Cortex Segundo sacrificio
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Segundo sacrificio

Segundo sacrificio

H ubo un instante en el que nadie se movió, un silencio de muerte cuando Alba tragó a Calyssa, poniendo fin a su vida de la manera más rápida e indolora posible.

Me separé del borde de nubes y me tambaleé. Aún estaba aturdido por la escena, pero, sobre todo, por lo que yo mismo había hecho mientras mi mente estuvo secuestrada por Calyssa. Un pensamiento simple, pero demoledor, me asaltó: ¿ ahora soy libre? ¿Mi madre ha muerto de verdad ?

Me arrastré de vuelta junto a Lummina, como si ella fuera el único punto de anclaje que podía cuidar en ese momento.

—Lum… —susurré, pero su cuerpo ya no respondía.

No podía permitir que muriera así. No si lo último que su consciencia había registrado era aquella mirada de desprecio en mi rostro y la sombra de mi mano a punto de arrebatarle la vida.

A pesar de que no había querido, de que una fuerza superior había guiado mis acciones, esa verdad no borraba ni un ápice de mi culpa.

Al contrario, la hacía más palpable e insoportable.

—Por favor, por favor, por favor, no lo hagas… No cierres tus ojos, no ahora —imploré—. Lo siento, te lo suplico, perdóname.

Lydia, aún situada cerca de nosotros y en un estado de shock catatónico por la sangre derramada, se acercó.

Con un movimiento pesado, posó su mano sobre la herida abierta de Lummina.

Bajo su toque silencioso y poderoso, la carne se cerró lentamente, la herida desapareció, dejando tras de sí solo una leve humedad.

La vi por primera vez por completo consciente.

Aunque compartía con Lummina el inconfundible cabello blanco de su linaje, las similitudes terminaban ahí.

Lydia lo llevaba corto, en una forma precisa que enmarcaba sus rasgos más afilados.

Sus ojos eran de un violeta intenso y profundo, idénticos a los míos.

Su presencia era fuerte, una autoridad dominante que nada tenía que ver con la dulzura de su hija.

—El problema es la sangre —dijo, con un tono grave—. No puedo devolvérsela. Las heridas hechas por las reliquias de Catarbella son difíciles de sanar, y más aún si es una lanza del Empíreo.

De pronto, el lugar entero se sacudió con un estruendo que parecía subir desde las profundidades.

—Son las criaturas de Alba, maldición —gruñó Lydia—. Cardillo, ¿verdad?

—Cyrone —la corregí, acomodando la cabeza de Lummina sobre mi regazo.

—¿Puedes cuidarla? —preguntó, con una urgencia que ocultaba su dolor—. Debo terminar con esto… debo matar a Alba.

Debía de ser insoportable alzar la mano contra alguien con quien has compartido siglos. Asentí, mirándola a los ojos. Ahora que tenía plena voluntad sobre mis actos, sabía que nadie podría arrancarme de su lado.

Lydia se incorporó y desplegó sus alas hacia el océano, que rugía con furia bajo el Abismo Estelar. Imaginé que, al hablar de «criaturas», se refería a monstruos marinos de un tamaño colosal, enviados por Alba para inclinar la balanza de la guerra.

Pensé en La Trucha, probablemente bajo las órdenes inquebrantables de la madre de su linaje, tal como yo lo había estado hacía apenas unos instantes.

Esperaba que la caída no la hubiera matado.

Añoraba que no se hubiera ahogado en las profundidades del mar.

Odié con todo el ímpetu y el resentimiento que pude reunir a la fuerza que me había controlado antes, y que me había impedido ir a salvarla.

Siera se lanzó al aire para apoyar a Lydia en la batalla, dejando caer a una Fiora exhausta, que había gastado todas sus fuerzas luchando por liberarse para salvar a su madre.

Ahora que Calyssa estaba muerta, debía de sentirse desorientada.

Pero, al incorporarse, nos miró. Primero a Lummina en mis brazos. Luego a mí.

—No te metas conmigo —le advertí—. Ya te dije que no quiero ser un serafín. Te dejaré el camino limpio.

Fiora no respondió. Solo respiraba agitada, como si estuviera conteniendo un impulso peligroso.

Fue entonces, al mantener la mirada fija en ella, que noté lo que aguardaba detrás: una lanza del Empíreo, erguida como un espectro de guerra. Tenía que ser la que Calyssa dejó antes de caer a su muerte.

El panteón trepidó de nuevo bajo nosotros, y luego el temblor se repitió en largos intervalos: golpe, golpe, golpe.

Una criatura inmensa embestía la estructura con su cabeza.

Cada sacudida hacía que Lummina, debilitada, me mirara con los mismos ojos asustados.

Cuando recuperó la consciencia, al sexto golpe, se apartó de mí con el terror reflejado en su rostro. No podía culparla.

—Lum, ya no estoy bajo el control de Calyssa —aseguré.

Solo entonces bajó la guardia.

Contra lo que esperaba, en lugar de reprocharme la violencia, de acusarme por haberle roto el corazón, me besó.

Recibí sus labios con una desesperación silenciosa, con el temor punzante de que aquel sería nuestro último contacto, nuestra última ancla antes de que la tormenta nos separara para siempre.

