Epílogo
Dos siglos después…
— S eñor Córtex —me saludó un mono fijú, con la voz ahogada por la posición, colgado de cabeza de una rama—. Sabe que hay un par de lobeznos en el bosque que nos miran con hambre real. No sé cómo convencerlos de que mi piel es más fibra que otra cosa.
Solté una risa áspera al oírlo. Estaba dando los toques finales a un vasto campo de trigo dorado a las orillas de un lago. Respiré profundo, el olor de la tierra recién trabajada me llenaba, y miré al animal, frunciendo el ceño por el nuevo astro del cielo.
—Bueno, amigo. Recuerda que mi especialidad son las plantas, las rocas... Temo que no puedo ir contra esa extraña, y francamente molesta, necesidad que tienen los animales de Melcior de devorarse unos a otros.
El mono no se dio por vencido, agitando las piernas:
—Pero ¡sir Córtex! ¡Usted es el que diseñó todo esto! Haga algo. Vuelva a todos vegetarianos, o al menos ¡insérteles el gusto por el gluten!
Me reí mientras le acariciaba el lomo.
—Si tuviera esa clase de poder, amigo, créeme, el primer ser que habría convertido en algo diferente sería yo mismo.
Me despedí del fijú y de su familia con un asentimiento breve. Recogí la capa, que arrastraba polvo seco, y retomé la marcha hacia la aldea humana que esperaba mis reformas. Mantuve la sonrisa forzada, hasta el instante en que sentí su presencia familiar rondando el perímetro.
Me detuve con la exasperación cortándome el aliento. Hice girar mi cabeza con un lento y deliberado rodar de ojos.
—Sal de una vez… Caelum —murmuré, sin molestia, sino con la quietud de la fatiga.
La serafina del cielo descendió, sacando su difusa forma de la luz, arruinándome el día antes de que tuviera oportunidad de empezar.
—Hola, Cyrone —saludó risueña y se acercó con un vuelo ligero—. ¿Por qué esa cara?
—Tu amada te va a amarrar al firmamento por días si te descubre aquí —respondí, impasible, mientras mis ojos analizaban las sombras, no por peligro, sino por aburrimiento—. ¿De verdad crees que puedes ocultarle esto a tu diosa?
—No estoy haciendo nada malo. No tendría por qué castigarme. Solo... solo estoy revisando cómo está la tierra, si es que mi cielo le ha ayudado a germinar.
Me quedé mirándola con los labios entreabiertos. Esta mujer era pésima para mentir.
—No intentemos pretender que esto es una visita de cortesía, Caelum. Eres pésima para mentir y yo no tengo ganas de fingir que te creo.
—Pero...
—No, Caelum. Claro que no. Mira a tu alrededor: el frío lo congela todo. ¿De verdad quieres ayudarme a germinar? Bien. Cambia tu astro del cielo por algo nuevo. —Apunté al astro del cielo pálido y volví a caminar sin mirarla.
—¡¿Quieres que plante una fogata en el cielo?! ¿Eso quieres? —se quejó y me siguió el paso con su luz parpadeando.
—Eres creativa, ¿lo ves? No necesitas bajar a la tierra a buscar excusas ni ideas. Vuelve a tu maldito trabajo.
Se interpuso en mi camino y su forma luminosa se solidificó para detenerme con ambas manos sobre mi pecho. La presión no era física, sino la de una súplica desesperada en sus ojos.
Cuando presté atención hacia esa mano que se apoyaba en mi pecho, y que antes había besado hasta el cansancio, lo vi.
Distinguí el anillo de oro en su dedo anular.
La alianza dorada que Nylena le había regalado hacía tanto, tanto tiempo.
Allí estaba, brillando sin pudor, una prueba descarada de que ella ya no me pertenecía, y lo lucía con terrible inocencia mientras se atrevía a interponerse en mi camino.
—Ehm. ¿Permiso? —Mi voz era inflexible, como la tierra que pisábamos.
—Lummina —dijo ella con su tono lleno de una patética ansiedad—. Sé que parece idiota, pero te he visto todos los días desde el observatorio de Catarbella. Casi no recuerdo cómo se oye mi nombre en tu voz...
Ese fue su error.
