32
L a tercera trompeta del apocalipsis sonó estrepitosa y desafinada, como lo haría un ángel al borde de la muerte.
Al asomarme por la ventana del palacio, mientras el mar de Riorense se desplegaba en todo su esplendor, vi la ciudad flotante de Catarbella desmoronarse en fragmentos que caían como lluvia de piedra sobre un océano embravecido.
No solo Catarbella se había disipado. No solo los ángeles de la jerarquía habían perecido.
La diosa Eryndra había caído.
A mi lado, Lummina yacía herida, pese a toda la iridia que Calyssa le había transferido por medio de un artefacto dado a sus querubinas.
Odiaba no tener mi propia iridia, odiaba mi mortalidad y la impotencia de no poder aliviarla.
Se quejaba por los cortes, por las heridas que sanaban con una lentitud cruel.
Su frente ardía con una fiebre que ningún humano podría soportar.
Le cubrí la cabeza sudorosa con la mano. Su respiración agitada se suavizó, quizá por un instante de alivio. Me incliné hacia su mejilla y dejé en ella un beso breve antes de recostarme a su lado otra vez.
No imaginé que ese simple contacto despertaría algo. Vi como sus pestañas se alzaban con esfuerzo, revelando sus ojos de cervatillo, apenas iluminados por la última luz del día.
Buscó algo a lo que aferrarse y le concedí mi mano sin dudar.
—¿Lum? ¿Me oyes?
—¿Cyrone...? —Su voz salió como un gemido quebrado, temblando en el aire.
No pude evitar sonreír al escuchar mi nombre en sus labios.
—Sí… soy yo —susurré, tan cerca que mi aliento rozó su piel.
Callé para no abrumarla, pero de pronto se incorporó con un movimiento brusco, desesperado, tan de golpe que sentí un latigazo en el pecho.
—¿Nylena? ¿Dónde está Nyl? —Sus ojos se abrieron con un brillo febril, como si pudiera levantarse y cruzar el mundo solo para encontrarla.
Intenté devolverla al colchón, conteniéndola con una sola mano sobre su hombro. Percibí el calor intenso que despedía.
—Está bien… ella está… —Miré de reojo hacia la ventana, donde Catarbella se deshacía en un desastre de luz y ruinas, y me incliné hasta cubrir su vista con mi cuerpo—. Ella está bien.
—Quiero verla —murmuró. Las lágrimas, gruesas y luminosas como perlas, comenzaron a deslizarse por sus mejillas. Me quedé tan cerca que sentí el roce húmedo en mi propia piel. Algo en mí se quebró.
Me dolió que pensara en esa mujer, fue un golpe en el pecho que no supe esquivar. Pero enterré ese escozor como si lo hundiera en tierra helada. No ahora. Mi única prioridad era su bienestar.
Para mi infortunio, la misma trompeta volvió a oírse, esta vez más fuerte, más cruel.
Sus ojos se desviaron hacia su propia mano.
Sus venas comenzaron a ennegrecerse, como raíces malditas extendiéndose bajo su piel, llevando sangre oscura hasta la punta de sus dedos, que empezaron a teñirse de un ébano profundo.
Me miró con terror. De sus labios escapó un sonido extraño, una mezcla de lamento y risa nerviosa que me heló.
No dudé. La abracé con toda mi fuerza, como si con mis brazos pudiera impedir que el mundo —y la muerte— se la llevaran.
—No… no es lo que crees.
—¿No es el apocalipsis? ¿No lo es, Cyrone? —Sus palabras temblaban, como si se aferrara a una mentira que yo debía darle—. ¿Me lo juras?
Suspiré hondo, cerrando los ojos como quien carga con un peso imposible.
—Tengo que ir… tengo que ir a buscar a Nyl. La van a matar. Lydia… —Su voz se quebró, casi un sollozo—. Tengo que ir a ver a Lydia… Oh, por el Empíreo…
—No, Lum. Eso no es posible —dije, conteniendo el impulso de sacudirla para que entendiera—. Estás herida, y ahora las tronos de Lydia estarán buscándote para matarte.
—¡No me importa! —Su voz rebotó en la habitación—. ¡No puedo quedarme aquí!
Se agitó en mis brazos, intentando romper el abrazo, pero su fuerza se desvanecía tan rápido como su aliento. Apenas pudo batallar unos segundos antes de caer de nuevo, exhausta, apenas consciente.
—¿Cyrone? —Su voz llegó en un susurro frágil—. ¿Sigues aquí?
—Sí, claro que sigo aquí —le respondí, con un nudo en la garganta.
—Estoy… estoy desvaneciéndome…
Asentí y observé su mano, devorada por el negro. Un veneno sin nombre parecía reclamarla pulgada a pulgada. No sabía qué hacer. Intenté calmarme, pero el retumbar de mi pecho contra su espalda, mientras se recostaba sobre mí, solo me delataba: estaba tan asustado como ella.
La estreché con fuerza cuando vi que su otra mano también se tornaba negra. Negué con la cabeza, buscando desesperado con la mirada algo, cualquier cosa, que detuviera el avance de esa pérdida.
—Lum…
No me respondió.
La sacudí para arrancarle una reacción. ¿Se había desvanecido ya? Me levanté de la cama y la acomodé de nuevo, con cuidado, pero su rostro estaba ya marcado por parches de carbón y sus ojos apagados, sin el fulgor que siempre me quemaba por dentro.
Mis labios se tensaron en un hilo. No pestañeaba. No podía. Estaba grabando, contra mi voluntad, cada detalle de esa imagen que jamás me abandonaría.
—Lum… Lummina. —La sacudí suavemente—. No ha terminado el mundo, ¿sabes? Todavía queda… queda tanto que tienes que ver. Mucho que escuchar, que crear, que bailar.
Pero ya no quedaba iridia en sus ojos.
Tal vez ella ya lo sabía. Tal vez, para Lummina, el mundo se había terminado y Lorelai no tenía futuro.
—Cariño… —La tomé y choqué mis cuernos con los suyos, buscando anclarla a mí, a ese instante—. No te vayas. Tienes que ser una serafina. Tú serás Caelum. Sí, tengo que salvarte, y lo haré. Tienes que convertirte en una serafina.
En mi mente se dibujó la promesa: protegerla de todas las tronos que intentarían cazarla, enfrentar los desastres que se avecinaban, abrirme paso a golpes si era necesario.
Sacaría fuerza de donde no la tuviera. Pelearía contra lo imposible.
No permitiría que la apagaran en este estado. Era lo mínimo… lo mínimo que le debía.
Su piel estaba cubierta de manchas negras y moradas, como si la sombra misma la reclamara. El negro ascendía por sus brazos, inexorable, mientras las heridas de los volcranes parecían haberse detenido en el tiempo, selladas en un cruel retrato de dolor. Y aun así era hermosa.
—Te amo… —le susurré, dejando que mis palabras fueran un juramento—. Y en el apocalipsis mi amor será lo único que quede en pie.
No hacía falta decirle nada más.