Cortex Cuarto sacrificio
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Cuarto sacrificio

Cuarto sacrificio

A veces, los finales no son justos.

Pretendía renacer como un humano. Quería desmontar el revoltijo de cosas que me hacían ser yo, pieza por pieza, incluso si eso implicaba renunciar a todo lo que alguna vez me hizo feliz.

Solo quería nacer de nuevo. Ser otro. Así todo sería más fácil.

Pero ocurrió lo contrario.

En vez de liberarme, me sentenciaron a una vida eterna dentro de la misma piel, con los mismos huesos llenándome como una prisión.

Todo se volvió blanco cuando Nylena ascendió y se convirtió en diosa. Y en su nuevo mundo lo único reconstruido por sí mismo fue la ciudad de Catarbella.

Cuando aparecimos en la ciudad celestial, provista de cristal transparente y nubes que parecían neblinas, llegamos al podio —no al del Rito de la Aniquilación, sino al de la coronación de serafines—, y vi un ejército de ángeles de baja jerarquía aplaudiendo.

Lo hacían como si hubieran existido desde siempre, como si hubieran estado esperándonos.

Entonces lo sentí.

Mis ojos ya no estaban en mi cara.

Brotaban en racimos y se abrían en dos alas que rasgaron mi espalda, en medio de la blancura infinita que Nylena había creado.

Demasiados ojos .

Mierda .

Estoy perdido .

Soy un serafín .

¿ Qué ?

No. No puedo ser un serafín .

Un varón no puede… Eso nunca había pasado antes .

Yo debí morir .

No puedo ser el Córtex .

No quiero serlo…

Nylena apareció frente a nosotros en un estallido de luz pura, una onda cegadora que poco a poco se moldeó en su silueta imponente.

La diosa descendió con la solemnidad de un reinado eterno, inclinándose apenas ante su nuevo ejército: arcángeles, principados, ángeles menores.

El aire vibraba con los vítores, un rugido celestial que parecía doblar el espacio a su alrededor.

—Bienvenidos a este nuevo mundo —proclamó—, el que tejeré desde cero a imagen y semejanza de Lorelai. Bienvenidos a Melcior.

Su voz, embriagada de dicha, flotaba sobre la multitud, sin sospechar que yo había heredado el Córtex.

—La raza protegida, una vez más, será la humana. Iremos liberando las almas originales conforme mis serafinas creen el ecosistema y…

Giró en medio de su discurso. Su mirada me encontró y se detuvo.

En sus ojos, la luz se oscureció.

—¿Qué? ¿Dónde está Fiora? —preguntó.

La imagen de su cabeza rodando en el vacío regresó a mí. Mis manos estaban ya limpias, pero la memoria de la explosión, el recuerdo de haberme rociado su sangre, seguía calcificada en mi tacto. Aún podía sentirlo: la humedad, el calor fugaz, el momento mismo.

—Falleció, Nyl. Ella intentó matarme —respondió Lummina en mi lugar, su voz dulce sonó a dos cuerpos de distancia.

No supe si hablaba con alivio, con alegría, o si en el fondo estaba decepcionada de que yo me hubiese convertido en serafín. Dentro de mí chocaban esas dos certezas: su amor por mí y su iridia, el mundo como debía ser.

Y que ya no podría ser.

Nunca.

Giré apenas para buscarla y solo uno de mis nuevos ojos logró hallarla.

Ella sonreía, de par en par, y entonces lo supe. Me alegró verla también, y más aún ver que sus magulladuras, heridas y manchas de iridia habían desaparecido.

Pero Nylena notó esa conexión y la tensión se volvió un filo en el aire.

En un parpadeo, la diosa se interpuso entre nosotros, tomando las dos manos de la nueva serafina del cielo como si fuesen a hacer un juramento silencioso.

—Lu, tu madre ha sido clara. Ha abdicado en mi favor para que tú y yo podamos estar juntas.

Al escucharla, el aire me fue arrancado de los pulmones. Un suspiro roto, casi un jadeo, me abandonó.

—Mi madre… —repitió Lummina con la voz quebrada. Había algo en su tono… ¿Era melancolía? ¿Arrepentimiento? ¿Esperanza? Mi tiempo a su lado había sido tan corto en comparación, que no alcanzaba a imaginar la profundidad del amor de Lummina por su madre—. ¿Eso es lo que te ha dicho antes de morir?

Nylena asintió y acarició su rostro con una ternura que quemaba como fuego en mi pecho.

—Así es. Y para que esto funcione, te necesito. Eres mi iridia, y yo soy la diosa de este mundo. Además, es bueno que seas mi Caelum, Lummina, porque podrás quedarte conmigo en Catarbella.

—Pero… —Lummina buscó mi mirada, pero Nylena se interpuso otra vez, cortando el hilo invisible que nos unía.

