Cortex Tres días para el juicio final
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Tres días para el juicio final

Tres días para el

juicio final

P asé la noche en vela, en el antiguo cuarto que solía compartir con Lummina, el mismo donde mi amor y devoción por ella habían germinado como un jardín secreto.

Ahora yacía en cama, inmóvil, y bajo la luz temblorosa de una vela casi consumida, sostenía el libro que Maersen me había recomendado leerle.

Eran volúmenes llenos de historias sobre los animales de Lorelai, tesoros que Maersen guardaba con un celo casi sagrado en sus estanterías.

De forma retorcida, aquellas páginas resultaban perfectas para ese momento.

La iridia —esa chispa que da sentido y luz a los serafines y tronos— no siempre debía ser real; a veces bastaba con que fuera una ilusión.

Así había sido para Calyssa, que vivía aferrada a la fantasía de recuperar a aquel humano al que había amado, aunque ya lo hubiera perdido.

Ese hombre estaba muerto, pero la creencia de que aún podía alcanzarlo ardía en su corazón, y era esa llama la que le había dado fuerzas para caminar, incluso para buscar el apocalipsis con obstinación.

Ella jamás permitiría que su iridia se extinguiera, como sí lo hacía la vela que crepitaba en mi mesa de noche.

Pensé que, si le leía a Lummina aquellas fábulas de Lorelai, quizá la llama que palpitaba en su alma volvería a encenderse.

Tal vez, si lograba creer que ese mundo que tanto amaba seguía vivo entre las páginas de un libro, en alguna consciencia, en algún rincón del tiempo, podría volver a despertar.

Lo trágico era que nada podría borrar el renegrido de su piel, esa sombra que se extendía por su rostro y que le cubría las manos hasta los antebrazos.

Y si ese peso llegaba a atormentarla, yo mismo me encargaría de que fuera la siguiente Caelum.

Como serafina, su cuerpo podría restaurarse, renacer.

Pero para mí eso no importaba en lo más mínimo. Besaría cada una de esas manchas hasta arrancarles el dolor y el odio que escondían. Así fue como llevé sus dedos a mis labios, y después, recostado a su lado, continué leyéndole.

—El alma de un anfibio de largas ancas saltó desde Catarbella directo a las honduras de Riorense. Sumergido en las aguas tibias, se topó con un pez que irradiaba destellos en la penumbra…

Como un tonto optimista, creí que bastaría con eso para despertarla. Qué ingenuo, si así lo pensaba.

—El pez, que jamás había visto una rana en toda su breve existencia, asumió que era uno de ellos, que las diferencias entre ambos carecían de importancia. El problema llegó cuando intentó rozarlo, y su aleta lo atravesó de lado a lado.

»Ha de ser un desperfecto de Eryndra, pensó el pez.

Vaya bicho tonto. —Lo último lo había agregado yo—.

Y, aun así, decidió aceptarlo. Tal vez fue ingenuidad, o quizá su propia soledad lo empujó a confiar.

—Suspiré en medio de la lectura y pasé la página—.

Cuando el anfibio aceptó formar parte de su familia, el pez comenzó a agradecer a Eryndra.

Y en otros días, rezó que, si era una ilusión, no le devolviera jamás la cordura…

Me había perdido en aquella historia infantil hasta que, de pronto, escuché a Lummina respirar. Me incorporé sobre la cama, conteniendo el aliento. Seguí leyendo un poco más, temeroso de haberme inventado el leve movimiento de su pecho.

Pero no, en una breve pausa, su abdomen volvió a elevarse y descender. Incluso noté un sutil temblor en sus pestañas. Sonreí. Y aunque detestaba admitirlo, Maersen había tenido razón esta vez.

i

Había leído ya cuatro libros infantiles y estaba a mitad de una enciclopedia cuando el astro del día ascendió lento y tembloroso en el cielo.

Había sido una noche difícil para las serafinas: entre ataques, defensas y esconderse unas de otras.

Agradecí que, al menos yo, pudiera descansar junto a la trono.

Cuando el astro alcanzó su cenit, Lummina abrió los ojos y, por fin, pudo moverse. Se incorporó con un leve estremecimiento, como quien sufre al despertar tras demasiado tiempo inmóvil. Sus músculos entumecidos protestaban.

—Cyrone… —murmuró con la voz ronca pero aguda.

Le sonreí cuando me miró y vi como sus ojos se llenaban de lágrimas.

Rio y una de ellas escapó, resbalando por su hermoso y prominente pómulo manchado.

Se la limpié con el dorso de un dedo. Me observaba con una dicha tan intensa que casi me incomodaba, aunque debía ser cómico para ella ver mis ojeras oscuras y profundas.

No estaba, ni de lejos, en mi mejor aspecto.

—Yo también te amo… —susurró.

Me quedé helado. Cuando la había visto inmóvil por la pérdida de iridia, era fácil pensar que dormía, que no percibía nada. Entre los querubines, aquello de que podían ver y sentirlo todo en ese estado era un simple mito. Pero ahora sabía que era verdad.

