Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 1. El brindis #2
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Capítulo 1. El brindis #2

Nadie se rió. El silencio que siguió a su chiste fue tan espeso que se oyó a un perro ladrar tres calles más allá. En la esquina, Tomás Herrera, que ese año había vendido su uva por menos de lo que le costó recogerla, apretó tanto la mandíbula que Marina pensó que iba a partirse una muela.

—Este hombre —murmuró Remedios, que se había materializado al lado de Marina como hacía siempre, sin ruido— tiene el don de entrar en un sitio y bajarle la alegría diez grados. Es como abrir la nevera en agosto: refresca, pero te quedas a disgusto.

Detrás de Ezequiel llegó su hija, Nuria, mirando el móvil con el ceño fruncido, como quien está en otra conversación mucho más importante que aquella plaza y aquella gente.

Nuria Marañón tendría unos cuarenta años, vestía con una sobriedad cara y llevaba en la cara esa tensión de quien lleva demasiado tiempo tragando.

Marina la conocía de vista: la hija del gran hombre, la que dirigía de hecho la bodega mientras el padre se llevaba el mérito y las palmaditas.

Y detrás de Nuria, apurado, con la camisa mal remetida y cara de haber corrido, llegó Bruno.

Bruno Salas era el enólogo que Marina había contratado hacía dos meses para intentar que la bodega de su abuela no muriese con ella.

Se lo había recomendado un antiguo compañero de Madrid con una frase que a Marina le había hecho gracia: “Sabe más de vino que nadie y menos de la gente que un topo. Te va a sacar de quicio y te va a salvar la bodega”.

Las dos cosas se estaban cumpliendo. Bruno era serio, hablaba poco, tenía una manera de mirar el mosto que parecía escuchar lo que el vino le contaba, y guardaba una distancia cortés que a Marina unas veces le parecía respeto y otras, muro.

Lo que Marina no sabía todavía —lo sabría esa misma tarde, y de la peor manera— era que Bruno y Ezequiel tenían una historia vieja, y que no era buena.

—Perdona el retraso —le dijo Bruno, colocándose a su lado y bajando la voz—. Se me ha ido el santo al cielo con la prensa nueva. La junta del descube estaba floja y no quería arriesgarme a perder el primer mosto por venir a un brindis.

—Llegas justo para el brindis —contestó Marina, y le puso una copa vacía en la mano—. Que es lo importante. El mosto ya lo cuidaremos luego.

Él miró hacia la mesa de honor, hacia Ezequiel, que ya se había servido el primero sin esperar a nadie, con esa prisa de quien está acostumbrado a que el mundo empiece cuando él llega.

Y algo se le tensó a Bruno en la cara, un músculo de la mandíbula, un endurecimiento de la mirada.

Pero no dijo nada. En Valdeviñas, ese día, casi nadie dijo lo que pensaba.

Ese era, en el fondo, todo el problema. Un pueblo entero de gente tragándose sus rencores como quien se traga un hueso de aceituna, sin saber que uno de ellos había decidido, por fin, escupirlo.

Amparo Gil se movía entre las mesas con la bandeja, sirviendo la reserva de la abuela Amalia copa a copa, con esa sonrisa suya de vecina de toda la vida.

Amparo tenía sesenta y tantos años bien llevados, el pelo blanco recogido en un moño impecable y unas manos que habían servido a Valdeviñas durante treinta años sin descanso.

Regentaba el bar Central, el sitio donde el pueblo se enteraba de todo antes de que pasara, donde se lloraban los muertos y se celebraban los bautizos, donde los jubilados echaban la partida y los jóvenes daban el primer beso a escondidas del cura.

Amparo tenía una paciencia infinita para escuchar penas ajenas mientras servía cafés, y una memoria de elefante para los gustos de cada cual: sabía quién tomaba el café solo y quién cortado, quién con sacarina y quién con miel, quién quería la tostada muy hecha y quién apenas templada.

Si Valdeviñas hubiera tenido un corazón, habría latido detrás de la barra de Amparo.

—Para ti, Marina, guapa —dijo, llenándole la copa con un cuidado casi ceremonioso—.

Que este año es el primero con tu bodega, y hay que celebrarlo como Dios manda.

Tu abuela estaría orgullosa, hija. Le tenía mucho cariño a este vino.

Me acuerdo de cuando lo guardó, hará seis años, y me dijo: “Este, Amparo, es para una ocasión grande”. Mira tú qué ocasión.

—Gracias, Amparo. No sé qué haría el pueblo sin ti.

—Anda, calla. —Le dio un golpecito cariñoso en el brazo, un gesto de madre, y siguió su ronda, moño erguido, bandeja en alto, sonriendo a unos y a otros.

Marina se fijó, sin fijarse, en dos cosas que su cabeza archivó sin permiso, en ese rincón donde una sumiller guarda los matices que no encajan en la copa.

La primera: que Amparo servía primero la mesa de honor y dejaba para el final las de los vecinos.

Le pareció lógico. En la mesa de honor estaban las autoridades, y a Ezequiel, quisiera uno o no, había que tratarlo como autoridad.

La segunda: que Amparo sabía perfectamente, sin dudar ni un segundo, cuál de aquellas copas relucientes era la de cada cual.

No preguntaba. No vacilaba. Iba directa, como quien reparte cartas en una partida que ha jugado mil veces.

Pero es que Amparo llevaba treinta años sirviendo a aquella gente. ¿Quién iba a saberlo mejor?

Cuando todas las copas estuvieron llenas, don Casimiro se subió con un resoplido al escalón de piedra de la fuente, se ajustó la faja tricolor, carraspeó tres veces para que se hiciera el silencio y levantó la suya.

—¡Vecinos de Valdeviñas! Un año más, la tierra nos ha dado su fruto…