Cortex Cinco días para el juicio final #2
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Cinco días para el juicio final #2

Volví a mirar hacia el palacio para asegurarme de que La Trucha hubiera entrado y ese breve momento de distracción fue aprovechado por Fiora para deshacer el suelo bajo mis pies.

Caí en uno de los abismos, pero logré aferrarme al borde con las manos debilitadas por el peso de Lummina en mi espalda.

Intenté escalar, pero la roca, cortada a filo, no ofrecía ningún agarre.

En el instante en que mis dedos cedían, una sombra descendió sobre mí: uno de los volcranes. Me sujetó por debajo con sus garras y me impulsó hacia arriba con una fuerza implacable. Volví a la superficie.

El volcrán se inclinó ante mí, reverente, y con una voz profunda, de resonancia extraña, dijo:

—A su orden, Córtex.

Fruncí el ceño.

—Yo no soy…

—Así que los has domesticado —dijo la trono desde el otro lado del abismo—. Maldito hombre de mierda. Debí ignorar la orden de mi madre y asesinarte apenas me enteré de que te había traído de vuelta al Valle. ¿Cómo engañaste a los volcranes para hacerles creer que eres algo que no eres?

No tuve respuesta. El suelo volvió a estremecerse bajo nosotros.

—Si desea que la matemos, señor, basta con una sola palabra —dijo el volcrán y me fijé en la enorme cresta erizada en su cabeza, una corona de plumas que delataba su rango de alfa.

Yo mismo podría asesinarla si tan solo me acercara lo suficiente, pero si de verdad era la última querubina con vida , como parecía creerlo ella, no podía hacerlo.

Si moría, no quedaría nadie para suceder en la tierra y el siguiente mundo no tendría un Córtex.

No podía ser así de egoísta. No sabiendo que el siguiente mundo sería aquel en el que renacería El Zorro, y en donde Kuntari, Enkur y su familia volverían a vivir.

Para eso, necesitarían a una serafina de la tierra.

Solo tenía una opción: escapar. Sacar a Lummina y a Faraine de allí con vida para que ellas también sucedieran a sus madres.

—Debí aprovechar el caos del último Rito, cuando Nylena invadió este Valle, para deshacerme de ti —dijo, acercándose mientras hacía brotar un puente de tierra que unía los dos extremos del abismo—.

No. Debí matarte cuando eras un niño que intentaba agradarnos.

¿Recuerdas la estupidez que te corría por las venas?

Sacudí la cabeza, intentando despejarla para anticipar su siguiente ataque, pero ya había recorrido la mitad del puente.

Iba a enfrentarla cuerpo a cuerpo; así podría noquearla y marcharnos lo más lejos posible. El sismo se intensificaba con cada paso que daba y sentí su voluntad de inmovilizarme en cómo la tierra succionaba mis pies.

—¿Así es como te lo enseñó Calyssa? —solté, buscando provocarla mientras me liberaba del suelo y retrocedía.

—A ti no te enseñaba ese tipo de cosas, ¿cierto? —me respondió con una sonrisa maliciosa—. Solo te tenía porque le recordabas a él. A ese humano.

—¿Y si yo sí soy ese humano? Nada asegura que al renacer tengamos los mismos rasgos psicológicos.

¿Qué asegura a tu maldita madre que logrará ver a su querido humano otra vez en el siguiente mundo?

Felicidades, hermanita, me has dado una motivación: yo seré el siguiente Córtex, yo seré el último en quedar en pie.

Eso funcionó. Fiora se engrifó como un animal acorralado, clavándome una mirada que, de haber podido partirme en dos, lo habría hecho sin dudar.

Yo ya estaba a un segundo de lanzarme sobre ella, golpearla en el cuello y acabarlo todo ahí.

O eso creí… hasta que un quejido suyo se mezcló con el sonido de una flecha hundiéndose en su carne.

Fiora miró la flecha clavada en su pantorrilla. La ira y el dolor le tensaron el cuerpo. Se giró con rapidez, buscando al responsable.

Faraine .

La vi, temblorosa, aferrada a su ballesta. Seguro había pensado que Fiora me atacaría y, sin más, había disparado para defenderme.

Mi error fue no ocultar el horror en mi rostro cuando la trono de la tierra volvió a mirarme. En el instante en que comprendió que me importaba, sonrió con una lentitud venenosa y empezó a caminar hacia la querubina. Primero pasos rápidos. Luego, una carrera.

