Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1) Capítulo 1. El brindis
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Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1)

Cosecha de Secretos (Misterios en Valdeviñas 1)

Por Elena Vidal Serrano

© inepub.com

Capítulo 1. El brindis

En Valdeviñas, la vendimia no era una fecha del calendario. Era el calendario.

Marina Solís lo había olvidado durante los catorce años que pasó en Madrid, entre catas para clientes que confundían un tempranillo con un mérito personal y presentaciones en salas sin ventanas donde la luz era siempre la misma a las nueve de la mañana que a las siete de la tarde.

Allí, el tiempo se medía en trimestres y en objetivos.

Aquí se medía en podas, brotes, envero y vendimia; en heladas tardías que te partían el corazón en abril y en tormentas de agosto que te lo partían otra vez.

Lo había olvidado hasta el punto de creer que se podía vivir sin ello, que una podía ser feliz en un piso de setenta metros con vistas a otro piso de setenta metros.

Y luego su abuela Amalia se había muerto un martes de febrero, con esa falta de dramatismo con la que se mueren las mujeres fuertes, y le había dejado en herencia una casa rural con goteras, una bodega del tamaño de un pañuelo y un pueblo entero que la recordaba de niña.

A Marina no le había quedado más remedio que recordarlo todo de golpe: el olor, el ritmo, los nombres, la manera exacta en que la luz de septiembre se posaba sobre las lomas a media tarde y las volvía de oro viejo.

Recordó, por ejemplo, que la mañana de la Fiesta de la Vendimia el pueblo entero olía a mosto.

Un olor dulzón y terroso, con un fondo de levadura y de fruta pisada, que se metía por las contraventanas y que no había perfume en el mundo capaz de imitar.

Lo estaba respirando ahora mismo, de pie en el patio de Viña Amalia, con una caja de copas en los brazos y un gato naranja enredándosele entre los tobillos como si su única misión en la vida fuera hacerla tropezar.

—Tempranillo, como me tires las copas, te juro que este año no catas ni el hollejo —dijo.

El gato la miró con el desdén sereno de quien sabe que las amenazas de Marina caducaban en tres segundos, y de un salto elegante se subió al murete de piedra, desde donde podía supervisar mejor el desastre y, si se terciaba, provocarlo.

Tempranillo había sido de la abuela. En los papeles del veterinario figuraba como “gato común europeo”, pero Marina sospechaba que llevaba dentro alguna estirpe más antigua y más astuta, de esas que en los pueblos se atribuyen a los animales que sobreviven a todo.

Había aparecido en el patio de Amalia hacía seis años, flaco y con una oreja partida, y se había quedado con la naturalidad de quien vuelve a una casa que siempre fue suya.

Cuando Marina heredó la casa, heredó al gato.

O quizá fue al revés: el gato la heredó a ella, y todavía estaba decidiendo si la aprobaba.

—Habla con los animales. Ya está peor que la abuela.

La voz venía de la puerta de la cocina. Tía Remedios —que no era tía de Marina sino de medio pueblo, y hermana de la difunta Amalia— salía secándose las manos en el delantal, con esa expresión de estar a punto de contar algo que llevaba guardando desde 1980.

Remedios tenía ochenta y dos años, la espalda un poco vencida y una cabeza que funcionaba mejor que la de gente con la mitad.

Se sabía la genealogía completa del valle, quién se había casado con quién y por qué, qué finca había pasado de qué manos y con qué disgusto, y guardaba todo aquello como otros guardan fotos: con cariño y con un punto de crueldad.

—Los animales escuchan mejor que la gente —contestó Marina—. ¿Ya está listo el vino de honor?

—Listo y contado. Doce botellas de la reserva de tu abuela para el brindis de la plaza. —Remedios bajó la voz, aunque no había nadie más en el patio—. Y te aviso ya, para que no te pille de nuevas: Amparo se ha ofrecido a servirlo ella.

—¿Y qué tiene de malo que lo sirva Amparo?

—Nada. —Remedios se encogió de hombros con una inocencia que a Marina, más adelante, le costaría no recordar—. Lo sirve todos los años. Es la del bar, la sirve y en paz. Solo te lo digo para que lo sepas. Que este año es el primero sin la Amalia, y hay quien se pone quisquilloso con las costumbres.

Marina no le dio importancia. Fue el primero de varios detalles a los que aquel día no dio importancia, y de todos se acordaría después, uno por uno, como quien repasa las cuentas de un rosario, con la sensación amarga de que la respuesta había estado siempre delante de sus ojos.

La reserva de la abuela Amalia no era un vino cualquiera.

Amalia había guardado aquellas doce botellas durante seis años, en el rincón más fresco de la bodega, sobre un lecho de arena, girándolas de tanto en tanto con sus manos artríticas, esperando “una ocasión que las mereciera”.

Marina se lo había oído decir de niña, sin entenderlo: ¿qué ocasión merecía un vino?

¿No estaban los vinos para bebérselos y ya?

Ahora, con cuarenta y tres años y un divorcio a la espalda, lo entendía perfectamente.

