Primer sacrificio #2
Al constatar que ya no había tierra sólida donde aterrizar, pues esta había sido tragada por el mar, ascendimos sin remedio hacia el Abismo Estelar.
En lugar de intentar infiltrarnos en las estructuras que formaban la base del linaje del cielo, Lummina concentró su poder y creó una de sus nubes: una plataforma densa y casi sólida suspendida en la inmensidad.
Los nebucoros se posaron sobre esa masa etérea.
Se sentaron y bajaron sus cabezas en una señal inequívoca.
Comprendiendo la orden, descendimos de sus lomos para mirarnos a la cara.
Solo quedaba la agonizante espera a que el sexto trompeteo —la señal del desastre de Lydia— resonara y forzara la llegada de las demás serafinas.
Aproveché la espera para revisar las semillas que guardaba en mi cinturón, inmaculadas y listas para convertirse en cuerdas que aprisionarían a cualquier ángel que intentara acercarse a Lummina y Faraine.
Justo cuando me concentraba, recibimos un embate feroz.
Una bestia enorme surgió del vacío, atravesó nuestra nube de apoyo y la partió en dos.
Perdí el equilibrio y resbalé por el costado de la nube artificial.
La semilla que sostenía en la mano germinó de un tirón en mi palma y se estiró hacia arriba, aferrándose por pura suerte a la pata de mi nebucoro, que también resbalaba de la plataforma.
Me quedé colgando del sarmiento improvisado.
Vi a La Trucha resbalando por el otro lado, evadiendo un segundo ataque de la bestia.
Solo entonces me percaté de la amenaza: el atacante era un volcrán.
El aire que desplazaba con el batir de sus alas gigantes me hizo balancear con violencia.
Al ver a La Trucha caer en picada hacia el océano, tomé una decisión.
Me solté de la planta y me lancé tras ella.
Tuve la intención de alcanzarla, y estuve a punto de hacerlo, pero el volcrán me voló por debajo, interceptándome de lleno.
Sentí un vértigo abrumador al ser catapultado de nuevo hacia arriba en contra de mi voluntad.
—¡¿Qué haces, animal estúpido?! —grité con furia, notando que el volcrán volaba en dirección opuesta a las olas que acababan de tragar a Faraine.
Justo cuando reuní la valentía de soltarme y lanzarme de nuevo hacia el mar, el aire se cortó en mis pulmones y, por un instante aterrador, mis ojos se fueron en blanco.
Ven a mí, pelearás por mí .
La voz, femenina y gélida, taladró mi cráneo como si hubiera brotado desde dentro. Mi primer y desesperado instinto fue darme una bofetada para espantar aquella intrusión, pero fue demasiado tarde. Volvía a estar poseído.
De manera instantánea, la herida que llevaba como una cicatriz decorativa en el rostro se reabrió, sangrando ahora a borbotones.
Ven a mí, pelearás por mí .
Pelearás por mí .
Pelearás por mí .
El volcrán voló directo hacia la masa violeta del Abismo Estelar. Escuché la voz de Lummina llamándome desde su nube, pero no pude voltear a atenderla. Mi cuerpo ya no me pertenecía.
Debí haber anticipado que ella, con la obstinación que la caracterizaba, usaría su don de las alas y emprendería el vuelo para no dejarme ir.
Al alcanzarme, jalé las plumas del animal que montaba y lo dirigí hacia ella, con la intención de embestirla, un golpe que ella esquivó por poco, desviándose en el aire.
Sus ojos se abrieron, llenos de una indignación atónita, sin poder creer lo que yo acababa de hacer.
Con toda probabilidad, de no ser por aquella extraña ensoñación que me poseía, yo tampoco lo habría creído.
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Se puede saber qué demonios te está pasando, maldita sea?! —me gritó, volando de manera inestable.
Ignorando el peligro, Lummina se acercó una vez más.
Sus pies buscaban apoyo sobre el lomo plumífero del volcrán que yo montaba.
En aquel instante fugaz, mis ojos, fríos y calculadores, captaron la daga aún ceñida a su cintura.
Sin vacilar un instante, con una brutalidad impensable, se la arranqué del cinturón.
Antes de atacarla, solo vi la confusión en su bello rostro.
.. y luego, con una fuerza que me poseía, le enterré el filo.
Lo hundí en ella, en su delicado vientre.
Lummina se llevó ambas manos a la herida, soltó un quejido ahogado y resbaló del volcrán como un pajarillo herido, cayendo con todo su peso y desapareciendo de mi vista.
Sentí que aquella visión me dolía, pero haciendo caso omiso a cualquier impulso de ayudarla, me volví a sentar en el animal mirando al frente.
Permanecía del todo ajeno al hecho de haber herido a la mujer que más amaba.
Ven a mí, pelearás por mí .
Pelearás por mí .
Otro volcrán se alineó a mi lado. Al mirar, vi a la trono de la tierra, Fiora, montada sobre la bestia.
No le dije nada. Ella tampoco me dirigió la palabra.
Ambos estábamos sometidos a la voluntad de Calyssa, atrapados por la invisible cadena que el trompeteo de su desastre natural había sellado sobre nosotros.