—¿Por eso empezaste a bajar después de dos siglos? —Me aparté con un movimiento brusco. La rebasé, dejándola a mis espaldas nuevamente—. Sospecho que me has visto durante esos doscientos largos años sufrir en seco, sin lágrimas, sin sangrar. Y eso es todavía peor.
—Cyrone...
—No te llamaré por tu nombre —le corté, sin siquiera girarme. La voz me salió como un susurro de odio contenido—. Me cansé de llamarlo y de que lo escucharas y nunca, jamás, vinieras.
—Espera… Espera un momento. ¡Cyrone! ¡Escúchame!
Caminé sin voltearme. Ya le había dedicado suficientes palabras.
Me colgué la capa negra sobre los hombros y levanté la capucha, envolviéndome la cabeza en la sombra.
Por alguna extraña y sospechosa razón, los humanos les habían tomado un miedo irracional a los seres con cuernos y orejas puntiagudas en Melcior.
Una regla de diseño demasiado específica para ser casual.
¿Quién más, si no yo, iría a infiltrarse entre ellos?
Nylena seguía siendo creativamente cruel. Ella sabía que si los humanos me rechazaban, podía dolerme. Pero ese golpe no iba a detenerme. Si tenía que infiltrarme cubierto, ocultando lo que era mi esencia, con tal de fastidiarla y arrastrar mi propia y eterna vida, lo haría.
Entré a la aldea y recibí varios saludos serviles. Tuve que recorrer los senderos de Dendroría, una red de pasajes que serpenteaban entre sus árboles titánicos, de los que colgaban lianas gruesas como sogas. Miré hacia ellas y tomé una inspiración profunda y forzada.
No lo hice por la belleza del follaje, sino porque la conversación con Caelum, como siempre, me había asfixiado. Necesitaba aire, aunque el de ese «mundo perfecto» se sintiera denso y falso.
Pateé la base de uno de los árboles, un golpe seco que resonó con mi frustración silenciosa. Como si la madera tuviera la culpa de todo. Me cubrí el rostro con ambas manos, borrando la expresión de fastidio que había traído desde la conversación.
—Uy, viejo. ¿Estás bien?
Oí una voz familiar y, como un interruptor, me recompuse. No quería que aquel humano que me conocía estoico y centrado me viera quebrar. Giré hacia el hombre: un castaño de veintitantos, con los rasgos tan felinos que parecían dibujados.
—De maravilla —respondí con una sequedad que no logré disimular.
Se me acercó con la mirada llena de esa sospecha inteligente que siempre me irritaba.
—Es la acosadora de la que estás enamorado. ¿Volvió a aparecer?
Relamí mis labios y bajé la cabeza, intentando parecer relajado mientras él me rodeaba.
—No, es solo que este condenado árbol me ha provocado una rabia inexplicable y le he pegado sin más. —Me encogí de hombros.
—Oye, la verdad, no entiendo por qué no la invitas a salir —dijo el hombre, acercándose con una familiaridad irritante. Me tomó la mandíbula con el pulgar y el índice. Le hice un gesto con la cabeza para que quitara la mano de mi rostro—. Estoy seguro de que siente lo mismo por ti, viejo.
—No tengo tiempo para romances estúpidos —repliqué de inmediato.
— No tengo tiempo para romances estúpidos —repitió él al unísono, imitando mi forma de hablar. Se enderezó con una seriedad fingida—. Ya estás en edad de buscar con quién formar una familia, ¿no crees? Se te irá el tiempo y esa mujer podría encontrar a otro hombre, más decidido y menos gruñón.
Le dediqué una sonrisa plana y tensa y él, ignorando mi incomodidad, hundió su dedo en mi mejilla.
—Mira eso… Ahí tienes un hoyuelo —me avisó con el orgullo de un descubridor.
—Gracias por el dato —escupí—. Eres tan estúpido como tu padre.
El hombre se quedó en silencio. La insolencia desapareció de sus ojos de gato en un instante.
—¿Sigue enfermo? —pregunté.
Juré que mis plantas medicinales servirían esta vez, y ese juramento sonó hueco incluso en mi propia mente. Cuando me contó que su padre había empeorado, que apenas contenía sus necesidades, me sentí invadido por la pena.
Me arrastró en contra de mi voluntad por las lianas hasta su casa, encaramada en la copa de uno de los árboles más robustos.
Al entrar en la casucha de madera, el aire se hizo pesado.
