Dos días para el juicio final #2
Lummina, tambaleante, logró dar un par de pasos. Su rostro estaba manchado de hollín, mezclado con el café terroso que oscurecía su cabello antes platinado.
—¿Cuál es el plan? ¿Regresar al Valle de la Tierra por este mismo sendero? —preguntó.
Hice un intento por ponerme de pie, apoyándome en mis rodillas y exhalando con esfuerzo. Al enderezarme, me esforcé por ocultar cómo la linterna de Lummina quemaba el borde de mi visión.
—La cordillera no conecta con el Valle de la Tierra. Con suerte, llegaremos a Grisentia, que ahora está medio sumergida bajo el mar.
El este con seguridad ya habría desaparecido por completo con el tsunami. No quedaba ningún lugar habitable en Lorelai. Sin otra opción, seguimos avanzando, aunque el aire se sentía cada vez más escaso.
—Cyrone —murmuró Lummina, acercándose a mí. Al mirarla, sus ojos brillaban con una mezcla de luz propia y angustia—. No me asustes. ¿De verdad estás bien?
—Puedo caminar, tranquila... —contesté en un suspiro.
—Te tiembla la mirada… —me interrumpió, su mano rozó mi mejilla antes de retirarla por la premura del momento—. Deberíamos descansar.
—Descansar… —repitió Faraine, su voz delataba lo agotada que se encontraba.
Insistí en seguir caminando, obligándome a no tambalear para no asustarlas. La luz me siguió, aun cuando Lummina y Faraine se habían quedado inmóviles.
—Es el juramento de Calyssa, te está afectando, ¿cierto? —murmuró Lummina.
—¿Me preguntas si tengo ganas de morir? ¿Si me suicidaré? —resoplé y procuré sonreírle para tranquilizarla—. Al contrario, nunca me había sentido con tantas ganas de vivir como ahora.
Y no mentía, mi único impulso era cuidarla, protegerla. Verla encendía una certeza única, tan dulce como imperiosa.
Deseaba, con mi último aliento, dejar sellado el destino de Lummina como Caelum y el de Faraine como Hilaris.
Con esa meta clavada en la mente —y la firme convicción de que un ángel no moriría por un simple golpe, considerando todo lo que yo mismo había sobrevivido—, continuamos la marcha.
Tras un tiempo abriéndonos paso por el sendero de tierra, y después de vastas horas consumidas, por fin vimos una luz tenue que brillaba al fondo del túnel, revelando la ansiada salida.
Sin embargo, no aceleramos el paso. Estábamos demasiado exhaustos para pretender un último esfuerzo.
Mantuvimos el ritmo y continuamos conversando, tal como habíamos hecho durante el resto del camino.
—¿Qué crees, Cyrone? —preguntó Lummina, con la voz cargada de un cansancio que no era solo físico—. ¿Podré amar el próximo mundo tanto como este? No estarás tú, y tal vez durante mucho tiempo. Puede que ni siquiera esté Nyl.
—Estarás tú —respondí. Para mí, aquello era suficiente consuelo. Para ella, no lo fue.
Caminaba con la mirada fija en sus pies, con una sonrisa melancólica dibujada en los labios, como si en su mente se desplegara toda una vida que solo ella podía ver.
—Si yo fuera serafina —dijo ella—, te juro que solo crearía una querubina. La cuidaría como a una hija. No traería más niños al mundo. Sería madre solo para ella, por completo.
—Tú vas a ser serafina —la corregí con dureza—. No hables como si fuera una posibilidad. Lo serás.
—Puede que no. ¿Acaso conoces a Siera? Es una trono increíble. No solo es hermosa e inteligente, también tiene un poder descomunal. Ahora es la favorita de Lydia.
—No podrá contra los dos —aseguré—. Somos combatientes. ¿Olvidaste todo lo que me enseñaste para pelear?
Ella sonrió mientras sus pasos tanteaban la caverna de tierra y roca.
—No tengo armas. Soy una auténtica farsa como combatiente.
—Ten. —Le tendí una de las dagas mal afiladas que había recogido en el palacio de Calyssa antes de partir. Me frunció el ceño, yo alcé las manos en rendición—. No te pongas exquisita, Lummina, es lo que hay.
—Me corrijo: somos una auténtica farsa como combatientes —dijo, y la confesión la detuvo a medio andar.
Me quedé esperando a que continuara hablando. Su boca permaneció entreabierta, suspendida en el aire tenso que nos rodeaba, y yo me mantuve quieto en aquel silencio cargado. Justo cuando quise hablar otra vez, el aire se me paralizó en la garganta.
Ella notó la anomalía al mismo tiempo que yo.
Ocurrió en el instante en que su mano buscó la empuñadura de la daga y nuestros dedos se encontraron.
Algo vibró, una nota sorda que rompió el equilibrio del ambiente.
No lo entendimos de inmediato, solo supimos que la opresión llegaba a nuestros pulmones, lenta, implacable.
El aire se había vuelto espeso y turbio, como si respiráramos a través de arena húmeda.
—¿Qué pasó? —preguntó Faraine, alternando la mirada entre Lummina y yo.
No podíamos responder. Lo sabíamos. Si abríamos la boca para articular una sola sílaba, el esfuerzo nos obligaría a consumir la última bocanada de aire que guardábamos en el pecho.
