Cortex Un día para el juicio final
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Un día para el juicio final

Un día para el juicio final

S olo recuerdo que, al caer, me mantuve suspendido.

Tal vez era la manera en que mi mente intentaba protegerme del golpe mortal.

Pensé que así debía sentirse alcanzar el cielo después de la muerte, y era tan hermoso como lo había imaginado.

Flotaba con los brazos abiertos y mi cabello danzaba sin rumbo en la quietud.

El aire me acunaba y me sostenía en una calma tan profunda que parecía arrullarme en la promesa de un sueño eterno.

Pero estaba despierto, la simple idea me alertó.

Estaba flotando, sí, pero estaba vivo. No había ascendido a Catarbella ni a ningún paraíso.

Estaba tan vivo que la existencia dolía.

Sentí el martilleo frío en mi cabeza cuando el dolor de mi cráneo, que sangraba desde el interior, me arrastró a la inconsciencia.

La última certeza que me quedó fue esta: quien me había salvado era la infame Aestus.

Cuando desperté, estaba atado de manos.

No abrí los ojos de inmediato, sino que espié a través de las pestañas la luz que me encandilaba.

Sentí una gelidez extraña sobre la frente, cubriendo el dolor con un hielo tan potente que apenas percibía mi propia piel.

Cuando logré enfocar mi mirada desorientada, vi que Faraine sostenía con su delicada mano aquella masa mal hecha de agua congelada, nieve o algo similar al granizo.

—¿Trucha? —me quejé. Intenté incorporarme, pero el tirón me recordó la realidad de mis muñecas inmovilizadas—. ¿Dónde estamos?

El entorno era una especie de ruinas de templo.

Bloques de mármol se erguían como pilares, pero no sostenían nada.

Al contrario, al examinar la estructura superior, vi el cielo.

Más allá de los miles de pilares que se juntaban como en una marcha petrificada, el horizonte estaba cubierto de nubes densas.

—Veintiuno. Hermano… —Fue todo lo que me dijo, con la voz quebradiza y resentida. Me miraba con una dolorosa acusación, como si yo le hubiera hecho algo.

Con esas dos palabras lo comprendí. Me habían atado porque, al cumplir los veintiuno, cumpliría el juramento hecho a Calyssa. Me quitaría la vida. Alguien estaba intentando impedirlo y, al ver a Faraine ilesa y segura, supe que había sido Lummina.

Pero ¿cómo había sobrevivido a la caída? ¿Cómo me había salvado de mi primer intento?

—Trucha, desátame. Te aseguro que no voy a cometer ninguna estupidez —le dije, ahora lúcido. Faraine apretó los labios y negó con la cabeza.

Negó de forma tan infantil que pude verla por lo que en realidad era: una niña de seis años atrapada en el cuerpo de una mujer.

Aquello encendió la llama protectora en mi pecho, sentí el impulso de abrazarla para arrullar su evidente necesidad de llorar.

Pero era inútil. Estaba inmovilizado por completo, atado incluso de los talones.

Oí pasos acercándose. Entre los pilares rotos y la neblina baja que lamía el suelo, pude distinguir la figura de una mujer de cabello largo. Cuando noté sus ojos de cervatillo brillando en la penumbra, solté un suspiro de alivio genuino.

Lummina corrió al verme despierto y se abalanzó con desespero.

Se tiró al suelo y se colgó de mi cuello para llorar.

Con ese gesto, Faraine sucumbió a la emoción, dejándose caer también sobre mi regazo, con el llanto desperdigándose sobre mis pantalones.

Dejé escapar un pequeño resoplido. La escena era, de alguna forma, cómica en su dramatismo, aunque entendía la magnitud de su dolor.

—No exageren, no me morí… Todavía —murmuré, y Lummina respondió con un golpecito en mi pecho—. Auch. —mentí.

—Cyrone… Cuando te caíste. No… ¡Cuando te lanzaste creí que me iría contigo! —gritó, clavándome unos irresistibles ojos llorosos.

—Perdón. Sabes que en realidad no lo quise hacer…

—Lo sé, por eso te he atado con mis cuerdas de luz —se quejó, mientras se limpiaba las lágrimas con la mano.

Era la razón por la cual no se sentían como cuerdas, sino como bandas de energía palpable. Eran firmes como el acero, pero carecían de aspereza. No me raspaban la piel ni me provocaban una sola herida.

—Ya es la segunda vez que haces esto. Atarme. Creo que tienes gustos más perversos a los que llegué a imaginar, Lum.

