Cuatro días para el juicio final #2
Me quedé inmóvil, procesando sus palabras. Tragué saliva con dificultad, acomodándome en el sillón que rechinó bajo mi peso. Intentaba respirar, el familiar y cálido olor a hogar y madera vieja se había mezclado con una nota metálica a enfermedad y a muerte incipiente.
—Entonces Faraine tendrá veintiún años en nada —dije, casi sin darme cuenta.
—Imagínate —añadió él—, todas esas hormonas humanas cayéndole encima de golpe. La pequeña Faraine debe estar colapsando a cada segundo.
Estian volvió a romper en llanto, un lloriqueo desesperado que nos hizo girar la cabeza al mismo tiempo.
No tuve el valor de preguntar por su familia.
No podía. Bastaba con saber que al menos él estaba vivo y, a simple vista, sano.
Aunque la delgadez y la mirada apagada dejaban claro que el hambre lo estaba consumiendo.
—Así que lo recuperaste —le dije a Maersen.
Él corrió hacia el niño, lo alzó con cuidado y comenzó a mecerlo en un vaivén torpe.
—Nadie más iba a preocuparse por él —murmuró—, pero quizá ya le hice más daño que bien. No sé cómo calmar su hambre. Si sigue así, morirá de inanición.
—Pues dale lo que le daba Muris, esa pasta verde de aspecto asqueroso —sugerí, encogiéndome de hombros.
—Lo intenté… —sacudió la cabeza, frustrado—. Creo que necesita otra cosa.
—¿No será que está enfermo? —dije, inclinándome hacia adelante, apoyando los codos en las piernas.
—No… —respondió—. Cuando Enkur y Kuntari cayeron, la enfermedad se los llevó demasiado rápido. Si fuera eso, este bebé ya estaría muerto.
Suspiré. Estaba exhausto y no tenía ni fuerzas ni ganas de disimularlo.
—Creo que necesita leche materna —dijo Maersen de pronto, clavándome la mirada.
Se la devolví, sin saber qué responder. Terminé apartando los ojos y encogiéndome de hombros con un gesto de ignorancia.
—Yo no puedo darle eso… ¿Puedes tú?
Cuando giró la cabeza hacia el pasillo interior de la casa, lo entendí de inmediato. Levanté un dedo, advirtiéndole que ni se le ocurriera seguir por ahí.
—Imbécil, claro que no. La Trucha tiene seis años. Que no se te olvide.
—Ya no, Card… Cyrone —se corrigió—. Mierda… tampoco quiero someterla a esto, pero el pequeño Estian morirá.
—Morirá de todos modos —gruñí, poniéndome de pie.
—¿Cómo puedes ser tan frío? ¿Acaso no te importa?
Clavé la vista en el techo y luego cerré los ojos con fuerza. Estaba exhausto. Jodidamente exhausto.
—Me importa, pero Faraine es mi hermana —dije al fin.
—¿Hermana? —Maersen soltó una risa irónica, mientras volvía a dejar a Estian en su silla—. ¿Ahora te crees un querubín del agua?
—No lo entenderías —respondí, con todo el desprecio que pude poner en la voz.
—¡El que no entiende un carajo eres tú, hijo de perra! —me gritó, fuera de sí—. ¿Hablas de hermandad? ¡Tú, que cuando éramos niños los mataste a todos! ¡Lorr, Hunnek, Vin, Loke...!
Le estampé un puñetazo en la cara mientras aún escupía sus acusaciones.
Estaba agotado, ya no tenía fuerzas para seguir conteniéndome.
Maersen, por supuesto, respondió. Lanzó golpes torpes al aire hasta que uno me alcanzó.
Nos enfrascamos en una pelea frenética, puño contra puño, con el llanto de Estian llenando el fondo.
Caí al suelo tantas veces como logré estrellarlo contra la pared endeble de la choza. Ninguno cedía. Y entonces, un grito femenino nos arrancó del trance.
Me quedé con el puño en alto mientras Maersen me sujetaba del cuello de la camisa. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo. Era Faraine.
—¿Qué pasa? ¿No enterraste los cadáveres o por qué carajo mi hermana acaba de gritar? —le solté, furioso.
—Por supuesto que los enterré. Ellos no están…
Lo empujé para que me soltara y corrí hacia ella. Maersen me siguió.
Los dos llegamos al cuarto de Muris. Allí estaba la niña, que ya no era una niña; y se encontraba desnuda, arrodillada frente al espejo, con los ojos desorbitados. Me apresuré a cubrirla con la capucha que llevaba puesta. Solo entonces me limpié la sangre que me chorreaba desde la nariz.
—Trucha… —susurré, pero ella lloraba a gritos.
Debía ser insoportable para ella mirarse así, en un cuerpo que no reconocía como propio, desarrollado, extraño, doloroso. La abracé por la espalda, acariciándola con suavidad, intentando calmarla.
—Yo… —Maersen habló de pronto detrás de mí—. Perdóname, Faraine.
La Trucha no entendía por qué le pedía perdón, pero yo sí. Me giré para verlo, de pie en la puerta, con la misma congoja que me ahogaba a mí. También nos igualaban los hematomas que nos hinchaban el rostro, dificultándonos siquiera reconocernos.
—Maersen, yo no llevé a Calyssa a matarlos aquel día. Me importa una mierda si no quieres creerme, pero escúchame. Los seguí en silencio, por miedo de que algo les pasara, por incredulidad de que me hubieran dejado atrás. Eso es todo, ¿queda claro?
Maersen recorrió la habitación con una mirada cargada.
Aquel desorden íntimo era de Muris; de seguro reconocía en los muebles tallados, en los productos de belleza y en la ropa dispersa y personal la huella de aquella joven madre.
Su desplante se suavizó. Fue como si se hubiera sentido obligado a ceder, incapaz de seguir peleando conmigo.
—No tendré tiempo suficiente para digerirlo, Cardillo. Te creo. Solo me queda creerte —dijo, y al verme, alzó una mano, como si quisiera aclarar algo—. Podrás ser mayor que yo, pero siempre te veré como a un hermano menor. Al menos déjame seguir llamándote Cardillo mientras pueda.
Exhalé, negando con la cabeza, resignado.
—Entonces déjame seguir llamándote idiota. Cardillo es como un sinónimo de estúpido, así que es proporcional.
—Concuerdo.
Sonrió con torpeza, dejando ver un hueco vacío entre los dientes. Bajé la mirada y noté que La Trucha sollozaba, pero ya con más calma.
—Creo que sé cómo podríamos hacer que lady Lummina recupere parte de su iridia —dijo Maersen.
Lo miré de inmediato. Sus palabras eran tan trascendentes que mis orejas se alzaron, involuntarias, como si el aire mismo hubiera cambiado.