Tres días para el juicio final #2
—Las mujeres solo pueden dar leche cuando han estado embarazadas, y es imposible que una querubina, trono o serafina se embarace. Nunca he escuchado nada como eso. Es absurdo lo que me pides, Maersen. ¿Acaso no lo sabían? —Nos miró con una expresión de profundo cansancio.
—No hay ninguna razón para que nosotros sepamos eso —le contesté, cruzándome de brazos.
Lummina suspiró, agotada.
—Lo que este niño tiene no es hambre… —susurró la trono, observando que el pequeño continuaba con sollozos agudos—. Extraña a su madre.
Ante esa revelación, ambos dirigimos la mirada al suelo, como si nos pesara mucho más de lo que estábamos dispuestos a admitir.
Ella lo tomó en sus brazos. El pequeño sintió el calor femenino y, de algún modo, se calmó de inmediato. Las respiraciones espasmódicas de su pecho persistieron, pero ahora venían acompañadas de una mirada de ojos grandes y aliviados que, al fin, habían dejado de producir lágrimas.
Justo cuando hice el intento de esbozar una sonrisa, oí algo que el resto fue incapaz de percibir.
Maersen, por fin, suspiraba aliviado al no escuchar los gritos del infante, e incluso Faraine había vuelto al salón y se había unido a Lummina para saludar al pequeño Estian, que de pronto daba señales de un atisbo de sonrisa.
Pero yo seguía escuchando una vibración.
Era profunda, justo debajo de mis pies, quizá tan ínfima que no podía sentir su movimiento, sino solo su sonido.
Un sismo que recorría las entrañas del mundo, preparándose para rasgarlo desde el interior.
—Lummina —murmuré, intentando que mi voz se abriera paso por debajo de la conversación animada de los tres. Por supuesto, no fui escuchado.
Fue en ese instante de calma precaria cuando la tierra comenzó a temblar. La vajilla de cera de Kuntari chocó y se quebró con estrépito. Ante aquel estruendo sísmico, sus miradas se posaron en mí.
Maersen se puso de pie, pues sabía muy bien lo que se avecinaba.
—El Segundo Desastre —anunció el querubín—. Es Calyssa.
Faraine soltó un gemido sofocado y retrocedió, sus pasos la llevaron a caer de rodillas en un rincón. El terror la paralizó.
No tuve tiempo de incorporarme. La cabaña no se derrumbó de golpe, pero sus soportes se fueron resquebrajando en estallidos de polvo y, con un crujido lento y agónico, el techo y las paredes de grava empezaron a ceder, desmoronándose hacia el interior.
Miré a Lummina con el entrecejo fruncido. Ella asintió y sacó al niño al exterior. Antes de salir yo, necesitaba ayudar a Faraine, que seguía congelada en un rincón. Tomé su antebrazo, jalé de ella para levantarla y, por suerte, logró reaccionar lo justo para escapar de la choza que se deshacía.
Mientras la veía salir tras Lummina, un golpe certero y pesado en la cabeza me sumió en la oscuridad.
Desperté segundos después, pero el cuerpo no respondía a mis órdenes.
Un vértigo intenso me hizo girar la cabeza y un dolor punzante pulsaba mi sien.
A mi lado, una viga de gravilla pesada, ahora manchada de sangre, confirmaba el impacto.
La vista se me nublaba y sentí náuseas. Justo cuando la consciencia de quedar enterrado entre escombros y restos de madera se hizo insoportable, una voz lejana rompió el silencio.
Poco a poco, esta se aclaraba, llamando mi nombre. ..
Mi antiguo nombre…
—¿Cardillo? —Era de Maersen, quien apartó ruinas de la cabaña derrumbada para intentar levantarme. El sismo seguía desgarrando la tierra—. ¡Cardillo!
—No me grites... en la cara... —gemí, manteniendo los ojos bien cerrados, como si la luz me apuñalara.
—¡Quéjate de eso en otro momento! ¡Tenemos que irnos! ¡El volcán va a hacer desaparecer Markadiel!
Tenía un sueño pesado que me tiraba hacia el vacío, una fatiga que superaba la alarma.
A pesar de mis ganas de dormirme, acepté la mano del querubín para incorporarme.
Me levanté mareado, sintiendo un hilillo de sangre caliente deslizarse por mi sien.
Miré a mi alrededor. Todos los muebles de madera tallados por Enkur, las pequeñas ofrendas a Eryndra del altar de Kuntari, la sillita de Estian, los cachivaches que creí insignificantes.
Todo estaba allí, desperdigado como basura bajo tablas rotas y el polvo de la gravilla deshecha.
Antes de seguir obstinándome en el duelo por un par de objetos, seguí a Maersen, apoyado en su hombro. Tuvimos que arrastrar nuestras botas a través de los resquicios de la cabaña, pateando fragmentos.
—¿Te sientes diferente, Cardillo? —me preguntó.
Suspiré y tragué saliva, intentando superar las náuseas.
—Si te refieres al golpe que me ha magullado el cerebro, sí. Supongo —dije.
—Me refiero a... Se supone que ahora que Calyssa activó su desastre, nosotros creceremos hasta cumplir los veintiún años.
Si no fuera por el dolor ardiente en el cráneo y la incomodidad de arrastrar mis pasos, quizá habría comprendido el verdadero peso de sus palabras.
Si mi cuerpo alcanzaba de pronto los veintiún años, el juramento de Calyssa haría mella en mi interior. Mi vida terminaría sin que tuviera tiempo de darme cuenta.