Primer sacrificio #4
Aquella parte de mí que había permanecido dormida comenzó a agonizar en el instante en que hundí la daga en Lummina. Gotas gruesas de sangre hirviente se desprendieron de mi herida abierta, salpicando su rostro: entre las cejas, en la frente, manchando su mentón.
Por el rabillo del ojo vi a Calyssa acercarse a Lydia, rodeadas por las querubinas del linaje celeste que aún permanecían despiertas, sollozando de impotencia. Estaban atadas con lianas, enfermas, envenenadas.
Todas menos Siera. Y cuando la busqué con la mirada, por todos los rincones y en cada sombra, descubrí que había desaparecido por completo.
Alcé ambas orejas al percibir el rumor del océano, más cercano que nunca. Bajo el Abismo Estelar parecía latir el mismísimo corazón de Riorense. Lummina, al igual que yo, lo escuchó.
—Alba… —murmuró el nombre de la recién llegada, bajando las orejas con un matiz de esperanza.
Solo entonces, distraídos por la llegada de la serafina del mar, Siera emergió por nuestra espalda y, en un movimiento súbito, le arrebató la lanza del Empíreo a Calyssa.
Le asestó una herida en la cara, seguida de otra puñalada, y luego otra, como si su objetivo fuera arrancarle ambos ojos a mi madre.
Tal como era de esperarse, Lydia gritó una súplica ahogada para que Siera se detuviera, pero ya era tarde.
Vi a mi madre desplomarse, sangrando sobre el suelo frío.
Sus manos cubrieron sus ojos, mientras gemía de dolor.
Incapaz de ver su entorno, se arrastró torpemente, orientándose por el sonido, directo hacia donde creía que yo estaba.
—¡Mátala! ¡Mátala ahora! —me ordenó, con la voz deformada por el dolor de aquel ataque.
El instinto me bombeó en la sangre, volviéndome incapaz de desobedecer. Apreté la daga con tanta fuerza que mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Pero verla otra vez bajo mí, aceptando su muerte en mis manos, encendió un dolor hirviente en mis sienes, en la nuca, en cada rincón de mi cabeza.
Con la poca fuerza de voluntad que aún me quedaba, y justo después de cortar su piel, solté la daga. Esta cayó al suelo de piedra y rebotó con un chirrido metálico. La serafina de la tierra, conmocionada por el dolor, no advirtió que Siera la empujaba directo hacia el vacío.
Calyssa resbaló por el borde de la plataforma.
Se quedó colgando de la plataforma de piedra del Abismo Estelar y me miró desde abajo cuando me acerqué, no con miedo, sino con la misma arrogancia de siempre. Estaba convencida de que la ayudaría.
—Cardillo, ¡súbeme!
De nuevo, el instinto me golpeó, exigiéndome que la salvara, que tomara sus manos y la atrajera de vuelta. El impulso era abrasador, pero me resistí.
Me arrodillé frente a ella y le sostuve la mirada.
—¡¿No me vas a hacer caso?! ¡Maldita sabandija! ¡No sirves para nada! ¡Ni siquiera para salvar a tu ama!
—Por supuesto que no sirvo para nada. Adivina quién me hizo creer eso —le respondí.
La tomé del brazo, obedeciendo ese impulso primario que me empujaba a salvarla. Sentí un breve alivio al notar su peso en el agarre firme de mi mano. Ahora solo podía balancearse, pendiendo entre la vida y la caída.
—Mi querubín predilecto, Caru, sabes que no quise decir eso. Eres un buen chico, eres mío. Tú y yo estamos destinados a estar juntos.
—Creo que me confundiste con alguien —le escupí, ardiendo de odio—. E incluso si yo hubiera sido ese humano que tanto buscaste, trágatelo. Jamás podría amarte.
Aflojé la presión en su antebrazo. El cambio fue suficiente para que resbalara y soltara un chillido de miedo.
—Por favor… súbeme —rogó.
Miré hacia el mar y, bajo su cuerpo colgante, vi la silueta de Alba moviéndose en las profundidades. Sonreí al verla acechando como una serpiente marina.
—En el pasado… los dioses proclamados por el Sempiterno del Empíreo eran como tú, Calyssa.
—¡¿Qué se supone que estás diciendo?! —gritó, con la sangre cayéndole por las cuencas heridas de sus ojos cerrados.
A mi espalda escuché a Fiora, atrapada por las querubinas del cielo, gruñendo en su intento por salvar a nuestra madre.
Continué mi discurso.
—Esos seres sin corazón, sin alma, trajeron un mundo de guerras, hambruna e injusticia —proclamé, mientras la fuerza con la que ella sujetaba mi brazo comenzaba a desvanecerse.
—¡Cardillo!
En ese instante vi a Alba abrir sus fauces desde lo más hondo, irrumpiendo desde el agua con un rugido que parecía partir el océano.
—Por eso, Calyssa, debes ser sacrificada —sentencié, con la solemnidad con la que ella misma acostumbraba a dictar nuestro destino.
Recordé los rostros de los niños querubines durante el Rito de la Aniquilación, sin siquiera comprender lo que significaba un sacrificio. ¿Por qué Calyssa lo hacía sonar como algo bueno, si dolía tanto?
Ahora sonreí, porque, en estricto rigor, un sacrificio sí era algo bueno.
—Debí haberte matado cuando tuve la oportunidad —murmuró la serafina entre dientes—. Ahora, por tu culpa, la tierra está condenada.
Su fuerza se agotó y, con ello, sus dedos resbalaron de mi agarre. Abrí la mano y dejé que se desprendiera de mí. Un último quejido escapó de sus labios antes de precipitarse desde la altura a la que nos encontrábamos.
Abajo, Alba la recibió entre sus múltiples colmillos. Y el torrente de sangre que, hasta entonces, me recorría lento y ardiente por la mejilla, empujándome a actos que no quería, sofocando mis sentimientos y doblegándome a órdenes ajenas… se detuvo de golpe.