Segundo sacrificio #2
Lo estaba. La simple certeza me devolvió el aliento.
Impulsado por esa verdad, salté por encima de las aguas y aterricé en el fragmento de ruinas donde se encontraban.
—La encontré. Estaba intentando mantenerse a flote, casi no podía hacerlo —me dijo Lummina apenas llegué.
Faraine reparó en la sangre que cubría mi cuerpo, pero no dijo nada.
—Si no fuera por el llamado de Alba, que la obligaba a mantenerse viva, se habría hundido —añadió Lummina.
No pude contenerme. Tomé las mejillas de Lummina entre mis manos y la miré directo a los ojos, como si pudiera transmitirle todo el alivio y la urgencia que sentía en ese instante.
—Lamento tanto haberte tratado mal, Lum. Yo también… yo también te amo —tropecé entre mis propias palabras.
La desesperación me consumía, quería arrancarme las manos que la habían amenazado, como si así pudiera borrar todo el dolor que le había causado.
Era una sensación insoportable. Ella, sin embargo, me sonrió, suave y tierna, y acarició mis antebrazos.
Se acurrucó entre mis palmas, buscándome, confiando en mí incluso en medio de la sangre y la guerra.
—Que me lo digas con esos ojos inocentes, pero con las manos cubiertas de sangre, contrasta perfectamente —susurró.
—Lamento eso también —respondí, devolviéndole la sonrisa con todo el peso de mis sentimientos.
La besé de nuevo, obstinado a jamás aceptar que cada beso podía ser el último. Intenté capturar la esencia de sus labios, la suavidad desesperada de cada roce, mientras el mundo se desmoronaba a nuestro alrededor.
Y entonces, un grito gutural y ensordecedor resonó desde lo alto. Alba había sido derrotada. Su inmensidad caía de regreso al océano.
Al sumergirse en el agua, todo a nuestro alrededor se agitó en olas gigantescas que desequilibraron el lugar en el que nos encontrábamos.
Abracé a Lummina y a Faraine con fuerza, temiendo perderlas otra vez.
Escuché a La Trucha quejarse, despertando de la ensoñación que la mantenía leal a Alba, y por fin pudo toser a voluntad.
Noté el perfil de Lummina observando hacia el lugar donde Alba se había hundido.
Era inevitable, se había criado entre serafinas y las quería a todas, de algún modo.
Coloqué mi mano sobre su hombro, transmitiéndole un poco de apoyo silencioso.
Me devolvió una sonrisa melancólica, cargada de todo lo que no podía decir con palabras.
En medio de ese caos, mientras las criaturas marinas se retiraban de la batalla, un rayo impactó la plataforma en la que nos encontrábamos, haciendo que se sacudiera de lado a lado. Siera se irguió y fijó su mirada en la otra trono del cielo.
—Arriba, Lummina —ordenó Siera, lanzando una fugaz mirada al cielo, cubierto de nubes densas y oscuras—. Arriba, donde debemos estar.
Cuando quise ponerme de pie para enfrentarla, Lummina me detuvo, bloqueándome con la palma de su mano.
—Yo acabaré con esto, Cyrone.
—Estás herida —le hice notar, como si hiciera falta.
Aun con la sangre manchando sus ropas desgarradas, se puso de pie. Le tomé la mano con fuerza, intentando retenerla. Si moría en esa batalla contra Siera, todo lo que habíamos logrado hasta ese momento carecería de sentido.
—Yo acabaré con ella por ti —ofrecí, apretando los dientes.
—Lo sé, Cyrone, pero esto es algo que debo hacer yo —respondió con la mirada firme—. Esta es mi batalla. Si me convertiré en Caelum será con mi fuerza, no por la de nadie más...
Aunque dudé, decidí confiar en ella. Solté su mano. Los ojos de Lummina se encontraron con los de Siera, y en un instante ambas saltaron, tranforsmándose en rayos que se fusionaron con las nubes del cielo.
El mundo entero se iluminó. Relámpagos y destellos cortaron la tormenta, iluminando cada rincón mientras el retumbar del firmamento resonaba como un espectáculo grandioso y aterrador.
Todos los presentes alzaron la vista, hipnotizados por la furia y la majestuosidad de aquel choque que parecía capaz de marcar el destino del mundo.
Como no podía ver nada más allá del umbral de nubes densas, solo me quedó confiar y apartar la mirada del cielo.
Faraine se incorporó y fijó la vista en el mar.
—Mis hermanas… ¿están todas muertas? —preguntó, con la voz trémula. Aunque no podía estar seguro, sabía que yo las había eliminado a todas bajo el agua. Podía confiar en que Fiora había cumplido su parte y estaba acabando con todas las de la superficie.
—Sí —le respondí.
Se quedó en silencio, hasta que sus ojos se suavizaron y una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
—¿Sabes? Me alegra. Siempre me miraron como si fuera una inútil. Gracias por hacerme creer, aunque sea una mentira, que puedo ser capaz de algo más.
Le rodeé los hombros con el brazo, acercándola un poco más.
—Serás Hilaris, no menos —le aseguré.
—Seré Hilaris —repitió, con firmeza.
Cuando Fiora llegó con nosotros, aterrizando sobre la plataforma, estaba tan bañada en rastros de violencia como yo. Abrió y cerró la mano derecha, mostrándomela como si me reclamara alguna deuda invisible.
Debí haber perdido todo brillo en mis ojos en el instante en que vi a Fiora. En ese momento, la verdad me impactó con una claridad terrible: mi tiempo había llegado.
—Debo irme, Faraine —le susurré—. Te quedarás aquí esperándome, ¿verdad?
Si le decía a La Trucha que no volvería, no me dejaría partir. Asintió, algo insegura, dudosa al notar el rostro ensangrentado y letal de Fiora.
—¿Quién es ella? —preguntó, aferrándose a mí antes de que pudiera alejarme.
—Es una aliada —le respondí con seguridad—. Me ha ayudado a dejarte el camino libre, Trucha.
La sangre que la cubría, de un tono burdeo profundo, confirmaba mis palabras. Solo entonces me soltó.
Seguí a Fiora, saltando entre las plataformas de nube que se alzaban sobre la niebla, hasta que esta nos envolvió por completo y nos ocultó de todos los demás.