieron como una bandada.

Marina bebió. Y por un segundo se olvidó de todo, de Ezequiel y de las deudas y de las goteras de la casa rural, porque el vino de su abuela le supo a las tardes de su infancia, a la mano callosa de Amalia guiando la suya sobre la copa, enseñándole a reconocer un aroma.

“Huele primero, niña. El vino se bebe con la nariz. La boca solo confirma.” Cerró los ojos un segundo.

Solo un segundo. Y en ese segundo, la abuela estuvo allí, viva, entera, riñéndola con cariño.

Cuando los abrió, Ezequiel Marañón tenía la cara de un color que Marina no le había visto a nadie, y no era el color del vino.

El empresario se llevó la mano al cuello, aflojándose la corbata que no llevaba, como si le faltara aire.

Abrió la boca como si fuera a pronunciar otro de sus discursos, otra de sus frases de dueño del mundo, pero de ella no salió ninguna palabra, solo un sonido raro, ahogado, un estertor que no encajaba en una plaza de fiesta.

La copa se le escurrió de los dedos y se hizo añicos contra el empedrado con un tintineo que, en el silencio repentino, sonó como un disparo.

Durante un instante, toda la plaza pensó que era una de las suyas. Un número. Una manera de llamar la atención, de recordarle a todos que él era el importante. Alguien hasta soltó una risita nerviosa.

Luego Ezequiel Marañón se desplomó sobre el mantel blanco, arrastró dos copas y un racimo de uvas, y quedó medio caído sobre la mesa de honor, con un brazo colgando y los ojos abiertos mirando un cielo que ya no veía. Y ya no se movió.

El silencio que siguió fue el silencio más completo que Marina había oído en su vida.

Hasta la fuente pareció callarse. Hasta el perro de tres calles más allá dejó de ladrar.

Cien personas contuvieron el aliento a la vez, y en ese hueco de aire cabía ya, aunque nadie lo supiera todavía, todo lo que iba a venir después.

Don Fermín fue el primero en reaccionar; el instinto de cuarenta años lo lanzó hacia el cuerpo, maletín en mano.

Nuria dejó caer el móvil. Alguien gritó.

Y en mitad de aquel arranque de caos, mientras el mundo volvía a moverse de golpe y demasiado deprisa, Marina Solís notó algo que no debería haber notado.

Algo que le puso el estómago del revés y que, en las semanas siguientes, no la dejaría dormir.

Su propia copa. El poso del vino de su abuela, ese vino que se sabía de memoria, que acababa de devolverle a Amalia entera durante un segundo.

Tenía, debajo del sabor a fruta madura y a tiempo y a tierra, un amargor extraño.

Un amargor mínimo, agazapado, casi imperceptible.

Un amargor que no era del vino. Un amargor que ella, precisamente ella, con doce años de paladar entrenado, sabía reconocer aunque no quisiera.

Miró su copa como se mira una serpiente en la hierba. Y luego, despacio, levantó la vista hacia el escalón de la fuente.

Allí, muy quieto, con la cola enroscada sobre las patas y una atención impropia de un gato en mitad de un tumulto, estaba Tempranillo.

Se había escapado de casa, porque siempre se escapaba, porque las puertas de Valdeviñas eran para él una sugerencia y no una orden.

Y no miraba el cuerpo, ni a la gente, ni el revuelo.

Miraba, fijo, la mesa de honor. Miraba, en concreto, la bandeja vacía que Amparo había dejado apoyada contra la piedra de la fuente antes de correr, como todos, hacia el hombre caído.

—Que alguien llame a la Guardia Civil —oyó decir Marina, con una voz que tardó en reconocer como la suya, una voz firme que no sabía de dónde salía—. Y que nadie… nadie toque las copas.

Nadie le hizo mucho caso en aquel primer momento. Pero ella se quedó de pie, junto a la mesa de honor, montando guardia sobre doce copas vacías como si fueran lo único importante de la plaza. Y en cierto modo, aunque todavía no lo sabía nadie, lo eran.