Dos días para el juicio final
Dos días para el
juicio final
E l volcán lanzó un rugido profundo, un bramido que parecía surgir de las entrañas del mundo.
A lo lejos, el cráter majestuoso se desbordaba, incapaz de contenerse por más tiempo.
De su interior brotó una columna de ceniza y gas venenoso con forma de hongo y se expandió sobre el firmamento.
Entre las grietas recién abiertas en la tierra comenzaron a deslizarse ríos incandescentes de lava, serpenteando con un fulgor letal.
El cuarto trompeteo se interpuso entre todo lo demás, vibrando como un presagio. Cada nota era una herida en el tiempo, un paso más hacia el final de este mundo.
Cuando vi a Lummina al pie del cerro, con el niño entre sus brazos y la silueta iluminada por el fulgurante espectáculo de la erupción del volcán, algo estalló dentro de mí. El dolor de cabeza, las náuseas, el golpe, todo se esfumó. Solo existía ese momento.
Aferré la mano de Lum con fuerza y ella, por instinto, cubrió con la otra la boca y la nariz del pequeño Estian. Caminamos hacia la ladera opuesta del volcán. Miré a los demás, pero en ese instante, en medio de la ceniza y el caos, no supe qué hacer.
Silbé con los dedos, buscando llamar a los volcranes, pero era inútil. Ninguna criatura vendría en medio de una erupción de tal magnitud. El día, que apenas se había insinuado tímido en el horizonte, fue devorado por el humo negro, sumiéndonos otra vez en una noche prematura.
No quedó más que correr. Los cuatro huimos en dirección contraria a los destellos rojos y amarillos que estallaban desde el corazón del caos. A nuestro alrededor, enormes rocas volcánicas caían con estrépito, golpeando la tierra a cada paso que dábamos.
Recordé una conversación con Calyssa.
En una guerra de los serafines, la tierra está perdida, Cardillo. ¿Qué crees? ¿Que con la fuerza inamovible y pesada de la roca podrás ganar ?
Nunca confió del todo en su propio poder, pero ver el mundo encogerse ante el estruendo de las explosiones y el crujir de la tierra era, para mí, una prueba irrefutable del caos que el Córtex podía desatar.
Regresamos al centro de Markadiel con ese ruido incesante en la atmósfera, presagio del fin. Las calles estaban desiertas. Tal vez la epidemia ya había silenciado incluso las voces del pánico y apagado todo rastro de vida en la aldea.
—Cardillo, tengo una idea —dijo Maersen de pronto, obligándonos a detener la carrera.
No nos engañábamos. No había tiempo para conversaciones, pero tampoco podíamos descartar una idea que no fuera solo correr.
El mundo se desmoronaba e intentar huir era inútil.
La lluvia incesante de rocas y ceniza ardiente era una cortina infranqueable.
Podríamos habernos destrozado los pulmones escapando, pero nunca habríamos escapado.
Buscando un respiro de aquel desastre, nos precipitamos y nos refugiamos bajo el endeble cobijo de un tenderete de carnaval que, de milagro, aún se mantenía en pie. Fue allí, en esa precaria pausa, donde por fin pude prestarle atención a Maersen.
—Entre las montañas, cuando Calyssa intentó colarse en el refugio de Nylena para iniciar su plan, lo hizo por un sendero subterráneo.
—¿Qué dices? —Lo miré con el ceño fruncido.
—Túneles —aclaró.
Lummina y yo intercambiamos una mirada.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó la trono, con la voz cargada de sospecha.
Una roca volcánica descomunal surcó el aire y se estrelló contra el precario techo del tenderete.
La lona y las vigas crujieron y colapsaron.
El susto nos hizo apartarnos de un salto.
Empujé a Faraine con tal fuerza que tuve que sostenerla de la cintura para que no cayera.
Una vez más en el centro de la calle nuestros ojos se encontraron, fijos el uno en el otro con una urgencia renovada.
—Pues cuando escapé del refugio… —Sus ojos se posaron en los de Lummina, cargados de una penumbra que pronto tendría explicación—. Cuando usted, lady, se apiadó de mí y me dio indicaciones de este lugar, primero fui al Valle de la Tierra… —explicó el querubín.
—¡Fuiste tú quien le reveló a Calyssa la locación de nuestro refugio! —Lummina intentó abalanzarse sobre él, pero el pequeño Estian, que gimoteaba con la boca y la nariz cubiertas, la contuvo.
—Creí que así Calyssa me perdonaría la vida, que me permitiría volver. —Maersen me miró con una melancolía extraña, la de quien asume que nunca será aceptado—. No funcionó, pero al menos escapé con esta información.
El querubín se arrodilló ante ella, ajeno al hecho de que el mundo entero se desmoronaba a su alrededor.
—Lo lamento, querida lady… Lo lamento, hermano… Por cada error que he cometido.
Nos quedamos mirando su desplante de arrepentimiento. La vibración del sismo volcánico se hizo más nítida y, esquivando una estructura que se venía abajo, soltamos otro alarido de terror. El más agudo fue el de Faraine.
—Ya basta con eso. Maersen, si hay algo que no te perdonaría es que dejes que nos aplaste un maldito peñasco de volcán. ¡Dinos cómo llegar a ese jodido túnel! —le grité.
