Cortex Dos días para el juicio final #3
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Dos días para el juicio final #3

Esperé, con el cuello tenso, la llegada del huracán que nos salvaría. Un segundo, dos. No llegó. Cuando creí que sus ojos se irían a blanco, tomé una decisión. La agarré por el cuello con brusquedad, junté nuestros labios, y soplé a la fuerza el minúsculo sorbo de aire que había logrado guardar.

Ella respiró a través del beso forzado. El segundo en que me separé, la gravedad se me vino encima y me desplomé a sus pies. Esperaba perderme en la inconsciencia en cualquier momento. La imposibilidad de respirar era un tormento que sentía que me haría estallar.

Justo cuando sentí que me iba, un nuevo rugido llenó el túnel. El huracán nos chocó de frente con una violencia inmensa y el impacto nos hizo resbalar sobre la tierra suelta.

Lummina se abalanzó sobre mí, me alcanzó y me rodeó en el suelo. Al poder aspirar de nuevo el aire furioso, aproveché la ráfaga de lucidez para concentrar mi gravedad. Clavé mi espalda en el suelo y la abracé. La apreté con tal fuerza que temí romper su frágil cuerpo.

Ambos bebimos el aire con avidez, intentando recuperar el oxígeno que nos había sido negado, pero apenas lográbamos hacerlo. La tierra fina se desprendía de las paredes del túnel,

mezclándose con cada inhalación y enturbiando el aire que alcanzaba nuestros pulmones.

—Tengo que ir a buscar a Nyl. Tengo que salvarla. —La voz de Lummina era un murmullo caliente y desesperado contra mi pecho.

La abracé aún más fuerte, intentando anclarla a la tierra, a mí.

—Lum…

—Pero no quiero hacerte daño. Lo siento. —Se aferró a mí con una fuerza inesperada. No supe si era por la emoción o por el miedo instintivo a que el viento regresara y la arrastrara—. No quiero romperte el corazón, pero estoy dividida.

En ese instante el huracán se desvaneció. Ambos tomamos una bocanada profunda, preparándonos para volver a contener el aliento. Quise rogarle que se ahorrara sus palabras y huyera tras Nylena, pero ella se quedó a mi lado, inmóvil.

Se puso de pie. Yo me enderecé, aún sentado en el suelo de piedra. Tomé su mano y la alcé hasta mis labios. La miré desde mi posición de derrota, esperando que lo entendiera con una sola mirada. Al ver la obstinación en sus ojos, lo dije:

—Lummina. Me importa una mierda si me rompes el corazón. Solo… solo temo que podría perderte.

Pero ¿eso qué importa ?, pensé. La verdad era un golpe frío. Yo moriría. Moriría en el apocalipsis y perdería mis memorias. En estricto rigor, yo no le serviría de nada.

—Jamás me perderás… —susurró ella, arrancándome de esos pensamientos—. En este mundo y en el siguiente me enamoraré de ti tantas veces que ni podrás contarlas.

Le sonreí. Una sonrisa amarga, porque en mi interior sabía que no podía decirlo en serio. Era solo un método para calmar mi corazón egoísta y ambicioso. Pero lo había logrado, el miedo punzante se había retirado.

Le solté la mano, el gesto final de la rendición, y asentí.

— Ve —susurré.

Ella se marchó sin voltear. Caminó en sentido contrario, y lo entendía. Yo solo era un hombre, un ser insignificante, tal vez una diversión. Nylena era su deber. Su destino.

Aunque mi mente lo aceptaba, mis piernas se negaron.

No pude evitar caminar tras ella. Maldición.

No podía dejarla ir sola. Me giré para confirmar el estado de La Trucha y, como lo esperaba, la encontré hecha un ovillo compacto alrededor de la raíz.

Ella me dedicó una sonrisa melancólica, una comprensión tácita.

Sabía que yo volvería por ella una vez que el desastre de Nylena hubiera terminado.

Un nuevo huracán azotó el túnel. El viento fue un golpe sólido que hizo tambalear a Lummina.

Cayó y se deslizó hacia atrás sobre la tierra.

Por suerte, logré atraparla con una mano en el último segundo.

Al tirar de ella para devolverla a mi lado, me abrazó con fuerza por el cuello.

Aproveché mi poder para anclar mis pies y avancé, luchando contra la corriente invisible.

