Primer sacrificio #3
—Ah, carajo… —Fue lo único que salió de mi boca mientras intentaba anclarme al suelo del panteón con mis manos, resistiendo la fuerza que me arrastraba hacia el borde.
Silbé en un llamado desesperado a Volter, pero ya era tarde. Lo vi reducido a un amasijo de plumas y alas, abatido por el resto de las querubinas.
Siera me arrastró con una fuerza implacable y, como si no fuera más que un trozo de basura, me lanzó al vacío. Creí que sería el final. Creí que al menos mi muerte llegaría en medio de una lucha, y no cayendo como un despojo. Calyssa tenía razón… Las del linaje del cielo eran invencibles.
El viento aullaba en mis oídos mientras el mar abría sus fauces para recibirme.
Entonces, algo me atrapó. Un tirón brusco, casi doloroso, frenó mi caída y comenzó a elevarme.
El ascenso era errático, torpe. Quien me sostenía debía de ser más pequeño y frágil que yo, y aun así, sus brazos se aferraban con desesperación a mi cuerpo, sujetándome por debajo de los hombros mientras sorteaba la lluvia mortal de astros.
Subíamos a trompicones, zigzagueando para esquivar las luces letales, hasta que el panteón del Abismo Estelar volvió a alzarse frente a nosotros.
Me dejó caer al suelo de nubes oscuras. Las querubinas del cielo, que hacía instantes habían celebrado mi caída, se replegaron con un leve murmullo, impresionadas por la presencia de quien me había arrancado del vacío.
—¿Calyssa? —pregunté con la voz pastosa y los sentidos entumecidos.
No hubo respuesta. En cambio, la figura se lanzó sobre mí y un par de brazos cálidos me envolvieron en un abrazo firme, casi sofocante. Su aroma… a orquídeas y lavanda. No era Calyssa.
Con una desesperación que casi le quebraba la voz comenzó a susurrarme al oído.
—Cyrone, por favor, reacciona… —Su respiración se cortaba como si cada sílaba le arrancara un pedazo de alma—. Yo te amo… Te lo suplico, vuelve a mí.
Sus lágrimas resbalaban por mi piel, pero yo permanecía inmóvil, ajeno, incapaz de responder a sus ruegos. Incluso cuando vi la herida abierta en su abdomen, producto de mi ataque previo, ninguna emoción me recorrió. Era como si sus palabras se estrellaran contra un muro helado en mi interior.
—¿Qué significa esto? —La voz de Siera cortó el aire como un rayo. Avanzaba entre la multitud y las querubinas se apartaban para despejarle el camino.
—¡Aléjate de él! ¡Maldita alimaña! —rugió Lummina, transformando su voz en un trueno vivo.
El odio en su mirada hizo que Siera vacilara por un instante.
—¿Qué? Eres... ¿Eres Lummina? —preguntó Siera con la voz cortada, dando pasos inciertos hacia atrás.
Lummina volvió hacia mí, acunando mi rostro con ambas manos. Sus dedos temblaban
—¡Cyrone! —exclamó—. ¿Dónde estás? ¡Este no eres tú! ¿Recuerdas lo que dijiste? Prometiste que pelearías de nuestro lado...
Arrugué la frente de desagrado ante tanta insistencia inútil. Entonces vi sus manos, estaban ensangrentadas por tocar mi rostro. Sus dedos presionaron la carne viva sin importarle mancharse. Tal vez intentaba sellarla con su propia desesperación.
—¿Te has enamorado de un querubín? ¿Es eso siquiera posible? —acusó Siera, cruzándose de brazos. Su risa estaba cargada de un desdén venenoso que se clavó en Lummina como una flecha invisible.
Aún algo perdido en medio del caos que me rodeaba, la aparté para ponerme de pie.
Antes de hacerlo, le dediqué una última mirada…
Allí estaba ella, arrodillada y con el corazón roto reflejado en cada línea de su rostro.
Desechada, herida. Por un instante —ínfimo, fugaz, tan breve como un parpadeo— sentí un nudo tensarse en mi garganta.
Pero entonces mi instinto se impuso como un latigazo. Todos giraron la cabeza al unísono hacia el lugar donde Lydia yacía inmóvil, acorralada por Calyssa, mientras era apuntada con la lanza dorada.
—No. Mamá… —susurró Lummina detrás de mí, con una voz tan frágil que apenas pudo atravesar el estruendo del combate.
Me giré hacia ella y, por un segundo, no vi a la guerrera que conocía, sino a una niña pequeña que anhelaba el abrazo de su madre.
Pude imaginarla quebrándose por dentro, recordando aquella figura que, pese a todo el dolor infligido, pese a la masacre de los querubines que habían crecido a su lado, seguía amando y extrañando con un apego feroz.
Volví la mirada al frente y el mundo pareció detener su aliento. Un destello de luz atravesó el aire, deslizándose entre los cuerpos desmayados de las querubinas del cielo. En un solo movimiento, una figura se interpuso entre Lydia y la lanza del Empíreo, recibiendo el golpe mortal.
Por un momento creí que era Siera, hasta que vi a Lummina. Cayó de lado, herida, con el filo dorado atravesando su costado.
Un dolor agudo, punzante, como una garra incandescente, se clavó en mi cabeza al verla jadeando, con la respiración entrecortada y la sangre oscureciendo su vestido.
La sensación ardía, se expandía, devoraba cada pensamiento.
