Cortex Cinco días para el juicio final
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Cinco días para el juicio final

Cinco días para el

juicio final

L ummina dormía a mis espaldas, un peso insignificante, casi un alivio.

La había asegurado con una tela resistente, anudada con precisión, de modo que su cuerpo se ajustaba al mío.

Sentía el suave roce de su mentón contra mi hombro, pero no percibía el calor tenue de su aliento en mi cuello.

Aunque mi mente se negaba a aceptarlo, el cuerpo de Lummina no tenía vida.

No había ni el más mínimo rastro de respiración.

Estaba, para todos los efectos, muerta. La idea de estar cargando con un cadáver, de tener que huir con esa terrible, extenuante realidad, me golpeó como una ola de frío.

Exhalé, forzándome a alejar ese pensamiento paralizante. No. No era muerte. Era solo un estado temporal. Ella no estaba muerta, pero había perdido su iridia.

Su iridia. El mundo de Lorelai, que estaba a punto de acabarse.

Bajé los escalones de viejo mármol con una lentitud tensa, concentrado en el sutil balanceo para no despertarla ni, peor aún, lastimarla.

Ya en el piso inferior, respiré el aire viciado del palacio.

Me dirigí al gran baúl de oro de Calyssa, el único lugar donde la vanidosa serafina guardaba algo útil más allá de sus espejos.

Su extrema vanidad le impedía mancharse con armas toscas, solo le interesaban las dagas elegantes o cuchillos de ceremonia.

Escogí lo imprescindible: una cuchilla de caza con empuñadura de hueso y un pequeño zurrón de provisiones.

No deseaba enfrentamientos, pero salir con Lummina sin medios para protegerla era una estupidez que no me podía permitir.

Una sonrisa amarga cruzó mis labios al notar la ausencia de la ballesta. Ya sé dónde está , pensé.

—¡Faraine! —Mi voz resonó en los pasillos vacíos. En las últimas horas, la gran mayoría de las querubinas, por no decir todas, habían abandonado el palacio para buscar a Calyssa y asistirla en lo que se avecinaba.

Como era de esperar, la encontré en el gran salón del palacio con los pies descalzos a pesar del frío y pulido piso bajo ellos, con la ballesta de asedio personal de su brazo sin ningún esfuerzo.

Mi rostro tuvo que reflejar el alivio que sentí al verla tan repuesta.

Las querubinas de Calyssa, muchas cercanas a la edad de Faraine —y absueltas de los prejuicios de las mayores que ya no estaban en el lugar cuando llegamos— se habían encargado también de ella, mojándola como era debido en los pozos de agua salada que se encontraban en las cercanías del Valle.

En cambio, al verme y al notar el bulto que llevaba a mi espalda, su pequeño cuerpo se tensó por un instante, y luego se relajó.

Subió y bajó sus hombros en un profundo respiro de alivio, como quien se libera de una guardia agotadora.

—La cuidé —dijo, elevando la barbilla—. Me aseguré de que nadie subiera las escaleras para molestarla.

Me arrodillé y bajé la cabeza para quedar a su altura. Le planté la mano abierta en la coronilla y despeiné su largo cabello azul, haciéndola protestar con un gruñido juguetón.

—Eres una niña muy valiente —le aseguré.

—Yo me muero de miedo —susurró.

—Y eso es lo que te hace valiente, Trucha. Arriba, es el fin del mundo contra nosotros.

Asintió y levantó la delicada ballesta de Calyssa. Gracias al Empíreo le había enseñado a usarla.

—Fin contra nosotros —repitió.

Le sonreí y no vi motivo para corregirla, ya había aprendido lo esencial. Me incorporé y avancé hacia la entrada del palacio.

Los volcranes que había convocado Calyssa merodeaban las inmediaciones del palacio.

Probablemente les había dejado la orden de custodiarlo al momento de ascender a Catarbella para asesinar a la diosa.

Desde la partida de la serafina, las garras de aquellas bestias raspaban sin cesar la estructura del lugar, pero ni aquello ni sus guturales rugidos desesperados lograron intimidarme.

Debíamos marcharnos de una vez. Ya mucho habíamos esperado esos tres días para que el lugar quedara vacío.

Con el estruendo retumbando entre las paredes del vasto salón, le ordené a Faraine que se quedara atrás.

Empujé el portón, que se abrió con la lentitud de un gigante renuente, hasta chocar con la muralla con un estrépito metálico.

El eco no tardó en llamar la atención de las bestias, que comenzaron a avanzar, acompasando sus pasos al ritmo del mío.

No había cruzado el umbral en todos esos días, por eso no había notado que el astro del cielo brillaba moribundo y el calor apenas se sentía.

El día estaba cubierto por un manto de nubes densas, sombrío como nunca lo había visto.

Suspiré y mi aliento cálido se disipó en un vaho efímero, insignificante junto a las columnas de vapor que exhalaban las aves al respirar, mientras avanzaban tambaleantes hacia mí.

Me mantuve firme, con la mirada erguida, cuidando de no hacer movimientos innecesarios. Controlaba el temblor no por mí, sino por la trono que cargaba a mi espalda, incapaz de soportar otro ataque de estas mismas bestias.