El mundo, en ese momento, dejó de tener sentido.

—¡Volcranes! —rugí con toda la fuerza que me dio el pecho—. A ella —susurré, pero me escucharon.

Los volcranes desplegaron sus alas y se lanzaron en picada. Me rebasaron con la furia de un vendaval, haciendo que mi cabello y mis ropas se agitaran violentas como banderas al viento.

Todos a la vez, con una coordinación brutal y precisa, se precipitaron sobre la trono, atrapándola del cuello de la ropa.

La levantaron en vilo. Observé cómo pataleaba y gritaba, forcejeando contra la bestia alada que la elevaba. Era un grito crudo de furia, no de miedo. Sin dudar un segundo más, exclamé la orden clave:

—¡Llévala lejos! Lejos de mí, de Faraine. Déjala en cualquier parte, me da igual.

El volcrán que la sujetaba asintió en pleno vuelo. No podía confiar en que no la devorara cuando estuviera sola, pero decidí que eso ya no me importaba.

En ese instante, la cuarta trompeta del apocalipsis desgarró el horizonte con su sonido desafinado, desde algún punto remoto, más allá del océano, el desastre se cernía y lo más probable era que Alba hubiera iniciado su desastre para aniquilar a las demás serafinas y a su ejército.

Ajusté con un tirón brusco la tela que sujetaba a Lummina, asegurando su peso inerte a mi espalda. No había tiempo. Corrí hacia el palacio en busca de Faraine, quien había desaparecido en los segundos que tardé en darles la orden a los volcranes. Me adentré en la penumbra y mi voz desgarró el aire:

—¡Faraine!

Grité su nombre. Una vez, dos veces... diez veces, hasta que mis gritos se extinguieron en los vastos pasillos.

—¡Faraine, debemos irnos ya! —grité con toda la fuerza que me quedaba, pero lo único que me respondió fue mi propio eco, rebotando en las paredes como una burla.

Avancé a tientas entre la oscuridad, escudriñando cada sombra, hasta que atisbé una figura encapuchada, acurrucada en un rincón. Temblaba como si el frío, el miedo o ambos le arrancaran el aliento. Fruncí el ceño; por su tamaño, no podía ser La Trucha.

—¿Quién eres? —pregunté, manteniendo la voz baja y recelosa.

Un estruendo me obligó a girarme: los volcranes, con sus alas batiendo como cuchillas, intentaban forzar la entrada del palacio.

—¡Atrás! —El eco de mi orden se mezcló con un crujido inquietante de la estructura.

—Señor Córtex. —La voz grave de uno de ellos atravesó el aire—. Se avecina un maremoto.

—¡Ya lo sé! —bramé, sintiendo que la presión en mi pecho era tan real como las olas que se acercaban—. Debo encontrar a Faraine.

Fue entonces cuando la figura encapuchada habló en un susurro, pero suficientemente alto como para que la sangre me hirviera.

—Hermano… —murmuró esa voz inconfundible. La Trucha.

Abrí los ojos de par en par, todavía aturdido, y sin darme tiempo a pensar, le arranqué la manta de un tirón. La penumbra me devolvió una imagen inesperada: Faraine, encogida sobre sí misma, pero ahora distinta. Había crecido.

Fruncí el ceño y di un paso atrás, sintiendo un escalofrío treparme por la nuca.

—No sé qué me está pasando, hermano… —murmuró. Su voz, antes aguda y frágil, ahora sonaba apenas más grave.

La observé con detenimiento, incrédulo. Hacía tan solo unos minutos no tenía más de seis años… y ahora parecía rozar los trece o catorce. ¿Era posible que la trompeta de Alba hubiera causado esto? No había tiempo para respuestas. La tomé del brazo y tiré con fuerza para ponerla de pie.

—¡No quiero! —gritó.

—Faraine, por muy del mar que seas, escuché a Alba decir que no sabes nadar, que no puedes nadar —solté, y el silencio que siguió fue su única respuesta—. Yo sí puedo, pero no contra un maremoto como este.

Apreté su muñeca y di un paso hacia la salida.

—Sígueme. Ahora. Debemos llegar al altiplano antes de que el mar nos trague.