Pude verlo en la mirada de Lummina, la terrible certeza. Le negué, negué con la cabeza mientras sus ojos se cristalizaban y se llenaban de lágrimas.
Sin previo aviso, salió disparada. Corrió, exigiéndole al cuerpo más de lo que podía dar, en dirección a la tenue luz del fondo.
Fui tras ella con la intención de detenerla, pero a la segunda zancada el martilleo en mi cabeza regresó.
El dolor estalló en mis sienes, la boca se me abrió de golpe y el aire espeso entró. Comencé a ahogarme.
Era el tercer y penúltimo desastre, Nylena.
La quinta trompeta resonó a lo lejos.
Un huracán corrió desde la boca del túnel.
No era viento, sino una criatura de furia desatada que levantaba la tierra en remolinos.
Me abatió y me tumbó, y en el instante del golpe aspiré una bocanada de oxígeno puro y frío.
Tosí, raspando el aire estancado de mis pulmones, y me aferré a Faraine con ambos brazos justo cuando la vi a punto de ser arrebatada.
Mi mirada buscó a Lummina. Ya estaba al borde de la caverna, su silueta se recortaba contra la luz cruda de la noche.
Desde donde estaba, con una mano clavada en la pared de piedra húmeda y la otra sosteniendo a Faraine (quien, por su escaso peso, era una presa fácil para el vendaval), escuché a Lummina.
—¡Nyl! —Su grito fue un lamento desesperado que intentó atravesar el viento.
Una segunda marea de aire, invisible pero de una densidad aplastante, nos golpeó.
Sentí como el pecho me era prensado por un puño invisible y el último rastro de aliento fue succionado de mi cuerpo.
El dolor me cegó. Lummina se desplomó sobre sus rodillas y su grito se transformó en un siseo inaudible.
—Hermano, ¿qué les pasa? —preguntó Faraine con la voz intacta, mientras yo sentía que la sangre se me atascaba en el cuello.
Fue la claridad y la facilidad de su voz lo que me reveló la verdad.
Ella no luchaba. Ella no se estaba ahogando.
Sin perder un instante, tanteé mi cinturón.
Saqué una semilla y la enterré en el suelo de tierra.
En el segundo en que la conecté a mi voluntad, un tallo se disparó, creciendo con la rapidez de un rayo, tan grueso como mi antebrazo.
Un segundo huracán nos golpeó, una embestida furiosa que llenó el túnel con un aullido ensordecedor. Me aferré al sarmiento con todas mis fuerzas. La raíz, a pesar de la tensión de sostenernos a ambos, no cedió ni un centímetro.
—Trucha, cuando sientas que el viento te arrastra, aférrate a esta raíz y no la sueltes. Aférrate a ella. ¿Quieres?
Ella asintió, aunque sus ojos eran un grito silencioso. No quería que la dejara sola.
Le acaricié la cabeza. Junté mi frente con la suya en un roce rápido, una promesa muda, antes de obligarme a ponerme de pie.
Luché para erguirme. Hice que cada gramo de mi peso actuara como una contrafuerza, clavando mis pies en el suelo, obligando a la gravedad a ayudarme a dar el primer paso contra la pared invisible y rugiente del huracán.
—¡Nyl! —El grito de Lummina se perdió en la boca de la caverna mientras se sostenía desesperada del borde.
La furia del huracán hacía que fuera inútil intentar comunicarse.
Quería llegar a su lado para hacerla entender.
El intento de detener el desastre de Nylena era una necedad.
Las serafinas no tenían opción, debían concluir este mundo para despejar el lienzo y pintar uno nuevo.
Era la estrategia impuesta, además, para romper el aislamiento y exponer a las rivales que se ocultaban.
Llegué junto a Lummina, pero en ese mismo instante el viento se extinguió. La calma fue tan absoluta que me sentí desbalanceado y me desplomé sobre ella, abrazándola para protegerla con mi cuerpo. Tenía que retenerla para el inminente regreso de la asfixia.
Usando el último vestigio de aire en mi pecho, le dije en un susurro apenas audible:
—Déjala, Lum. El desastre debe cumplirse.
—No… No lo entiendes —murmuró, con la voz aplastada por el aire contenido en sus pulmones—. Ella dijo que no lo haría. Ella sabe que si llama la atención de las otras serafinas... Calyssa, Alba y Ly... Lydia... Ellas acabarán con ella. Ella... ella hace esto para que la maten.
—¿Por qué haría eso?
Mi pecho ardía. La privación de oxígeno era un fuego lento que consumía todo pensamiento lógico.
—Cree que la abandoné. Sin mí no puede ser diosa. Soy... soy su iridia —dijo, y en la desesperación, el volumen de su voz incrementó.
Quise gritarle, advertirle que guardara esa preciosa y escasa reserva de aliento, pero era tarde. Ya no tenía palabras.
Sus ojos se fijaron en los míos al pronunciar la última palabra, y luego la mano se le fue a la boca.
La desesperación estalló en su mirada: sus pupilas se ensancharon y el pánico la invadió.
Había vaciado sus pulmones. Comenzó a golpear el suelo con la mano, intentando atraer el aire que no llegaba.