Había cosas que uno guardaba no por avaricia, sino por respeto.

Porque abrirlas antes de tiempo era como leer el final de un libro que todavía estabas viviendo.

La ocasión, al final, había sido la propia ausencia de Amalia.

Era el primer brindis de la vendimia sin ella, y a Marina le pareció justo, casi obligatorio, que el pueblo lo celebrara con lo mejor que su abuela había dejado.

Que la reserva sirviera para despedirla y, a la vez, para presentar a la nueva Viña Amalia, la de la nieta que había vuelto de la ciudad con más dudas que certezas.

No sabía entonces que estaba a punto de convertir el vino más querido de su bodega en la peor pesadilla de su vida.

Cargó la caja hasta la furgoneta, una Berlingo blanca con más de trescientos mil kilómetros y un carácter propio, y colocó a Tempranillo dentro de casa a pesar de sus protestas. El gato la miró desde la ventana con la dignidad ofendida de un rey depuesto.

—No me mires así. En la plaza hay mucha copa y mucho pie, y tú tienes las patas muy sueltas.

Se secó el sudor de la frente. Hacía uno de esos días de septiembre en que el verano se resiste a marcharse, en que el cielo está tan azul que dolía mirarlo y el aire todavía huele a rastrojo caliente.

Un día perfecto para una fiesta. Un día perfecto, pensaría después, para que la desgracia se disfrazara de celebración y se colara en el pueblo por la puerta grande.

—Vámonos —le dijo a nadie, o a la furgoneta, o a la sombra de su abuela que la acompañaba a todas partes—. Que en la plaza no se brinda solo.

La plaza de Valdeviñas era pequeña, empedrada y presumida.

Tenía soportales de piedra donde en verano se refugiaban los viejos del calor y en invierno del cierzo, una fuente de tres caños que funcionaba cuando le apetecía, y una iglesia de campanario recio que llevaba cuatro siglos vigilando el mismo puñado de casas.

Ese día, la plaza estrenaba seis mesas largas vestidas con manteles blancos y racimos de uva de adorno, guirnaldas de papel entre los balcones y un cartel pintado a mano que decía, con más entusiasmo que ortografía, FIESTA DE LA BENDIMIA.

A mediodía ya estaba llena. Estaban los Herrera, con sus caras curtidas y su silencio de gente que trabaja de sol a sol.

Estaban las de la panadería, que lo sabían todo antes que nadie porque a la panadería se va cada día y con la barra de pan se lleva uno también las noticias.

Estaba don Casimiro, el alcalde, estrenando una faja tricolor que le apretaba la barriga y le daba un aire de embutido de fiesta.

Estaba don Fermín, el médico, que llevaba cuarenta años poniendo tiritas y firmando defunciones, con su maletín de cuero aunque fuera fiesta, porque decía que un médico de pueblo no descansa ni el día del Corpus.

Y estaba, cómo no, medio valle vinícola con la excusa de brindar por la cosecha y la verdadera intención de mirarse los unos a los otros, de calibrar quién había hecho buena vendimia y quién no, quién estrenaba coche y quién arrastraba deudas.

Marina colocaba las copas en la mesa de honor, ayudada por Pili —una mujer de risa fácil que echaba una mano en el bar de Amparo y que tenía por costumbre contar en voz alta lo que otros pensaban en voz baja—, cuando notó que el murmullo de la plaza cambiaba de temperatura.

No bajaba: se enfriaba. Como cuando entra una nube y la tarde, sin previo aviso, pierde el oro.

Levantó la vista.

Ezequiel Marañón acababa de entrar en la plaza.

Lo hacía como entraba a todas partes, con la barbilla por delante y la papada detrás, saludando a nadie y esperando que todos lo saludaran a él.

Era un hombre grande, de esos que ocupan más sitio del que les corresponde, con un traje de lino caro arrugado por la barriga y un reloj que costaba más que la furgoneta de Marina.

Dueño de Bodegas Marañón, la nave enorme de las afueras que embotellaba más vino en un día que Valdeviñas entera en un año.

Un vino sin alma, decían los viejos: correcto, barato, uniforme, el mismo botella tras botella, año tras año, sin la firma de una buena añada ni la herida de una mala. Vino de fábrica.

En los últimos tiempos, Ezequiel se había dedicado a comprar viñas a precio de saldo con una paciencia de depredador.

Primero bajaba lo que pagaba por la uva hasta ahogar al viticultor; cuando el pobre no podía más y el banco apretaba, aparecía con un contrato y una sonrisa, como el buitre que espera a que el animal deje de moverse.

Ya se había tragado tres fincas del valle.

Todo el mundo sabía cuál sería la cuarta, y todo el mundo miró, sin querer, hacia la esquina donde estaban los Herrera.

—Buenos días, Valdeviñas —dijo Ezequiel, abriendo los brazos como si la plaza fuera suya. Quizá, a ese paso, pronto lo sería—. He venido a brindar con vosotros. Al fin y al cabo, pronto seremos casi familia.