—¿Cyrone? —preguntó, con genuina sorpresa, colgando de mí—. ¿Qué haces?

—Por si no es obvio, tesoro, voy en camino hacia Nylena.

Di una zancada monumental y regresamos a la boca del túnel. Miré hacia abajo: el mar. Miré hacia arriba, una tormenta eléctrica. Bajo esas nubes densas y de un gris plomizo, dos figuras flotaban, suspendidas, a varios metros de allí.

Una de ellas era Nylena.

El estrepitoso viento trató de jalarnos de nuevo hacia la oscuridad del túnel. Eché una mirada a la retaguardia, visualizando el monstruoso camino de piedra que acabábamos de recorrer.

Lo pensé con recelo. Si lograba abrir una red de canales internos —no de piedra, sino de vibración— que se conectaran a la montaña, mi voz no solo viajaría, sino que resonaría a través de toda su estructura.

Sería la misma técnica que usé alguna vez para crear conductos de absorción bajo el Valle de la Tierra, pero esta vez no buscaba tragar, buscaba amplificar.

Cerré los ojos. Quise ser la montaña entera, sentir sus cavidades, sus nervaduras. Imaginé que esos huecos se formaban, no como túneles, sino como cámaras de resonancia enlazadas al temblor central. Si lo lograba, mi voz se oiría. Tenía que hacerlo. Resonaría.

El huracán se extinguió. Tomé una bocanada profunda, llenándome antes de que la masa densa de aire llegara. Entonces, rugí con todas mis fuerzas su nombre:

—¡Nylena!

El grito, amplificado por los canales de resonancia que acababa de crear, perforó el silencio que había caído sobre la masa de aire. A pesar de los cientos de metros de distancia, logré captar su atención.

La mujer de cabello largo y rizado, oscuro como la noche, se volvió hacia nosotros.

Apenas era una figura discernible desde nuestra posición en la montaña, pero en el instante en que reconoció mi voz, se aproximó a una velocidad cegadora.

Las masas densas de aire se desvanecieron, agotadas por el esfuerzo de su concentración, y pude respirar sin dificultad.

Nylena aterrizó en el borde del túnel. Lummina me soltó de inmediato y se lanzó hacia ella, abrazándola. La serafina la recibió en sus brazos y pude notar cómo su rostro se fruncía, como si estuviera a punto de un llanto que no podía permitirse. En cambio, Lummina rompió a llorar de puro alivio.

—Nyl, creí que buscabas… —Lummina se ahogó en sus propias lágrimas, incapaz de articular una palabra más. Se separó ligeramente y la tomó por el rostro—. Necesitaba encontrarte. No vuelvas a hacer nada estúpido, ¿quieres? —dijo la trono, con la voz rota.

Aterrizando con un golpe silencioso junto a su madre, Neblina hizo su aparición. Al verme, su rostro se contrajo con claro desdén. Pensé en retirarme, en volver al túnel con La Trucha para calmar su miedo.

Pero me quedé helado en mi sitio.

Nylena se apartó de Lummina y la tomó de los hombros. Sus ojos se clavaron en ella, una extraña expresión de asco y desconcierto reemplazó el atisbo de llanto.

—¿Lu? Estás... Hueles diferente. ¿Qué es esto? —Y sin esperar respuesta, se volteó hacia mí—. ¿Qué le has hecho, maldito?

Fruncí el ceño, incapaz de comprender su acusación, pero antes de que pudiera articular una palabra para contestar, una daga invisible me rebanó la mejilla limpia.

No lo noté hasta que el dolor punzante y húmedo se instaló.

Luego vino otro corte en la pierna. Cuando tres más se sucedieron en distintas partes de mi cuerpo, Lummina gritó para detenerla.

Me costó entender lo que ocurría, hasta que noté que Nylena tenía la mano levantada. Estaba siendo atacado por la serafina del aire.

No eran dagas, eran cuchillas de aire concentrado, invisibles y afiladas, que me rebanaban a una velocidad endiablada. Creí que una me atravesaría el pecho o el estómago, pero de repente se detuvieron.

No tuve que alzar la mirada. Fue la sombra que me cubrió, el calor de un cuerpo que me envolvió, lo que la delató. De todas formas, levanté la vista, encontrándome con el pecho de Lummina. Estaba protegiéndome.

Ella recibió los últimos cortes, una lluvia de dolor silencioso, hasta que Nylena se detuvo por completo.

