Cuatro días para el juicio final
Cuatro días para el
juicio final
T al vez había dormido demasiado, mecido por la altura y el reposo sobre el lomo del volcrán, quien al fin había alcanzado una altura estable en la atmósfera.
Mi cuerpo yacía en una cuna de plumas rojas, densas como la sangre coagulada; de ese mismo tono carmesí que brotaba de la herida abierta en mi mejilla y que se confundía con el plumaje.
Me incorporé con un estremecimiento, desorientado, intentando hilar los fragmentos de mi memoria.
El desastre de Alba no había sido una simple destrucción; había sido un colapso total.
El gran y único continente de Lorelai no pudo resistir la furia de la inmensa masa de agua líquida y ancestral que lo devoró.
Cuando me atreví a mirar abajo, sentí un escalofrío helado.
En efecto, era como si sobrevoláramos Riorense, el mar en su absoluto esplendor.
Pero no. La geografía incrustada en mi mente me gritaba que la bestia ígnea y nosotros debíamos estar suspendidos por Grisentia, sobre sus valles y sus ciudades…
Solo que ya no quedaba ni rastro de aquella tierra había sido borrada.
Abajo, el mundo era un desierto de sal y profundidad, un solo, infinito y monstruoso océano.
Oí a Faraine moverse a mis espaldas. Bastó una mirada para notar que había crecido un poco más. No era el cambio abrupto y aterrador del día anterior, justo cuando el astro del día se precipitaba y la pared de agua se acercaba, pero la trans-
formación era innegable: la joven ya había alcanzado la mitad de su pubertad.
—Faraine, ¿te sientes mal? —pregunté, moviéndome con cuidado para no incomodar a Lum, que aún permanecía a mis espaldas.
Ella no respondió de inmediato. Su vista seguía clavada hacia abajo, la altura que nos separaba del suelo parecía no impresionarla.
—No me siento mal, pero… —dijo al fin.
Alcé las cejas: su voz había cambiado durante la noche, más grave, más firme.
—No lo entiendo… De verdad que no lo entiendo… No me gusta.
Su disforia debía de ser brutal. Dentro de sí, seguía siendo la niña ingenua que había conocido, dulce e inocente, pero su cuerpo ya no le pertenecía del todo; cambiaba a un ritmo implacable, modelándose sin pedirle permiso, anunciando la mujer que vendría.
A lo lejos, en el horizonte brumoso, se dibujó el altiplano. Queriendo romper el pesado silencio de sus pensamientos, extendí mi mano y se lo señalé.
—Ya estamos llegando a casa.
—Ahí casi me matan… —me dijo, con la voz cargada de reproche—. Te he dicho que no quiero volver.
—¿No quieres ver a Maersen? —Evité mencionar a Kuntari y a Enkur. No quería darle falsas esperanzas… Ni dármelas yo.
La última vez que los vi, sus ojos ya no contenían ni una chispa de voluntad. Ni siquiera si el Efyndris —mi planta— hubiera funcionado, habrían encontrado motivos para seguir viviendo. No sin sus hijos.
Pensé en Estian. La misma pregunta volvió a asaltarme: ¿qué había sido de él después de que me lo arrebataron? Un niño de su edad no podría sobrevivir solo. ¿Alguien lo habría acogido? ¿Maersen habría ido a buscarlo? Quise creer que sí.
Le pedí al volcrán que aterrizara en lo más alto de la montaña, justo donde el bosque rojo marcaba la entrada a Markadiel. Cuando sus garras tocaron tierra y me dejó en el suelo, lo miré directo a los ojos.
—Déjame aclararte algo, volcrán jefe.
—Mi nombre es Volter —se presentó, inclinándose de nuevo en una reverencia.
Intenté sujetar su cabeza para impedirlo.
—Basta, Volter. Escucha, no soy Córtex. ¿Por qué me llaman así? Mi madre es Córtex, ella es la serafina de la tierra.
—Señora Calyssa nos dijo lo contrario, señor.
Fruncí el ceño, observándolo un instante con la confusión grabada en el rostro, hasta que los gritos desgarradores de Faraine estallaron a mis espaldas.
Al girarme, me sorprendió el golpe visual: de pie, su estatura era aún más imponente que antes.
Pero cuando se volvió hacia mí, lloraba con el desesperado desconsuelo de una niña asustada, con sus pupilas grandes y húmedas por el pánico.
Entonces vi lo que apretaba en su mano: una gran mancha de sangre, oscura y vibrante.
Me lancé hacia ella con el corazón galopándome, convencido de que estaba herida de muerte.
—Tienes prohibido morirte, Trucha. ¡¿Dónde te lastimaste?!
—¡Por dentro! ¡Por dentro! —sollozó entrecortadamente.
Al principio no entendí, hasta que mis ojos descendieron por su figura y vieron, a la altura de la pelvis, aquella misma mancha bermeja, densa y oscurecida, tiñendo y empapando la tela del vestido que ya se le cernía al cuerpo.
—Faraine… —murmuré al comprender.
Ella se aferró a mí con urgencia, temblando de miedo.
—Esto les ocurre a las querubinas, ¿bien? No tienes nada que temer. Es algo natural… De hecho, es lo que las distingue de nosotros —le hablé con suavidad, dándole pequeños golpecitos rítmicos en la espalda para tranquilizarla.