Le sonreí con picardía. Una sonrisa amplia, y eso fue suficiente para que ella rompiera a llorar aún más fuerte.

—Por favor, Lum. Podría morir con verte así.

—¡Deja ya de hablar de la muerte! —gritó, pero la frustración la hizo liberar una risa histérica justo en medio del llanto.

Suspiré al verla prisionera de tantas emociones intensas. Si pudiera mantenerla en ese estado para siempre, viva y con la posibilidad de desbordarse, tal vez desearía que nunca se convirtiera en serafina.

—De poder, te limpiaría las lágrimas con mi pulgar —le dije con dulzura.

Ella estiró su mano y, con un toque inesperado, me quitó una lágrima a mí. Una que ni siquiera había notado que había derramado.

—Llorón… —me dijo, negando con la cabeza mientras me enseñaba una sonrisa dulce y exhausta.

Su figura comenzaba a verse borrosa y fluctuante. Llorón , por supuesto que lo era.

—Es un truco para que me consueles —le respondí, y ella volvió a sonreír antes de unir su frente a la mía.

Faraine se incorporó como un resorte, con una tensión animal en el cuerpo, como quien percibe un peligro desconocido. Lummina y yo seguimos su gesto y miramos al frente. Sobre el suelo duro y blanco de mármol, Nylena nos observaba, con los ojos entrecerrados.

De pronto, el lugar tomó un nombre. Debíamos estar en el Nido del Viento , o lo que quedaba de él. Detrás de Nylena estaba Neblina, su trono predilecta, de cabello corto y con los ojos tan amarillos y fríos como los de una serpiente.

—No nos mires con esa cara, hombre —dijo Nylena, apretando los labios con fastidio—. Sé que no entiendes por qué te he salvado, y créeme que yo tampoco.

—¿Me has… salvado? —le pregunté mientras la incredulidad se filtraba en mi voz.

Nylena saltó y se mantuvo suspendida en el aire, como si se hubiera sentado en una silla invisible. Se inclinó para verme, apoyando el mentón en la mano con las piernas cruzadas.

—Cyrone, Nyl te salvó cuando caíste. Yo tampoco lo creí cuando ocurrió, pero quiero que la conozcas como yo lo hago. Ella no es mala. Ella me ama, de corazón. En serio —susurró Lummina en mi oído.

Alcé una ceja hacia Lummina y, por más que quise fingir que le creía, mi gesto no cedió.

Si esa serafina me había salvado, era por algo muy diferente a la bondad.

Su amada jamás le perdonaría mi muerte. Aun así, Nylena pudo haberse desentendido, dejar que mi propia decisión me consumiera.

¿Qué demonios cruzaba por su mente de serafina? Era imposible de leer.

—Cardillo, Cyrone, maldito perro de Calyssa. Dime. ¿Vas a servirme en esta guerra?

Se me formó la sonrisa, poco a poco, con veneno insidioso en los dientes.

—¿Servirte? Oh… sabía que no me salvarías por tu inigualable misericordia.

—Cyrone, por favor. Te necesitamos para poder vencer a las otras serafinas —rogó Lummina con la desesperación latiendo en su voz.

—Está bien. Lo haré —dije sin pensarlo dos veces. No era nobleza, ni siquiera estrategia. Decirle que no a Lummina requería un tipo de fuerza divina que yo, a todas luces, no poseía.

Nylena rio en voz alta. No era la risa de la dicha o el triunfo. Estaba seguro de que reía porque era la única manera de evitar el llanto y la cólera.

—Así que la amas tanto… Dime. ¿Morirías por ella sin pensarlo?

—Sin dudarlo —contesté.

Nylena ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos, y su expresión se volvió glacial.

—Pero eso no es ni un ápice de importante. Sabes que tu vida no vale nada en el apocalipsis, ¿verdad?

Sentí que el viento me rozaba, un gesto que imaginé como una provocación. Pero una burla así no me dolía. Yo sabía muy bien quién era y lo que mi vida valía para ellas. Eso no significaba que mi vida debiera valer lo mismo para mí.

—Puede que mi vida no valga nada para ustedes, pero mírala: ¿cómo no apostarla igual?

Sentí que la mano de Lummina apretaba mi brazo.

—Eres cruel para querer robarle la iridia a alguien —dijo Nylena. Su voz sonaba como una broma, pero estaba teñida de odio. No comprendí por qué se permitía mostrarse tan vulnerable ante mí.

—Eso de dar lástima no te queda —contesté.

—¡Ya basta! —La voz de Lummina estalló. Se puso de pie con tal fuerza que pateó el suelo de mármol blanco, provocando un eco—.