—¿Qué haces? ¡Qué haces, Lu! ¡¿Cómo has podido?! —La voz de Nylena resonó en la boca de la caverna.

Bajó la mano, la misma con la que había modelado las cuchillas de aire que ahora manchaban a su amada.

El pecho de Lummina subía y bajaba con lentitud.

Era una respiración honda, contenida, que intentaba sofocar el grito o el llanto que el dolor físico le arrancaba por dentro.

Quizá le sorprendió que yo no hiciera el menor intento por quejarme.

Su mirada, suplicante, buscó consuelo, anhelando acunarme entre sus brazos, pero se quedó inmóvil.

—Lu, ¿lo amas? ¿Te has enamorado de él? —susurró Nylena, y la pregunta se desprendió como una pieza de hielo.

Con una lentitud dramática, Lummina se puso de pie. La sangre de los cortes goteaba oscura sobre la tierra suelta de la montaña. Se volteó a mirar a Nylena, intercalando su mirada entre ella y la fría figura de Neblina. La voz que usó fue inquebrantable:

—Es un aliado, Nyl. Para que tú y yo ganemos, tendremos su fuerza.

Oí unas pisadas frenéticas y, un instante después, Faraine se lanzó desde la oscuridad del túnel para aferrarse a mí. Apreté los ojos al recibirla, sintiendo el roce de su cuerpo contra mis heridas recién abiertas.

—¿De qué hablas? ¿Quieres que acepte a un hombre que se ha enamorado de ti? ¿Que te ha lavado el cerebro y te ha tocado con sus sucias manos? —Nylena vociferó, con ácido en cada una de sus palabras.

Lum inspiró profundo, quizá conteniendo la respuesta, la réplica, el dolor.

Y en ese instante, yo me desconecté.

La voz de Nylena se elevó de nuevo, pero ahora solo eran ecos vacíos que rebotaban contra la piedra sin entrar en mi entendimiento.

Mi mente huyó hacia los desastres: las aldeas hundidas en el fango salado del mar, las casas destrozadas por la furia sísmica, las cicatrices abiertas de los volcanes.

Se avecinaba el Desastre Final, el del cielo, el que arrasaría con la existencia sin dejar un solo ápice de estructura en pie.

No quise verlo. La idea de presenciar esa destrucción burda y sin sentido me robó la voluntad. Me quitó las ganas de seguir arrodillado, de seguir respirando, de seguir, siquiera, existiendo.

Aparté a Faraine de mi cuerpo, con un gesto tan brusco y cruel que la joven querubina soltó un quejido lastimero. No me importó. Pude oír, a la distancia, como Nylena y Lummina hablaban a gritos, como si el volumen pudiera hacer que se entendieran la una a la otra.

Sus frases eran ruido hueco. Me aproximé a la salida del túnel. Desde nuestra altura en la montaña, el suelo era una promesa de vacío que no se apreciaba con claridad. Apreté los labios y mi vida, corta y miserable, se proyectó como una secuencia de imágenes aceleradas.

Pero al final mi mente se detuvo en la mirada que me concedió Lummina, una y mil veces. Esa mirada me decía que yo no era una criatura vacía ni sin corazón, sino un hombre. Un hombre con propósito y plenitud, cuyo corazón podía latir tan fuerte que su eco se escucharía en cada rincón de Lorelai.

Di un paso al frente, pero ningún fragmento de tierra —mi supuesta aliada— estaba allí para sostenerme. Caí sonriendo por el precipicio. El vacío me engulló. Lo último que escuché, ya en la distancia, fue el grito desesperado de Lummina, que me había visto demasiado tarde.

Los ángeles serafines se distinguen por sus majestuosas alas, de cuyas plumas brotan veintiún ojos resplandecientes. Once se abren al frente; otros once se ocultan en la parte trasera, atentos a lo que queda a sus espaldas. No hay ángulo ciego para un serafín.

Sin embargo, cuando descienden a tierra firme y dejan de cumplir su labor en las alturas, su aspecto cambia: se coronan con dos cuernos de chivo que emergen de su frente, y de sus sienes brotan dos orejas largas, con una forma que intenta imitar a la humana... pero sin lograrlo del todo.

Una extraña imitación, demasiado perfecta para ser casual, pero demasiado imperfecta para pasar inadvertida.

Cardillo