Estaba tan abarrotada de plantas, de macetas y de hierbas secas colgantes, que la cabaña parecía un bosque comprimido dentro de otro.
Era un intento desesperado de mi amigo por curar lo incurable.
Al abrir la puerta principal, mis ojos fueron directo a la cama, y en ella, empequeñecido y roto, el viejo.
—¡Ah… Cyrone! —gritó el anciano. El esfuerzo le hizo toser de inmediato, un sonido cavernoso que le destrozó el pecho. Intentó incorporarse, pero sus hombros huesudos se hundieron de nuevo en las sábanas.
Atraje un simple piso de madera bajo mis pies y me senté frente a la cama.
—¿Se te tostó el cerebro, vejestorio? —le pregunté con una sonrisa fácil. Él tosió de nuevo, llevándose una mano temblorosa al pecho—. Eso lo dice todo. Te he dicho un millón de veces que el cigarrillo hace mal para la salud.
—Qué va. Eres tan insoportable como cuando eras un niño —se quejó él, con la misma autoridad antigua.
Le devolví la sonrisa, una mueca aprendida.
Quizá, antes de que él muriera, le admitiría la verdad: que jamás me conoció de niño.
Que, con mi poder de serafín, en realidad, había manipulado y plantado sus recuerdos para hacerle creer que me había visto crecer.
Lo que fuera necesario para que no encontrara extraño que yo, un ángel eterno, no envejeciera con él.
—Y tú, viejo, ya debiste haber estirado la pata —le dije con una sonrisa fría, incorporándome para servir un poco de té humeante.
—Espero que por lo menos el día en que estire la pata invites a salir a esa chica que está acosándote —replicó él.
—Beynar habla de más. Esa lengua se le escapa, igual que a ti —dije, vertiendo las hierbas en el agua caliente.
—Me ha contado muchas cosas. Ya que ya no puedo salir de aquí, ¿te imaginas? Yo subiendo por una liana cuando ni siquiera puedo contener la orina —dijo, soltando una risa que se convirtió en una carraspera de pecho.
Me volví a sentar. Aunque la sonrisa seguía en mi rostro, sentí una punzada de tristeza fría.
—¿Vale la pena envejecer, viejo? —La pregunta me salió como un murmullo involuntario.
—¡Por supuesto, hijo! No sabes cuánto he disfrutado la vida. —Tosió con una fuerza brutal, tanto que imaginé que su cuerpo se desmoronaba y caía en trozos frente a mis ojos.
—Tuviste ocho hijos. —Alcé las cejas, mirando hacia un costado de la cabaña—. Por supuesto que la has disfrutado. Ahora, bebe esto.
El viejo, cuando por fin contuvo la tos, volvió a hundirse en su catre, respirando con un jadeo grave y silbante, como una chimenea que agoniza. Bebió un sorbo de té.
—¡Y he conocido a mis nietos! —Su voz recuperó el brillo—. ¿Te das cuenta, Cyrone? No puedes dejar pasar a una mujer bella que te mira. No sabes cuándo pueda ser la última vez.
Me miró con la sabiduría de quien ya ve el final.
—Tener una familia no es el sueño de todos... pero por cómo eres con los niños, y por cómo cuidas de mí… Viejo, estás hecho para eso. Búscala —concluyó.
Le sonreí, pero esta vez la mueca aprendida se resquebrajó. En lugar de ira o resignación, sentí una punzada auténtica de algo parecido a la añoranza. El anciano me estaba dando, sin querer, la única cosa que mi castigo me había prohibido: una razón para no ser eterno solitario.
—Ganas no me faltan —reconocí. Le di una palmadita suave en el hombro—. Pero creo que… creo que aún tengo tiempo para sopesarlo, Zorro.
No me contestó. El hilo de la conversación se había cortado de golpe, se había quedado dormido con la boca abierta y la cabeza ladeada contra la almohada. Su rostro, ya sin el esfuerzo de la tos, parecía infantil y en paz.
Me acerqué con la manta áspera entre mis dedos para subirla con cuidado sobre su pecho. Me detuve a mirarlo un instante.
—Dulces sueños, Zorro —susurré.
Me di la vuelta y salí de la cabaña sin comprobar si acaso había muerto. No quería saberlo. La certeza de su muerte era algo que, por una vez, prefería dejar a la cobarde ambigüedad.
Fin