—¡No! ¡Al altiplano no! —gritó, quebrada por el pánico, como si los recuerdos de los markadienses a punto de ejecutarla la golpearan otra vez.

—Trucha, no te lo estoy preguntando —repliqué, y antes de que pudiera escaparse, la sujeté por el abdomen y la alcé contra mi costado, como quien carga a un animal que se resiste.

Su cuerpo forcejeaba con desesperación, pero no aflojé el agarre. Eché a correr hacia la entrada del palacio. A lo lejos, vi a los volcranes desplegar sus alas, erizadas y tensas, listos para marcharse. Estaban demasiado lejos para ayudarme.

Al mirar en dirección al mar, un escalofrío me recorrió la espalda: la orilla había desaparecido. El océano se había retirado de manera antinatural, dejando al descubierto un lecho marino vasto y húmedo, presagio de una embestida imposible de resistir.

El viento se levantó de golpe, enredándose en mi cabello, trayendo consigo el olor metálico del mar.

Sobre nuestras cabezas, las aves marinas huían en dirección contraria, gritando su alarma al mundo.

Faraine lloraba y pataleaba contra mi brazo derecho, mientras en mi espalda sentía a Lummina consumirse en un negro cada vez más profundo.

La bandada de volcranes rompió el cielo. Solo uno giró la cabeza para verme. Asentí. Dudó ante la inminencia de la ola, pero al final emprendió un vuelo directo hacia mí.

Me obligué a no mirar atrás. No quería ver de frente al monstruo que sabía que nos alcanzaba.

El rugido de las olas creció hasta ser todo lo que existía.

Y justo cuando estiré el brazo para aferrarme a la pata del volcrán, el mar golpeó el palacio con una furia que hizo estallar su estructura.

La fortaleza, orgullosa hasta ese momento, comenzó a ceder y a derrumbarse bajo la marea.

Me aferré a la pata del volcrán con la única mano libre.

Ascendió sin detenerse, pero el viento lo golpeó con tanta fuerza que lo hizo girar y voltear sobre sí mismo, descoordinado, perdido en el aire.

Cada sacudida arrancaba un dolor agudo de mi brazo, como si estuviera a punto de romperse.

De pronto, un giro brutal me arrancó de su agarre. Sentí el vacío tragándome y la furia del océano retumbando debajo, miles de olas enfurecidas arrasando el Valle de la Tierra, derribando los árboles milenarios como si fueran simples ramillas.

Pero el jefe de los volcranes no dejaría atrás a uno de los suyos.

Regresó por él y, al verme caer, también vino hacia mí.

Me atrapó como pudo y yo, colgando de su cuello, logré subir primero a Faraine a su lomo.

El volcrán graznó de dolor cuando, al resbalar, me aferré a su plumaje frágil.

Por fortuna, no perdió ni una sola pluma.

Boté el aire, exhausto. Con las piernas conseguí impulsarme por su lomo hasta quedar sentado sobre él.

Solo entonces miré hacia abajo: el valle entero, cubierto por agua, parecía un cementerio vegetal.

Las ramas de los árboles flotaban como cadáveres, arrastradas por las corrientes.

Miré hacia el oeste, nuestro rumbo. El mar ya se nos había adelantado por mucho.

Incluso cuando no era propio de mí —o, mejor dicho, cuando no lo era antes—, pensé en las aldeas que habían quedado arrasadas: casas hechas con paciencia y cuidado, talladas por manos humanas, débiles pero nobles. Familias enteras deshechas en cuestión de minutos.

Pensé en lo que significaría para Lummina despertar en un mundo así y agradecí no tener una iridia.

En el fin del mundo, cualquier iridia era frágil.

Cuando el apocalipsis inicia, no hay lugar para la fraternidad. No queda elección. Para nosotros, los querubines, es una sentencia inmediata: estamos obligados a enfrentarnos los unos a los otros.

Es un mecanismo tan antiguo como el cielo. Si consigues ser el último en pie —si eres el único que sobrevive a la matanza—, te conviertes en el siguiente serafín de nuestro linaje.

Y tal vez... no. Sé que es por eso. Siempre ha sido por esa corona de plumas sangrientas que a los varones nos eliminan. Nos matan cuando somos más vulnerables, cuando nuestra luz es más débil, cuando todavía no podemos devolver el golpe.

Cuando somos solo niños.

Cardillo