Tuve que sacudir la cabeza, una, dos veces, intentando arrancar aquella punzada.
Un gemido de agonía escapó de los labios de Lydia. Ante sus ojos yacía herida la criatura que había creído perdida para siempre. Su hija.
—Lummina… hija mía. No puede ser —bramó Lydia, con una voz que parecía quebrarse bajo el peso de décadas de añoranza. Pero Calyssa, con la helada insolencia de quien se sabe dueña del momento, la detuvo, interponiendo la lanza entre ambas como una barrera.
—Aléjate, Lydia, si no quieres que termine lo que empecé —susurró Calyssa, conmocionada. Tal vez no esperaba ver a la trono del cielo interponiéndose, aunque algo en su mirada dejaba claro que pensaba sacar provecho de su presencia.
—La guerra es entre nosotras, Calyssa. Deja a las tronos fuera de esto. Te conozco, siempre has sido ambiciosa, pero jamás creí que llegarías a una vileza semejante.
—Oh… parece que no has visto nada aún —rugió Córtex, hundiendo de nuevo la punta de la lanza en la herida abierta de Lummina.
El grito que escapó de ella no fue un simple alarido, sino un lamento que atravesó cada rincón del lugar, cargado de un dolor tan puro que todos lo sentimos.
Cuando Lydia, derrotada por presenciar el sufrimiento de su hija, se arrodilló frente a Calyssa y esta detuvo el golpe, Lummina giró la cabeza.
Tosió sangre… y entonces noté que no miraba a Lydia. Me miraba a mí.
Me llamaba a mí.
No sentí el dolor de inmediato, fue como si primero se clavara en mi mente, y solo después comenzara a expandirse por todo mi cuerpo, abrasándome por dentro.
Lummina había susurrado mi nombre, el nombre que ella misma me dio.
Y, aun así, era incapaz de moverme, prisionero del hechizo que me congelaba por completo, incluso cuando algo muy profundo en mí luchaba por romperlo.
—Cardillo —llamó Calyssa, fijando en mí una mirada incisiva—. Ven aquí. Acércate.
Como si sus palabras se inyectaran directo en mis venas para guiar mis pasos, avancé con una lentitud irreal hacia ella. Estaba al otro extremo. Crucé junto a las querubinas que yacían atadas por mis propias raíces, inmóviles y con la desesperación grabada en sus rostros.
Al pasar junto a Fiora, sentí el filo invisible de su mirada, un rencor afilado por los celos de que Calyssa me llamara a mí. Pero yo conocía la verdad brutal: Calyssa me requería para algo vil, y mi cuerpo, ahora esclavo, se movía sin objeción hacia el acto.
Cuando estuve a su lado, vi a Lummina más de cerca. La mancha carmesí se expandía con lentitud, tiñendo el suelo bajo ella. Sus ojos me buscaban con esa frágil chispa de esperanza, la misma que había aprendido a depositar en mí, esperando a que la rescatara.
Pero yo permanecí inmóvil. Sin una palabra. Sin un gesto que delatara emoción alguna. Estoico. Sereno. Helado. Tal y como, en teoría, los ángeles debimos haber sido desde el principio.
Mi madre extendió hacia mí una daga dorada —una de las escasas reliquias de Catarbella capaces de herir a un ángel—. La tomé como quien recoge un objeto sin valor, con la indiferencia de quien no siente su peso real.
—Entonces, Lydia, ¿te rindes ante mí a cambio de una de tus tronos?
—preguntó con una desidia casi burlona—.
Sé que eres la única que ama a sus querubines como a verdaderos hijos humanos.
He visto a los humanos entregar sus vidas y cualquier otra ridiculez con tal de salvar a sus crías.
—Calyssa me lanzó una mirada fugaz al decirlo—. No eres diferente a ellos.
—Estás haciendo todo esto por Lucian, ¿no es así? —replicó Lydia.
Ese único nombre hizo que la serafina de la tierra aferrara con más fuerza la vara de su lanza. Su mano temblaba y una sombra oscura le cruzó el semblante.
—No tienes que llegar tan lejos por un humano… —añadió Lydia.
Lucian ...
Me quedé suspendido en ese nombre, perdido por completo en su eco.
Se sentía íntimamente mío, como si me hubiera pertenecido, o como si alguien vital —tal vez mi propio padre— lo hubiera llevado.
Por un instante, la posesión se resquebrajó: sentí que en algún lugar profundo de mi interior todavía residía un atisbo de humanidad, una consciencia sellada que lloraba en duelo por aquel nombre.
—¿Cardillo? —La voz de Calyssa irrumpió, tajante—. ¿No me has escuchado? ¡Sigue mis órdenes!
Aun con la consciencia tambaleante, sabía que me había dicho algo. No importaba el qué, mi cuerpo ya estaba actuando. Me abalancé sobre Lummina y, con una frialdad mecánica, planté el filo contra su cuello, justo bajo su oreja. Sentí el latido acelerado en su piel.
Ella me miró, y esa mirada casi me hizo vacilar. Los labios le temblaban, los ojos se le llenaban de lágrimas que amenazaban con romperse y caer. No dijo nada, pero en su silencio había súplica y miedo.
—Si Lydia se mueve… —Calyssa continuó— o si alguna de esas malditas tronos o querubinas intenta interponerse, le rebanas la garganta. ¿Me oíste?
—Sí, lo oí —respondí.