Los volcranes, con su plumaje burdeo teñido casi de negro y cuerpos que, al estirarse, sobrepasaban por completo mi altura, comenzaron a mostrar una actitud extraña al acercarse.

Sin que yo hiciera nada, inclinaron la cabeza, reduciendo su tamaño hasta quedar por debajo del mío.

Se reverenciaban, mansos y cautelosos, como perros adiestrados.

El más cercano incluso se tendió en el suelo con la mirada fija en la tierra.

No era miedo lo que percibía en ellos, sino algo más profundo: respeto.

No permití que mi respiración se relajara hasta que todos adoptaron la misma postura sumisa. Entonces tragué saliva, me llené de un nuevo aire y los observé con detenimiento, fingiendo jamás haberles temido.

Aún no comprendía por qué se comportaban así conmigo, pero un quejido femenino, ahogado por el asombro, quebró el silencio.

Giré la cabeza y la vi. A un costado, rodeada por los volcranes y visiblemente herida, estaba Fiora, la trono favorita de Calyssa.

¿Habían regresado? ¿Dónde estaban las demás?

¿Calyssa le habría encomendado asesinarnos?

Me contemplaba con una mirada en la que se mezclaban la confusión, el miedo y la indignación… y, por supuesto, ese matiz de asco que siempre me había dedicado.

—¿Qué? Por Eryndra difunta… ¿Qué es esto? ¡¿Por qué a ti sí te obedecen?! ¡¿Por qué te han escogido a ti?! ¡¿A un maldito hombre?! —vociferó con la voz áspera, quebrada por el exceso de gritos.

—Y el resto de mis queridas hermanas trono, ¿dónde están, Fiora?

No tenía tiempo ni ánimo para sus estúpidos juegos.

Debía marcharme de ahí pronto, y si Calyssa había enviado a su ejército a pelear, quería terminar con eso lo antes posible.

Volví a reparar en sus heridas y mi vista viajó por la extensión del Valle.

¿ La abandonaron ?, me pregunté, pero mi idea se esfumó cuando ella sonrió…

Una sonrisa torcida, complacida. En sus brazos, la sangre seca formaba costras.

Por su expresión, supuse que buena parte del rojo que la manchaba no le pertenecía.

—Maldición, Cardillo. ¿Acaso no entiendes la dinámica del fin del mundo? Yo seré la siguiente Córtex.

Relamí mis labios, sorprendido y un poco incómodo por la noticia. Miré de reojo por encima de mi hombro y hallé a La Trucha a un par de pasos. La pequeña apretó su ballesta sin apartar la atención de la trono.

—¿Las mataste a todas? —inquirí. Aun afinando el oído, no percibía signo alguno de vida en varios metros a la redonda. Retrocedí un paso lento, cuando ella, tambaleante y descoordinada, comenzó a avanzar hacia mí—. Fiora… ¿en serio?

—¿Sabes lo que significa una guerra de serafines?

—Su voz se volvió grave, cargada de algo que parecía ser, más que odio, culpa—.

No solo se matan entre ellas… nosotras, las tronos, también luchamos por un lugar en el próximo mundo.

No me juzgues. —Yo no dije nada—. ¡No me juzgues, pedazo de mierda! ¡Era algo que tenía que hacer!

—¿Calyssa te envió? —pregunté con cautela. Habíamos estado solos demasiadas horas, no sabía qué había sucedido en esos casi cuatro días.

Fiora hizo una mueca y soltó una risa amarga.

—Mi madre tiene sus propios asuntos por los que preocuparse. Yo he estado limpiando un poco el terreno.

—No soy un trono —dije, midiendo cada palabra—. Óyeme bien, no soy una amenaza para ti.

—Eso dices, Cardillo. Pero si te aferras con tanta rabia a seguir vivo, es porque quieres ser el último en pie, ¿o no? No importa si eres un trono, un maldito querubín o la más rastrera sabandija… Serías el único ángel, aparte de mí, capaz de heredar el Córtex.

—No, Fiora. No soy el único. Calyssa trajo a la vida a miles de querubines varones que ahora podrían ser tronos y están sueltos por ahí, esparcidos por Lorelai —le dije, pensando en los llamados emisarios de los que Aestus se jactaba.

—Sí, sí, claro. Eso crees. ¿Le crees a Nylena y al falso refugio que creó para nuestros hermanos? —Una media sonrisa torcida le ensombreció el rostro—. Vaya… como sea.

No tuve tiempo de procesar lo último que había dicho antes de que se me lanzara encima.

Desenvainé la daga para defenderme, pero, al acercarme, la hoja se desvaneció en el aire, como humo arrancado por el viento.

Miré al cielo, luego a mi alrededor, hasta que fue el propio suelo el que habló: un temblor profundo me recorrió los pies.

Me giré hacia Faraine y le pedí con la mirada que regresara al interior del palacio, la estructura resistiría, al menos por un tiempo.

La tierra comenzó a abrirse en grietas que se multiplicaban como venas negras.

Fiora, por supuesto, me superaba en poder.

Ella había provocado el sismo, algo que yo aún era incapaz de controlar.

Salté de un borde a otro, esquivando el vacío, y cuando los bloques de piedra empezaron a hundirse como enormes piezas derrumbadas, un miedo real me atravesó.