Recibí un beso suave en los labios mientras todavía procesaba sus palabras.

Tardé un segundo en devolvérselo, el tiempo justo para aceptar lo que implicaba.

Aceptar que me había oído. Que yo la amaba.

Que daría todo por ella en el fin del mundo.

Lo segundo me costó más, pero al volver a sentir la aterciopelada textura de sus labios pude aceptarlo: me amaba de vuelta.

La dicha era inconmensurable.

i

En medio del apocalipsis, con el destino fuera de mi control, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Solo descansar y esperar el final? Detenerlo no era mi meta; al contrario, lo anhelaba.

Sabía que después de la destrucción, por fin me convertiría en un ser humano.

Por fin podría entender el peso de los años y ver el cambio en mi rostro, conforme mi mente cambiaba también.

Valdría la pena hacer planes sabiendo que el tiempo era limitado.

Deseaba dejar de ser esta criatura sin principio ni fin, incapaz de concebir una vida real.

El apocalipsis era mi única oportunidad para un verdadero comienzo.

Sin embargo, a pesar de mi perspectiva, mi amada estaba allí, a mi lado, sufriendo y destrozándose por ello, incluso en el aparente refugio del sueño.

Se agitaba sin cesar mientras dormía, despierta y viva, pero incapaz de encontrar la paz.

Me consumía la pregunta: ¿qué clase de pesadilla la asaltaba?

¿Qué dolor la mantenía fruncida y suspirando justo en el momento en que su cuerpo y su mente debían descansar?

—Mamá… —Le oí decir.

Me pregunté cuán crucial era Lydia para ella en ese instante. ¿Estaría soñando con su muerte en la terrible guerra de los serafines?

—Lum… —le susurré, esperando que mi voz entrara a su mente y la arrullara.

Si me permitía el egoísmo y pensaba en el futuro mundo que deseaba para mi propio renacimiento, sin duda elegiría que Lydia fuese la próxima diosa.

No obstante, sabía que para la trono aquella elección no era sencilla.

Nylena había sido durante décadas su alma gemela, su mejor amiga, su amante.

Y por mucho que eso me molestara, era una realidad inamovible.

No había manera de que Lum pudiera evitar aquella encrucijada devastadora. ¿Su madre o su mejor amiga?

—¿Cyrone? —Su voz cortó mi ensimismamiento. Se había despertado de golpe, incorporándose.

Jadeaba y sudaba con el esfuerzo, como si acabara de terminar una maratón. Debía ser una carga inmensa la fatiga, con su cuerpo magullado, herido por completo. A pesar de todo, mantuvo la fachada, intentando actuar como si nada la estuviera atenazando.

—He estado dormida demasiado tiempo. Maldición, no se supone que deba dormir cuando el mundo… —Se interrumpió, la urgencia tiñó su voz—. ¿Cómo está Estian? ¿Ha comido lo que sugerí? ¿Qué tal le cayó el zapallo?

—Seguro que sí comió, Lum. Pero no he ido a verlo.

Horas atrás, al recuperar la consciencia, evité hablarle sobre la enfermedad que se llevó a todos los miembros de la familia a excepción del pequeño.

Sin embargo, era seguro que se había enterado de todo por nuestras conversaciones durante su estado petrificado.

Cuando le hablamos sobre el hambre de Estian, la trono aseguró que podíamos alimentarlo con verduras específicas.

Así, Maersen y Faraine se encargaron de buscar y preparar el alimento, mientras yo me quedaba a su lado, cuidándola en la habitación.

Para nuestro infortunio, el llanto del infante no tardó en estallar otra vez, resonando en cada rincón de la choza. Aunque era la única de nosotros que debía permanecer inmóvil para no seguir hiriéndose, la trono se levantó con una determinación febril para ir al salón.

Apenas dio dos pasos cuando su equilibrio la traicionó, derrumbándose sobre sus piernas endebles y ennegrecidas. Desesperada, las golpeó con sus puños, como si necesitara obligarlas a reaccionar.

—Lorelai no ha terminado, aún sigue en pie. Debo levantarme… —susurró ella con una voz quebradiza.

Me acerqué para ofrecerle apoyo, pero ella rechazó mi ayuda con un gesto obstinado. Apoyándose con dificultad contra el marco de la puerta, se las arregló para incorporarse. Mi terca, imposible mujer, se tambaleó a lo largo del pequeño pasillo hasta que alcanzó el salón.

La seguí de cerca. Al entrar, encontramos a Maersen frente al niño, sosteniendo una cuchara con la papilla de zapallo molido. Sin embargo, el pequeño se negaba a aceptarla, cerrando los labios con fuerza, por mucho que Maersen intentara aproximarle la pequeña cucharada.

El rostro de Estian estaba manchado por todas partes con aquella pasta naranja.

—Lady Lummina... —La voz de Maersen tiritó al hablar—. Es inútil. Quiere leche materna. Usted, quizá, podría…

Lummina se sentó con dificultad frente al bebé. Arrebatándole la papilla a Maersen, comenzó a manchar la boca del niño, quien, sin más opción, se vio obligado a saborear la pasta.