Tercer sacrificio
Tercer sacrificio
U na vez allí, me golpeó con un puntapié certero en el rostro y caí sin poder resistirme. Antes de que lograra incorporarme, sus puños y patadas comenzaron a llover sobre mí. Una tormenta de golpes que descargaba todo el dolor y la furia contenida de una hija que había sufrido demasiado.
—¡No es justo! ¡No es justo! —siseó entre dientes mientras seguía golpeándome.
La observé, dando un leve suspiro cuando se detuvo apenas un instante, como si la pausa le diera más tiempo para preparar la siguiente embestida.
—No es justo que la hayas dejado morir. ¡No tienes idea de todo lo que sufrió mi madre en vida! —gruñó enrabiada—. ¡Ella merecía ser la siguiente diosa, maldito imbécil! Te odio. Te odio.
Volvió a patearme. Mientras el dolor se mezclaba con la adrenalina, me pregunté qué clase de Calyssa había conocido ella. Tal vez la suya no merecía morir de esa forma. Tal vez sus motivos para odiarme eran más legítimos de lo que yo podía comprender.
—¡Matarte no es suficiente venganza, maldito! —escupió, golpe tras golpe—. Quiero que pruebes la misma desesperación que siento ahora mismo. ¡Por tu culpa, maldito hombre inútil!
De entre la niebla surgió una silueta. Volaba a nuestro costado y se detuvo al reconocernos.
Era Nylena.
Había permanecido oculta todo ese tiempo, acompañada solo por Neblina.
Le sonreí, a pesar de mi aspecto deplorable por la reciente golpiza. Sin embargo, algo me produjo cierta satisfacción al verla prácticamente sola, lista para enfrentarse a Lydia:
—Nylena, por más cobarde que haya sido esconderte de la batalla, me alegro de que no usaras a tus emisarios como ejército para la recta final. Eso habría destruido tu imagen por completo a ojos de Lummina —le dije.
—¿Emisarios? —preguntó con una ceja arqueada—. Oh, te refieres a los tronos que criamos en el refugio…
—¿Me dirás ahora la verdad sobre esos tronos? ¿Dónde los escondías después de sacarlos del refugio? Siempre nos preguntamos con El Zorro qué sucedía con tus aclamados emisarios.
Nylena dirigió su mirada hacia Fiora, todavía exhalando furia con cada respiración de sus fauces, y luego volvió a enfocarse en mí.
—Ya que estás al borde de la muerte, me daré el placer de decirte la verdad —dijo—. Todos murieron justo antes de cumplir los veintiún años. Se quitaron la vida. ¿Te suena ese tipo de juramento?
Alcé las cejas, sin expresión. La verdad me arrancó un pensamiento de la cabeza. En un solo parpadeo, todo encajó: la esperanza de los hombres del refugio no era más que una mentira. Como siempre, la muerte los esperaba.
—¿Esto lo sabe Lummina?
—Por supuesto que no, Cyrone. Ella solo se entera de lo que puede hacerla feliz. Hacerla feliz es mi misión —respondió Nylena después de un bufido.
—Oh, sí que la amas, ¿no? —solté, con ironía.
—Adiós, basura. Te aseguro que no nos veremos en el próximo mundo —respondió y continuó su trayecto hacia Lydia, quien parecía aguardarla en una nube densa mucho más arriba.
El cielo seguía iluminándose con relámpagos, reflejo de la batalla entre las tronos del cielo que aún no había terminado.
En el instante en que Nylena nos abandonó, Fiora me pateó con fuerza en el pecho, haciéndome caer y reclamando mi atención otra vez. Su daga se alzó, apuntando directo a mi corazón, pero se detuvo a escasos centímetros.
—¿Qué te pasa? ¿Te estás arrepintiendo de matarme? —lancé con un filo de burla, notando cómo su cuerpo temblaba.
—No… Es solo que… —Sus ojos reflejaban una mezcla de rabia, duda y algo imposible de descifrar—. No puede ser así…
El silencio que siguió fue casi ensordecedor, roto solo por los estruendos del cielo.
Cada chispa de relámpago parecía intensificar la tensión.
