Cortex Primer sacrificio
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Primer sacrificio

Primer sacrificio

C uando el astro del día —que había pasado la noche al borde de desmoronarse sobre la tierra y reducirlo todo a cenizas— por fin rasgó la oscuridad y ascendió, me removí sobre el jergón frío de una de las literas.

Eran las camas vacías de las querubinas difuntas del Nido del Viento, y el aire seguía denso con el silencio de su ausencia.

Me pregunté cómo se había consumado la matanza.

¿Había sido un sacrificio indoloro, concebido solo para asegurar que Neblina sobreviviera?

De haber sido serafín, habría preferido tener a esos querubines combatiendo a mi lado antes que condenarlos por selección.

Pensé que un acto tan desalmado no encajaba con el carácter de Nylena.

No, si realmente decía la verdad sobre sus ideales, nunca habría vaciado el alma de un querubín por mera estrategia.

Tal vez Lummina tenía razón: Nylena estaba demasiado rota por la traición, tan desgarrada, que se dejaría aniquilar por las otras serafinas sin oponer resistencia.

Si Lummina la había abandonado, entonces Nylena había perdido la voluntad de luchar en la última batalla.

La entendía. Dormir lejos de Lummina se sentía como un castigo.

Me había acostumbrado, durante incontables días, a su calor.

En cambio, Faraine, que ahora ocupaba más de la cama de lo que jamás había hecho, era fría…

más fría que un cadáver. Y claro, tenía sentido, su cuerpo estaba hecho para soportar las temperaturas del océano.

Sin preguntar, sin mediación alguna, se había metido en mi cama, igual que cuando estábamos en el refugio. Pero esta vez el gesto resultó incómodo. No se daba cuenta, o no le importaba, que su tamaño actual era el de una adulta. Quizá más alta de lo que era una adulta normal.

—Faraine —dije, viéndola revolverse de un costado al otro, al percibir la luz del alba.

—No me hables —espetó, con un tono helado que no tenía nada que ver con su piel.

—Ush… ¿y ahora qué te pasó? —pregunté, desconcertado. No tenía idea de que estuviera enfadada conmigo.

—¿Por qué se supone que no puedes ser el Córtex? —me lanzó, directo y sin rodeos—. ¿Por qué yo tengo que ser Hilaris y tú puedes librarte de la responsabilidad?

Me cubrí el rostro con una mano, intentando borrarme las facciones. ¿No quería ser serafina? ¿La soberana absoluta del océano? ¿Quién demonios la había criado?

—¿Por qué, hermano? —insistió, al ver que no respondía.

—Porque tengo algo entre las piernas —dije, sin más.

Ella soltó una risa incontenible.

—¿Lo ves? Sigues siendo una niña de seis años. El mismo humor infantil.

—Es que… —Rio hasta que tuvo que forzarse a recobrar la seriedad—. ¿Cómo puede ser solo por eso? Serías un gran Córtex.

—Porque no puedo crear querubines por mi cuenta, Faraine. El día que el mundo llegue a su fin… ¿quién heredaría el Córtex?

—Pero ¿por qué pensar en que el próximo mundo terminará si ni siquiera ha comenzado? —preguntó. Y de pronto no supe qué responder—. ¿Y si eres tú el próximo dios? ¿No se salvaría ese problema?

—¿Te imaginas que lo fuera? —Sonreí con suficiencia. La sola idea del poder podía desarmarme—. Lo primero que haría sería destruir a las truchas.

—¿Qué? —inquirió con una leve sonrisa—. ¿Por qué?

—Huelen mal —dije, llevándome la mano a la nariz.

Ella soltó una carcajada y empezó a empujarme en la cama.

Todo fueron risas y golpes de juego hasta que, de pronto, se detuvo.

Un sonido se interpuso en el aire, un trompeteo gutural que apenas intentaba imitar el sonido del fin.

No era la trompeta del apocalipsis: era la señal de Nylena, el aviso de que debíamos partir para reunirnos con las serafinas en la batalla final.

—Te quedas aquí —le ordené, con la voz más seca de lo que pretendía.

Faraine se puso rígida. Me devolvió un empujón tan rotundo que me hizo caer del catre con un golpe sordo. Resopló con rabia, pero su expresión se contuvo al instante, volviéndose grave.

—Ni hablar. Es imposible que me quede.

Me levanté a duras penas, sintiendo el dolor en la cadera.

—Ah, Trucha. ¿Y qué piensas hacer? ¿Defenderte de un centenar de tus hermanas con una simple ballesta? Escucha bien, Faraine: ellas nadan. En cuanto te arrastren al mar, estarás perdida.

—Aun así, quiero ir —insistió Faraine, con las palabras temblándole—. Quiero estar cerca de ti, cerca de lady Lummina. Tengo miedo. No quiero estar sola aquí cuando el mundo se... se venga abajo.

No era solo terquedad; hablaba en serio. Su terror a la soledad era más grande que su obediencia.

La indecisión me paralizó un instante. Mi primera obligación era asegurar que Faraine sobreviviera a esa locura.

Si la dejaba, alguien podría venir a buscarla para matarla.

Si venía conmigo, sería una diana en un campo abierto.

Pero si quería tenerla a salvo, bajo mi control, no había opción: debía mantenerla siempre entre mis cejas.