—Yo mismo los hundiré hasta él con mi poder —sentenció el querubín.
—¿Ah, sí? ¿Y se puede saber cómo planeas tragarte a ti mismo con la tierra? —pregunté, alzando una ceja con escepticismo. En aquel instante, la idea me parecía imposible de concebir.
—Yo me quedaré aquí, Cardillo —respondió.
Solté una risa breve y amarga, que murió al instante.
—¿Piensas convertirte en un maldito mártir?
Mi indignación no le hizo mella. Deslizándose entre la cortina de humo y polvo que nos rodeaba, me apartó con una suavidad inesperada y fría. Luego, se dirigió a Lummina, con las esquirlas de roca rebotando a nuestro alrededor.
—Me quedaré con Estian.
La expresión de espanto en el rostro de la trono me hizo contener el aliento. Retrocedió, instintiva, como una madre protegiendo a su hijo, negando con la cabeza una y otra vez.
—Lady, los humanos no tienen esperanza en el apocalipsis. Al menos… lo cubriré con mi cuerpo. Lo abrazaré en casa hasta que el final llegue. Lady, usted no podrá luchar con un infante mortal en los brazos.
Suspiré hondo. El estúpido de Maersen tenía razón.
Miré a Lummina, esperando que comprendiera la gravedad del momento y le entregara a Estian. Por más retorcido que sonara, era nuestra única opción.
—No. Estian va a morir… —murmuró, ahogada en un tono lastimero.
Me acerqué y la sujeté por los hombros.
—Todos van a morir —le ayudé a entender—. Lo siento, Lummina, pero todos van a morir. Necesito que despiertes. No puedes salvarlos a todos, ¿lo entiendes de una vez por todas?
Ella lloró en silencio, abrazando al pequeño, que parecía adormilado por el gas volcánico.
—Lady Lummina —intervino Maersen—. Espero, de corazón, que usted sea la próxima Caelum. Sus cielos, su arte, merecen ser plasmados en el siguiente mundo. Nos volveremos a ver entonces.
La trono asintió y, con un doloroso esfuerzo, logró soltar al niño. Maersen lo recibió en sus brazos y dio dos pasos atrás.
Me giré hacia Lummina y Faraine, a quienes les tomé las manos y las apreté con fuerza.
—Ahora van a tomar una gran bocanada de aire y cerrar los ojos. ¿Entendido?
Sentí el temblor incesante en mi mano izquierda y me di cuenta de que era La Trucha, a mi lado, quien la estaba sujetando.
Estaba tan tensa que se había vuelto un manojo de nervios.
No iba a endulzarles la experiencia de ser enterrado vivo.
No era algo que pudiera digerirse con calma, ni mucho menos vivir sin quebrarse.
Era una mierda, y punto, pero era la única opción.
—Adiós, Maersen —dije.
El querubín me respondió con una sonrisa tenue y una leve inclinación de cabeza.
—Adiós, Cardillo.
Con una potencia brutal, que por un segundo me enorgulleció, la tierra empezó a tragarme.
Primero los pies, luego las pantorrillas, después todo mi cuerpo.
El aire se me escapó de los pulmones y la oscuridad me envolvió por completo, mientras me arrastraba una corriente implacable de tierra, rocas y escombros.
Sentí la misma tormenta de golpes y arañazos que la primera vez que fui enterrado vivo.
La presión era insoportable mientras el calor subía sin control.
No supe a qué velocidad descendía ni en qué posición estaba, ni cuánto tardaría en volver a respirar. Me volví parte del derrumbe, una mota de polvo en medio de un vendaval de destrucción.
Y, para mi único consuelo, los rugidos de la erupción volcánica ya no me alcanzaban.
i
Caímos en un sendero hueco, circular y oculto en las entrañas de la cordillera. Me sentía desorientado, pero las toses persistentes de Faraine y Lummina me devolvieron a la realidad.
Vi a La Trucha arrastrarse en cuatro patas, intentando expulsar el polvo que le llenaba la garganta.
Como yo, estaba magullada, cubierta de moretones y suciedad.
Le tendí la mano para ayudarla a ponerse de pie; lo hizo con dificultad.
Cuando le susurré sin voz si estaba bien, asintió, aunque su gesto dejaba claro que no lo estaba.
Ninguno de los tres lo estábamos, no en un escenario así.
Lum encendió una linterna en la palma de su mano y, al extraerla, la dejó flotar en el aire, como un pequeño farol que nos seguiría en la penumbra.
Era casi un milagro que el túnel no hubiera colapsado con el sismo.
No me quedó más remedio que apartar ese pensamiento y seguir adelante, aceptando el plan de avanzar bajo tierra.
El problema vino tras la caída. Después de un instante de calma, el dolor en mi cabeza regresó con una oleada punzante.
Sentí la necesidad imperiosa de vomitar y un pitido agudo comenzó a taladrar mis oídos.
Me pregunté si el golpe había causado un daño grave, algo que exigía un descanso o que podría costarme la vida, pero no había elección.
Debía proteger a Faraine y a Lummina. No había tiempo para el reposo.