De pronto, el vaivén de explosiones en el firmamento cesó.
Tomé a Fiora por los hombros para apartarla y, con el rostro quizá delatando todo el terror que no podía ocultar, agucé la vista hacia lo alto, buscando a la trono que caía como un saco inerte directo al mar.
A tal distancia, era imposible distinguir quién había sido derrotada, así que alcé la cabeza con el corazón en un puño, temiendo ver descender a la trono de cabello liso.
Pero para mi fortuna, el cabello voluminoso y rizado de Lummina se mecía con el viento, bajaba majestuosa con sus alas extendidas hacia nosotros.
Solté un profundo suspiro de alivio y una sonrisa orgullosa se escapó de mis labios, casi imposible de ocultar ante Fiora, que me observaba con una fijeza hiriente.
Lummina lucía agotada por la batalla. Su concentración no se apartaba de mí, y eso la distrajo de todo lo demás, hasta que fue demasiado tarde.
Giré la cabeza hacia donde la trono había mirado con terror.
Ahí estaban Lydia y Nylena, en lo que quedaba del panteón del Abismo Estelar.
Después de cruzar miradas con Lummina, Lydia se giró hacia Nylena y, sin un segundo de vacilación, se arrodilló frente a ella.
El acto era un sacrificio monumental, visible para cada ser presente en el cielo.
Lummina contempló como Nylena alzaba la Lanza del Empíreo sobre la cabeza de su madre.
La visión la paralizó, como si hubiera olvidado la mecánica del vuelo, comenzó a caer en picada, batiendo sus alas con una torpeza desesperada para recuperar el aire.
Consiguió estabilizarse a duras penas sobre una nube que creó al instante.
Desde ese precario refugio, con lágrimas que caían como perlas heladas, presenció la imagen final: su madre era atravesada de lado a lado por el filo letal de la Lanza.
Lydia dirigió a su hija una última mirada, como ofreciendo un mundo entero de regalo, quizá para redimirse por el dolor infligido.
Y de pronto la lanza se hundió todavía más, dejando una herida enorme que cruzaba su pecho y estómago como una banda ardiente.
Lummina gritó y se lanzó hacia su madre, que se desvanecía mientras caía y exhalaba su último aliento.
La última trompeta, la séptima, sonó.
Nylena dejó caer la lanza que acababa de consumir a Lydia.
Acto seguido, su pecho estalló en una luz cegadora tan violenta que tiñó el cielo entero de blanco.
Comenzó a levitar, elevándose como un astro celeste recién nacido, mientras absorbía el poder de la diosa.
Su forma se distorsionó y creció, transformándose ante nuestros ojos en un ente divino de majestad y terror incalculables.
La trono llegó a abrazar el cadáver de su madre. Su sufrimiento era tan intenso que parecía desgarrar el aire mismo.
Cerré los ojos. Era el momento de dejarme ir, de morir a manos de mi hermana. Me giré hacia ella, pero cuando abrí los ojos ya no estaba conmigo.
Alcé la mirada y la vi, surcaba el aire hacia Lummina en un salto imposible, con las piernas alargadas por la gravedad alterada y empuñando la lanza del Empíreo de Calyssa.
En una fracción de segundo entendí qué era lo que realmente podía herirme.
No bastaba con matarme, la verdadera tortura sería ver morir frente a mis ojos a la mujer que amaba.
La lanza que Nylena había usado para matar a Lydia cayó del cielo hacia mi dirección. Como si obedeciera una orden mecánica e ineludible, salté tras ella. Tomé la Lanza del Empíreo y me elevé con el mismo impulso de Fiora.
Una de las últimas semillas de mi cinturón germinó al instante en un tallo fortificado, el cual se enredó alrededor de la trono de la tierra. Con una velocidad letal y absoluta precisión, la atraje hacia mí. Balanceé la lanza como una espada y, en pleno vuelo, le separé la cabeza del cuerpo.
Aterricé junto a Lummina. Vi caer primero la cabeza de Fiora al océano, seguida de su cuerpo, y sentí un estremecimiento profundo.
No. No es posible .
Esto... Esto no puede ser la realidad .