—Cyrone estará en la tierra. A Córtex le corresponde el suelo… o el subterráneo, el inframundo. Tú y yo pertenecemos a las alturas.

La separación era inevitable.

Dejé de escuchar el resto del discurso. Aunque yo miraba a Lum, buscando desesperado su reciprocidad, ella ya no me miraba de vuelta.

Nylena no podía matarme, pero podía arrancarme de su vida y moldear mi voluntad hasta hacerla arcilla dócil y fría.

Una voz resonó.

—Honremos a la nueva diosa del mundo bautizado como Melcior —declaró el arcángel de piel negra, su tono era como un gong profundo y autoritario.

En ese instante, la profecía se cumplió.

Nylena no me pidió un gesto; me lo robó.

Me obligó a inclinar la cabeza con un solo toque, y en el crujido silente de mi cuello supe que la piedad había terminado.

Luché por mantener el rostro erguido, pero mis músculos ya no me pertenecían.

La orden era absoluta. Mi cuerpo y mi alma, antes una fortaleza, eran ahora hilos inertes danzando en sus manos.

Los serafines le pertenecían al dios del mundo.

—Y ahora Hilaris, Córtex, Caelum y Aestus habrán de cumplir sus propósitos para mí… Vamos a crear juntos un mundo perfecto, un plano donde los humanos, la especie protegida, jamás se atreva a dañar a un ser inocente. Un mundo sin dolor.

Sin dolor, excepto el nuestro … Hubiera dicho, con el tono poco serio de mi voz, pero mi lengua no se movió.

El arcángel nos repartió como piezas en un tablero.

Faraine fue disuelta y enviada a cubrir el océano vacío que yacía bajo nosotros; Neblina se elevó al firmamento, un sacrificio obligado para colmar el cielo de aire.

Me dejó para el final, recreándose en mi derrota, saboreando el instante en que mi voluntad se convertía en su herramienta.

Luego, el golpe final. Tomó la mano de Lummina con una posesividad fría y la apartó de nuestra formación, reclamándola como si su esencia le perteneciera.

Los veintiún ojos infinitos que habitaban las alas de Lummina se clavaron en mí.

No eran de reproche, sino un grito silencioso, un adiós repleto de añoranza amarga.

Vi en ellos la confirmación de que todo lo que fuimos se rompía.

Y entonces fui desechado. El suelo bajo mis pies —el mismo cristal de Catarbella que nos había sostenido— se abrió con un crujido. El aire se hizo delgado. El vértigo me mordió.

Caí y, en el descenso, el recuerdo de sus ojos fue la única estrella que iluminaba el cielo ese día.

El día uno.

Abrí los ojos sobre un campo baldío. No había quedado nada; solo tierra seca y muerta, un lienzo estéril donde me aguardaba la monumental e irónica tarea de reconstruir cada brizna de vida que había poblado Lorelai.

Intenté calmar mi dolor, intenté llorar, pero bajo la presión de mis lágrimas invisibles solo brotaron unas flores negras que se marchitaron y se hicieron polvo antes de tocar el aire. Recordé, con el mismo impacto de una herida nueva: los ángeles no podíamos llorar.

Contemplé el cielo que empezaba a llenarse de colores y creí ver, con el corazón hecho pedazos, una estela de luz danzar entre las nuevas nubes.

Me esperaban un sinfín de nuevos descubrimientos, pero ahí, viendo a la serafina del cielo adornarlo con belleza, concebí el primero.

Dos seres celestiales podían compartir su iridia y eso los condenaba a una clase de sufrimiento eterno.

Desde ese día, desde ese páramo de futilidad, y por los incontables siglos que siguieron, mi alma y mi rostro se mantuvieron secos.

Algunos finales no son justos. El mío coincidió de forma cruel e insultante con el nacimiento del nuevo mundo.

Melcior .

El serafín de la tierra cuidaba de un pequeño jardín, el único rincón en Melcior que jamás sería hollado por los nuevos humanos.

Lo visitaba cada día, no por amor a la tierra, sino porque allí, entre orquídeas y matas de lavanda, poseía lo único que le quedaba de ella.

Ese era su olor. El aroma que envolvía cada abrazo, cada palabra, cada instante en que fue suya.

Pero se la arrebataron. No hubo adiós, solo la distancia brutal y definitiva que separa a los de la tierra con los del cielo. Desde entonces, ninguna otra fragancia logró parecerse. Ningún intento suyo por recrearla fue más que un fracaso. Y, sin embargo, en ese jardín, algo de ella persistía.

No idéntico. Nunca idéntico. Solo lo bastante parecido como para obsesionarlo.

Los años difuminaron el contorno de su rostro, hasta volverlo una sombra incompleta en su memoria. Pero el perfume... ese perfume seguía anclado en lo más hondo, incorruptible, como una herida que jamás cicatrizaría.

El serafín de la tierra ya no tenía la herida en su rostro, pero sangraba.

Todavía sangraba.

Cyrone