El riesgo de su presencia era menor que el de su abandono.

Tomé una decisión difícil.

—De acuerdo, vendrás. Pero hay una condición, y no es negociable. Te amarraré a mí con una tela como con la que me até a Lummina antes.

Su rostro se contrajo con horror.

—¡Olvídalo! ¡Eso es humillante! No dejaré que me trates como a un paquete.

Solo bromeaba, aunque la verdad era que la idea de atarla no me había parecido tan descabellada.

Nos reunimos con Nylena y Lummina. La serafina del aire estaba de pie y en sus manos tenía la Lanza del Empíreo materializada. El arma no era un adorno; su filo resplandecía con una potencia capaz de derribar dioses y el mero contacto con su borde significaba un dolor insoportable.

Lummina desvió la mirada hacia mí y un atisbo fugaz de sonrisa se dibujó en sus labios. Se veía hermosa.

—¿Estás bien? —me preguntó.

—Ahora mismo, no tengo ningún deseo particular de morir, si eso responde a tu pregunta —le contesté, devolviéndole la sonrisa.

Nylena carraspeó, un sonido áspero que rompió el momento, y reclamó nuestra atención.

—Somos el equipo más débil —declaró sin rodeos—. ¿Están conscientes de eso?

—Por supuesto. Solo somos cinco. Súmale que Lydia debe tener ya su desastre preparado, Alba con ese tamaño descomunal que maneja y Calyssa... —Mi voz se cortó en seco al pronunciar su nombre.

Percibí un deje amargo de dolor en la mirada de Lummina.

Nylena fue práctica, cortando la emoción. Alzó la mano y, del aire mismo, materializó cuatro nebucoros con un destello.

—Calyssa es a la única que tenemos la oportunidad de matar —dijo con la determinación brillando en sus ojos.

Las bestias despertaron, estirándose como después de una siesta eterna. Sus largas y serpentinas anatomías parecían hechas de la noche misma, con una piel distorsionada que ondulaba como la niebla más densa y oscura. Eran criaturas de un mundo onírico, apenas ancladas a la realidad.

Uno de los nebucoros se me acercó con la cabeza baja en un gesto que pude interpretar como una reverencia.

Su lomo se curvó para que subiéramos. Primero ayudé a Faraine a montarse, sintiendo la extraña textura bajo mis dedos.

Cuando yo estuve arriba, una punzada de inseguridad y profunda desconfianza me recorrió de nuevo: ¿era esta criatura de niebla tan sólida como aparentaba?

Faraine me abrazó por detrás con sus brazos firmes, ella era un ancla humana contra la irrealidad de la montura. Aguardamos, listos para el despegue silencioso y antinatural de la bestia.

—Haremos que Alba y Lydia se enfrenten entre sí —anunció Nylena, subiendo a su nebucoro, que destacaba por ser el más imponente de todos—. Mientras ellas se desgastan, atacaremos a Calyssa.

Lummina dio un salto ágil y sus manos se aferraron a la nubosidad densa para asegurarse. Neblina fue la última en tomar su lugar.

Sentí una mirada pesada.

Al girarme hacia Nylena, la serafina me estaba observando con un desprecio tan gélido como la cumbre de una montaña.

—No vas a intentar salvar a tu madre de que la aniquilemos, ¿verdad, Cyrone? —me dijo.

Por primera vez desde que todo había comenzado, la broma se atascó en mi garganta. No se formó ni el más mínimo atisbo de una sonrisa involuntaria.

—¡Nyl! —la regañó la trono, dirigiendo su nebucoro hacia Nylena en un gesto de advertencia.

—Solo me aseguro de que este hombre no nos traicione —replicó la serafina, fría.

—Cállate —la interrumpí. Mi voz cortó el aire como un látigo—. Yo la voy a matar con mis propias manos. Y no por ti, Nylena, créeme cuando te lo digo.

Nylena me sostuvo la mirada, desafiando mis palabras, y yo no se la quité hasta que ella decidió ceder.

Por último, dio la señal de despegue. Los nebucoros se alinearon al instante, formando una fila espectral en el aire. Faraine se aferraba a mi cintura con una fuerza desesperada.

Cuando la bestia de niebla debajo de mí emprendió el vuelo con un impulso brusco, mi estómago dio un vuelco. Tuve que controlar la respiración hasta el dolor para impedir que el contenido de mi estómago se liberara sobre el lomo del nebucoro. El ascenso era brutal.

Desde las alturas vertiginosas, la ruina era evidente, un patrón de destrucción aún más desolador que visto a ras de suelo. Con una certeza escalofriante, imaginé que los humanos vivos en las tierras de Lorelai se contaban ya con los dedos de una mano.

No dejé que ese pensamiento me acosara más de lo necesario. Seguí el camino de la formación, detrás de Nylena, prestando atención a una percusión extraña que viajaba por el aire. El sonido era difuso al principio, pero se hacía cada vez más nítido y violento conforme surcábamos el cielo.

La percusión creció hasta volverse un redoble ensordecedor que apenas nos permitía hablar o escucharnos.

Entonces, la vimos: una masa informe de colores rojo y violeta alzándose majestuosamente sobre el manto de nubes.

Era el Abismo Estelar, la fortaleza flotante de Lydia, la serafina del cielo. Habíamos llegado.