—¡¿Natural?! ¡Nada de esto es natural! —chilló, quebrada por el dolor y la confusión.
No pude más que concederle la razón. La dejé llorar sobre mi hombro, esperando que las lágrimas vaciaran un poco de ese miedo. Sabía que dolía, lo había visto antes en mis hermanas del linaje. Pero lo que no esperaba era que tuviera que enfrentarlo tan pronto, tan pequeña.
Porque, aunque ahora su cuerpo rozaba la esbelta dureza de los quince años, para mí seguía siendo la niña de seis que había jurado proteger con mi vida.
Y, en el fondo, supe que esa imagen jamás cambiaría.
i
Llegamos a la choza de Kuntari, oculta bajo un cielo plomizo.
El jardín, que una vez fue vibrante y perfumado, yacía ahora irreconocible, golpeado por la desolación.
Las flores estaban secas, arrugadas y contraídas, con sus colores extintos, se habían tornado de un negro carbón, como si guardaran un luto por la pérdida de su cuidadora.
Un peso frío y agudo me oprimió el pecho, y un suspiro escapó de mis labios.
Faraine, que venía a mis espaldas, se detuvo de golpe, petrificada. Me giré para instarla a seguir, pero ella negó con la cabeza con lentitud y los ojos clavados en aquellos pétalos marchitos.
—No puedo ver los cadáveres de ellos… Yo… los quiero —Su voz se quebró y las lágrimas volvieron—. ¡No quiero verlos en ese estado!
Me acerqué y puse las manos sobre sus hombros, buscando transmitirle la fuerza que apenas me quedaba.
—Faraine, debes ser fuerte. Tienes que ser fuerte —lo repetí dos veces: una para ella, otra para mí.
Al encontrarse con mi mirada, quizá adivinó que mis ojos también se habían humedecido.
Apretó los labios y asintió.
Un llanto de bebé rasgó el silencio. Ambos alzamos la cabeza al mismo tiempo. Venía del interior de la choza.
Empujé la puerta y el debilitado marco de madera cedió con un crujido.
El interior era un caos: mantas sucias amontonadas en las esquinas, utensilios de cocina volcados sobre la tierra y una pila de libros mojados y desparramados.
En medio de aquel desorden, un hombre se sobresaltó.
Estrechó contra su pecho, con una torpeza alarmante, al pequeño y chillón bulto que llevaba en brazos.
—Maersen —lo saludé.
—¿Cardillo? Creí que… creí…
—Que había muerto. No tienes tanta suerte, Maersen, si tu idea era convertirte en Córtex aquí, escondido en la montaña…
No pude ocultar el alivio que me provocó ver a Estian sano en sus brazos. El pequeño, como era de esperarse en alguien que llevaba días comiendo mal, estaba inquieto y nervioso.
Maersen abrió la boca para responder, pero su atención se desvió de inmediato hacia Faraine.
La había visto por última vez siendo una niña, y ahora la observaba como si intentara reconocer en ella aquel recuerdo.
Faraine asomó tímida por el umbral, con las manos cubriéndose la sangre que manchaba su vestido.
—Me lo imaginaba —soltó el muy idiota.
Me sorprendió que él lo hubiese anticipado, cuando a mí me había tomado por completo desprevenido.
Me giré hacia ella y le indiqué que buscara alguna prenda limpia entre las que hubiera desperdigadas por la casa.
Además de manchado, el vestido púrpura se le había vuelto demasiado estrecho.
Cuando desapareció por el pasillo, deshice la tela que aún me unía a Lummina.
Solo entonces Maersen pareció darse cuenta de su presencia.
—¿Lady Lummina? —preguntó, con horror en la voz.
La deposité con cuidado sobre el sillón de mimbre de Kuntari. Seguía perdida, con gran parte de su cuerpo ennegrecido, inmóvil como una estatua herida.
—Ha sido un viaje duro para ella. Para los tres, en realidad —respondí, estirando el cuello y haciendo crujir los huesos de mis hombros.
—¿Volviste al Valle, Cardillo?
—Cyrone —lo corregí con frialdad—. Ya no me llamo Cardillo.
Maersen sostenía al bebé en sus brazos, y era solo ese pequeño bulto tembloroso lo que le impedía saltar sobre mí. Podía sentir la cólera hirviente en el aire. Su mandíbula se tensaba, apretando los dientes en un esfuerzo por contener su rabia.
—Creí que no volverías a ser el perro de Calyssa, pero regresaste con ella en cuanto pudiste.
—Si me vas a acusar, en vez de explicarme por qué mierda Faraine ahora creció casi diez años en un par de horas, avísame para partirte la cabeza —le espeté, sin pizca de paciencia.
Inspiró hondo y decidió dejar a Estian en su silla. Acomodó al niño con firmeza, a pesar de que este protestaba con chillidos agudos.
—¿No lo sabes? —Arqueó ambas cejas—. Cuando muere la diosa Eryndra y estalla la Guerra de los Serafines, con cada trompeteo, el tiempo se acelera para nosotros, los querubines.
Los más pequeños crecen a un ritmo frenético.
¿Creías que la guerra de los tronos sería entre solo los adultos?
No. Aquí hay igualdad: querubines, tronos, todos.