Suficiente tengo con el maldito apocalipsis.

Con este mundo que vi crecer durante tanto tiempo y que ahora yace hecho ruinas, manchado de sangre.

Con rostros y nombres que recuerdo con tanta nitidez que me resulta inconcebible que ya no existan.

Un silencio pesado cayó sobre nosotros; nadie se atrevió a romperlo.

—Suficiente tengo con mi madre ignorando mi existencia por completo, sin sospechar que mañana me verá, y que entonces tendrá que matarme de verdad.

Incluso cuando ya lo intentó antes… —susurró, pero la escuchamos—.

Suficiente tengo con perder mi iridia y verme al espejo, manchada, rota y fuera de lo que alguna vez fui: una mujer entera, una guerrera que no necesitaba ni de un hombre ni de una serafina para sobrevivir. Suficiente tengo con eso.

Sentí como mis manos se liberaban, las esposas de luz densa se desvanecieron.

Al verlas libres, moví los dedos y los brazos, dejando que los músculos se aflojaran poco a poco.

Miré a Lummina desde el suelo y, aunque me invadía el impulso de responderle, de consolarla o incluso de discutir, las palabras se quedaron atrapadas.

Temí que regresara el deseo de autodestrucción, pero no fue así. La urgencia de cumplir el juramento se había desvanecido.

—No tengo energía para atender sus peleas por mí, como si yo fuera un juguete y ustedes dos niños rabiosos. ¡Ya basta! Estamos en el maldito apocalipsis. ¡El apocalipsis! El amor, el deseo humano... es algo que podemos dejar atrás. Podemos, ¿no?

Me miró a mí, luego a la inmutable Nylena.

—Los libros de Maersen quedaron en Markadiel y ahora están bajo el agua. Me temo que no hay nuevas maneras de mantenerme viva, más que la mera esperanza de que ustedes decidan colaborar y luchar por ganar.

Lummina caminó hacia Nylena. Esta, con un gesto de plena y extraña sumisión, descendió los pies a la tierra.

—Serás mi diosa. ¿No es así?

—Por… Por supuesto, Lu —asintió la imperturbable mujer, con cierto nerviosismo.

Lummina asintió con un gesto brusco, rompiendo el contacto visual con Nylena. Sin una palabra más, la rebasó y se puso en marcha.

La miré mientras su figura se iba desdibujando, tragada por la densa neblina que flotaba sobre el suelo de mármol del Nido del Viento. Su silueta se distorsionó y se fundió con el aire gris. Su voz nos alcanzó, clara pero distante, justo antes de que la niebla la cubriera por completo:

—Los espero en el taller de armas. Vamos a necesitar un par.

Nylena casi perdió el equilibrio de sus piernas, fue un quiebre tan inesperado que me resultó patético presenciar.

Me pregunté cómo podría ser una diosa, cómo aspirar a convertirse en un ser todopoderoso, con una debilidad tan profunda y expuesta.

Yo no podría. Con tanto poder, la locura me consumiría.

Ella alternó su mirada entre Neblina y yo.

A mis pies, Faraine seguía arrodillada y pude imaginar sus piernas resquebrajándose por la deshidratación. No podía dejarla allí. Me hinqué sin dudarlo, interrumpiendo el tenso silencio, y la levanté suavemente entre mis brazos.

—Imagino que si camino entre estos pilares infinitos hallaré una especie de bajada. ¿No? Llegaré al mar.

—Llegarás a las aldeas cordilleranas… —me dijo Nylena, con una extraña paz.

—Entonces, al mar —asumí, sabiendo que esas aldeas ya no existían en lo absoluto.

Pero antes de que pudiera adentrarme en aquel laberinto de mármol, Nylena usó el viento como un proyectil y avanzó a una velocidad impresionante. Se detuvo a solo un paso detrás de mí.

—Morirás. ¿Verdad? Morirás para que Fiora sea la siguiente Córtex. No pensarás en convertirte en un puto serafín. —Su voz se había convertido en un siseo helado—. Porque si es así, te mataré. Te mataré y haré que parezca un accidente.

No contesté. Solo torcí la sonrisa en mi rostro, disfrutando de su rabia.

—No hay un lugar para ti en mi siguiente mundo. Espero que lo tengas claro, aunque quieras vanagloriarte de ser el último querubín en pie —insistió.

Me giré por completo y la estudié con la mirada. Eso pareció irritarla aún más.

—Me haría con el Córtex no por gloria, Nylena, sino por el delicioso placer de fastidiarte. Sí, lo haría.