Algo impactó la plataforma. La nube, que parecía una piedra irrompible envuelta en neblina, crujió con un sonido de fractura justo debajo de nosotros. Lummina se separó de mí con sus ojos cargados de una determinación fría. Asentí con la cabeza, el perdón quedaba sellado, pero la lucha continuaba.

Se incorporó con decisión. En un estallido de energía hizo renacer las alas que le había concedido Nylena y las desplegó en toda su esplendorosa longitud.

Corrí hacia la lanza del Empíreo, que yacía esparcida en el suelo.

Al tomarla, me volví hacia Fiora, todavía anclada en una especie de desconexión.

La sujeté del brazo y nos lanzamos al vacío justo cuando el panteón empezaba a desmoronarse.

Lummina, empuñando apenas la daga con la que había intentado amedrentarla, volaba a mi lado hacia el océano enfurecido. Nuestra misión era clara: erradicar a las querubinas del mar y asegurarle un lugar a Faraine.

Cayendo entre cascotes, Fiora me miró con confusión mientras la retenía con mano firme. Antes de impactar contra las aguas turbulentas, hundí la lanza en la superficie para abrir paso y amortiguar la caída. Permanecimos sumergidos unos segundos en el azul profundo antes de emerger, jadeando.

Ya en la superficie, prendí la nuca de Fiora y posé el filo de la lanza justo debajo de su mentón. Con los ojos muy abiertos, la amenacé.

—Puede que no tenga interés en ser un serafín, pero vaya que tengo ganas de hacerte sufrir, Fiora —dije, mientras nos mecíamos sobre las aguas borrascosas—.

Recuerdo todas las veces que me acosaste, todas las veces que intentaste matarme cuando éramos niños.

—Una sonrisa cargada de malicia se dibujó en mi rostro—.

Tengo motivos, ¿no crees? Más vale que me sigas la corriente ahora.

—¿Quieres que luche de tu lado después de que asesinaras a mi sagrada madre? —Su voz temblaba, mezclando rabia y dolor.

—Es cierto, ella siempre te trató bien. Estás de duelo, ¿no? —Sonreí de nuevo, sin ocultar mi crueldad—. Pero apuesto a que valoras aún más tu propia vida y tu posición de Córtex que ese dolor.

Frunció los labios con fuerza, resistiéndose.

—¿Qué se supone que quieres que haga? —Sus dientes castañeteaban por el frío del agua.

—Matarás a todas las querubinas del mar, excepto a la que no tiene aletas —ordené—. ¿Lo entiendes? Sé que eres una experta en esta tarea.

—Maldito imbécil —susurró, la ira hacía que su voz temblara—. Lo haré, pero solo si después me dejas matarte. Lenta, dolorosamente.

—Hecho.

Fiora se encaramó al lomo de una de las criaturas del mar cuando pasó por nuestro lado y escaló por su lomo para alcanzar a las querubinas en lo alto.

Yo, en cambio, me sumergí en el océano, descubriendo a varias de ellas nadando con la guardia baja.

Creían que nadie se atrevería a atacarlas allí, hasta que me acerqué y el agua se tiñó de sangre.

La lanza del Empíreo resultaba difícil de maniobrar bajo el agua, pero, con suficiente fuerza, podía moverla a la velocidad necesaria. Cada golpe generaba ondas que mecían a las querubinas, obligándolas a silbar como delfines en alerta.

Se acercaron en grupo, pero logré herirlas y engancharlas en el filo de la lanza.

Se revolvieron con furia, y algunas incluso lograron darme golpes certeros.

Subestimé su poder: tras abatir a tres, conjuraron un vórtice que empezó a succionarme hacia el fondo.

Intenté liberarme, pero el tirón era demasiado fuerte.

El aire en mis pulmones se agotaba. Por la sorpresa, dejé escapar una burbuja al abrir la boca.

Mientras la luz de la superficie se desvanecía, me obligué a pensar.

No era la primera vez que me arrastraban así, mis hermanas me habían hundido en lagos durante años, manipulando la gravedad.

Pero estas querubinas no podían hacer eso.

La gravedad era mi campo. Busqué algo sólido sobre lo cual crear un vector gravitatorio.

Vi la panza de una de las criaturas gigantes del mar, que bloqueaba casi toda la luz que todavía alcanzaba a esa profundidad.

Planté el vector allí, y de repente fui atraído con más fuerza hacia el fondo del océano.

En segundos, quedé adherido a su piel, y con el mismo ímpetu arrastré a las demás querubinas, ahora asustadas y vulnerables.

No desperdicié ni un instante del poco aire que me quedaba bajo el agua. Cada movimiento contaba.

i

Una vez fuera del agua, salté de lomo en lomo sobre las criaturas marinas, avanzando entre las olas, hasta que avisté un bloque flotante, un fragmento de las ruinas que habían caído del Abismo Estelar.

Sobre él estaba Lummina, rodeando a Faraine con sus alas.

Estuve a punto de caer sobre mis rodillas, vencido no solo por el agotamiento físico, sino también por la sensación abrumadora de alivio que me recorrió como una descarga eléctrica, de los pies a la cabeza.

La Trucha había crecido por completo, convertida ahora en una joven de veintiún años como nosotros.

Pero estaba viva…