Y aunque mi voluntad gritaba por evitarlo a toda costa, no fue posible. Éramos títeres al servicio de la madre.
La sexta trompeta retumbó desde lo más alto dándonos una señal.
Las nubes comenzaron a teñirse de un rojo profundo, como si el firmamento sangrara, y de su interior se desprendieron extraños astros de un blanco eléctrico.
Caían en oleadas, como una lluvia de pequeños cuerpos celestes.
Solo con mirarlos se intuía que tocar uno significaba la muerte instantánea, el cuerpo carbonizado en un destello.
El último desastre natural. El de Lydia, la serafina del cielo.
Nuestros volcranes ascendieron hacia el Abismo Estelar, seguidos de una horda masiva de otros pájaros enormes, rojos como el averno, que nos siguieron el paso para atacar al linaje del cielo.
La lluvia de astros caía sin merced y nos vimos forzados a serpentear de un lado al otro para esquivarlos.
Cada vez que uno rozaba a un volcrán cercano, su cuerpo convulsionaba un instante antes de desplomarse, chocando con el agua con un estruendo.
No necesitaba verlos para saber que el impacto desde esa altura los dejaba hechos pedazos.
El animal que yo montaba debía ser el mismo que me había salvado antes: Volter.
Escuché su lamento contenido, un gemido bajo que traicionaba el miedo.
Sin pensarlo, jalé una de sus plumas con una fuerza cruel para silenciarlo.
El acto no fue mío; había un hueco frío y vacío, desprovisto de toda emoción, en mi interior.
—Concéntrate, Volter —le ordené—. No querrás acabar como ellos, estampado contra el mar.
—Sí, señor —respondió.
Una vez alcanzamos la cima, el Abismo Estelar se desplegó ante nosotros: un panteón exuberante sostenido por nubes densas y oscuras, suspendido sobre el vacío.
Superamos aquellas capas desde donde los astros continuaban cayendo y, por un instante, todo pareció en calma, hasta que nuestra presencia alertó al linaje del cielo.
Las querubinas y los tronos que custodiaban el momento sagrado de Lydia —arrodillada, con la frente contra el suelo para desatar su desastre— giraron al unísono.
Fue un solo latido, y las miradas se endurecieron como si una orden invisible las atravesara.
Casi en perfecta sincronía, desenvainaron sus arcos etéreos y comenzaron a disparar.
Las primeras flechas rasgaron el aire con un silbido agudo, trazando estelas de luz hacia nuestra posición.
En mi interior, luché porque el volcrán esquivara los ataques para evitar que lo lastimaran, pero mi voluntad fue inútil.
En su lugar, usé al animal, Volter, para recibir los impactos de lleno.
Las flechas se clavaron, haciendo que el vuelo de la bestia se volviera de inmediato torpe y pesado.
No pude comprender por qué había decidido sacrificar a mi propio volcrán hasta que alcé la vista.
Justo detrás de mí, volando sobre otra de las aves rojas, estaba Calyssa.
Lo había hecho, sin una orden consciente, para protegerla a ella. Mi cuerpo traidor la había priorizado.
Mi herida en la cara no dejaba de sangrar, el hilo carmesí había escalado ya hasta manchar mis prendas por completo. Lo ignoré como siempre.
Volter cayó como un saco de plumas, agotado, y se hundió entre las nubes negras y densas.
El impulso me arrojó hacia adelante. Giré sobre mi eje en el aire para amortiguar el impacto y me puse de pie.
Apenas aterricé, me detuve frente a un grupo de querubinas del cielo que patrullaban la zona.
Al verme tan cerca y con la sangre fresca en el rostro, retrocedieron de inmediato.
Al ponerme de pie, me desabroché el cinturón y dejé caer las semillas que guardaba en las bolsas que pendían de él.
Al rebotar sobre la piedra, establecí conexión con ellas y en un parpadeo germinaron y liberaron gruesas lianas cubiertas de espinas.
Se arremolinaron aferrándose a las figuras aladas, desgarrando sus alas y atrapando sus cuerpos frágiles.
Los chillidos se mezclaron con el zumbido de las cuerdas tensándose; muchas soltaron sus arcos antes de desplomarse, inconscientes bajo el veneno que recorría mis sarmientos.
Pero otras resistieron. Entre ellas, una figura destacó: una joven de cabello liso y blanco, cortado hasta el cuello.
Sus ojos, de un celeste tan intenso que brillaban en la penumbra, me atravesaron como relámpagos.
Debía ser Siera, la trono que había mencionado Lummina.
Y, para mi infortunio —o quizá mi satisfacción—, decidió que yo sería su blanco.
Se lanzó sobre mí con la velocidad de un rayo, tan fulminante como aquella caída en la que Lummina descendió para salvar a Faraine y cortarle la cabeza a ese verdugo markadiense.
No tuve tiempo de reaccionar. Sentí una presión invisible cerrándose sobre mi cuello y luego el ardor punzante de la electricidad recorriendo cada fibra de mi cuerpo.