31 #2
Estaba harto. Harto, en serio. No podía detestarla más, ni podía sentir una repulsión más aguda en mi cuerpo al tenerla cerca, incluso cuando se suponía que mi ser debía doblegarse al deseo. Pese a su belleza incuestionable, su poder abrumador y su porte divino, yo no sentía nada más que asco.
Tragué saliva. Justo cuando se acercaba a plantar besos en mi cuello, con un movimiento certero y desesperado, cambié su propio centro de gravedad. De pronto, su cuerpo retomó el peso normal de una humana de su tamaño. Tumbarla en el colchón se volvió tan fácil como levantar una pluma.
La aprisioné con mi cuerpo sobre el suyo e inmovilicé sus brazos bajo mis nudillos. La piel de sus antebrazos se volvió blanca por la presión. Ella no se indignó, se lo tomó a la risa, incluso pareció complacida.
—Esto es diferente —sonrió, relamiéndose los labios.
—Maldita enferma —siseé con veneno, presionándola aún más—. No quiero que vuelvas a colocar tus sucias manos sobre mí. Calyssa, respóndeme. Eres tú. Siempre has sido tú quien me persiguió en el refugio de Nylena, y luego en la aldea de Markadiel. Estás buscando algo.
—No sé de lo que hablas —ronroneó y buscó volver a tener contacto conmigo.
Presioné sus muñecas con más fuerza.
—No te hagas la estúpida. Tú nombraste la planta con la que me cortaste el pie. Teryndil, ¿no es así?
—Ah, Caru... Me gusta cuando te muestras tan dominante, cuando actúas como un verdadero hombre.
—¡Escúchame, maldición! —grité y la zarandeé sobre el colchón. Aún no lograba borrar esa asquerosa y maldita sonrisa de suficiencia de su rostro—. Tú propagaste la enfermedad de la Teryndil. La tomaste en el refugio de Nylena y luego la expandiste deliberadamente entre los markadienses.
Por fin, como si hubiera descubierto una verdad que ni siquiera se había molestado en ocultar, la sonrisa se desvaneció de su rostro. Me miró con una seriedad repentina y los ojos entrecerrados.
—¿Por qué? —le pregunté con la voz raspándome al atravesar mi garganta—. ¿Por qué querrías iniciar el apocalipsis?
Ella giró la cabeza con una lentitud calculada hacia su muñeca, la que yo sostenía con fuerza, y observó cómo mi agarre comenzaba a marcar su piel pálida con un rastro incipiente de hematomas.
—Siempre te has creído mejor que yo, Caru. ¿No es cierto? Solo por ser hombre, siempre has asumido que eres más fuerte y poderoso que yo.
Fruncí las cejas, la confusión y la rabia se arremolinaron ante su repentino cambio de tema.
Sin que pudiera anticiparlo ni controlarlo, su poder estalló.
Me volvió a tumbar con una fuerza tan exponencial y demoledora que todo el ímpetu de mi ataque se deshizo.
La cama de madera tallada crujió con dolor y se destrozó bajo el impacto.
Cuando ella volvió a estar encima, el peso ya no era una simple manipulación de la gravedad. Era la presión incontenible de una roca cayendo.
—Tú no eres más fuerte que yo —espetó con la voz tensa y estrangulada. Sus facciones se distorsionaron de una manera tan cruda que parecía estar a un milímetro del llanto—. ¡No eres Lucian! No eres Lucian. Jamás lo fuiste, jamás podrás serlo. Jamás. Jamás.
—¿Quién es Luci...? —intenté preguntar, pero sus manos abandonaron mi rostro y se cerraron de golpe sobre mi garganta. El flujo de aire se cortó de cuajo.
Me zarandeó sobre el destrozado lecho. El pánico me inundó, ya no podía concentrarme en mis defensas.
Tal vez mi fin llegaría de esa manera, bajo el cuerpo de la serafina que me lo había arrebatado todo, esa criatura que nunca antes había visto alterada.
Y ahí estaba, sobre mí, sufriendo una desesperación que la obligaba a jadear en lugar de llorar.
Porque los serafines nunca lloran. No pueden hacerlo.
—Creí que eras tú, cuando por fin logré invocarte.
—Una risa áspera y quebrada escapó de su boca—.
No eras tú... No eras tú. No eras tú. Ese maldito mortal sigue en Catarbella y, por más almas que fabrico como querubines varones, uno tras otro, él no aparece.
¿Por qué? ¿Por qué? ¡Eras idéntico! ¿Por qué no eres Lucian? ¿Por qué no puedes serlo?
Me soltó justo cuando creí que mis pulmones explotarían. Me incorporé un poco, jadeando y tosiendo mientras el aire regresaba a mis vías con un dolor punzante. Ella se puso de pie de un salto, se agarró el cabello con ambas manos y comenzó a dar vueltas en círculos frenéticos por la habitación.
Temí, en un miedo genuino y paralizante, volver a provocarla. Parecía presa de un pánico histérico que la había poseído por completo y distorsionaba su perfecta imagen como serafina.
—Claro... —murmuró con voz entrecortada—.
A mí nadie me dijo que los humanos solo pueden invocarse como querubines si mueren de niños.
Pero ¡él no! —Su voz subía y bajaba sin control, como si estuviera hablando con varios demonios internos a la vez—.
¡Lo maté! ¡Con mis manos! Pensé que al morir renacería como un ángel, que sería inmortal y no tendría que perderlo nunca.
Lo hice por egoísmo, por miedo, y lo maté cuando ya era adulto.
¿Cómo pude? Por Eryndra... No sabía que los adultos no reviven como ángeles.
Eso solo significa una cosa: para que vuelva a nacer como un niño al que yo pueda matar y rehacer como un querubín, tendría que ser en el siguiente mundo. Sí… allí… recién allí.
La serafina extendió la mano. Temblaba, apenas, cuando hizo brotar del aire un destello que descendió lentamente, fragmentándose en chispas antes de condensarse en el suelo. Cuando la luz se disipó, allí estaba: una lanza larga, imponente, afilada, de un dorado cegador.
Era la primera vez que la veía, así que tardé unos segundos en comprenderlo.
—¿Eso es…? —me atreví a decir—. Es una lanza del Empíreo.
En un instante, todo encajó. El refugio devorado por plantas, la enfermedad arrasando Markadiel, y —con toda probabilidad— el hecho que llevó a Lummina a matar al hombre que estaba por ejecutar a Faraine.
Ella no se defendió. No apartó la mirada, no se encogió bajo mi juicio.
Permaneció erguida, inmóvil, con el rostro bañado por la luz dorada que manaba de la lanza que sostenía.
El arma que podía matar a dioses, el arma que marcaba el fin del mundo.
Aquella que solo se manifestaba cuando la humanidad alcanzaba la cúspide de su propia crueldad.
¿Cuál había sido?
Me mantuve viéndola con el metal sagrado que chispeaba con un resplandor sobrenatural, como si reconociera a su dueña.
La verdad se clavó en mí como una estaca.
Recordé el caos en Markadiel, el momento en que los humanos habían sucumbido a la idea demencial de que debían matar a una niña inocente para salvar sus propias vidas.
—Calyssa —susurré con la voz tensa por el terror y la comprensión—. Tú quieres acabar con el mundo... ¿Para qué? ¿Quién mierda es Lucian? Es... ¿es un humano? ¿Quieres crear un mundo nuevo para...?
—¡Para recuperarlo, maldita sea! —me interrumpió con una furia descontrolada—. Porque Lucian no eres tú. ¡No puedes ser tú! Debe estar en Catarbella. Debe estar ahí.
Sus frases se entrecortaban, se enredaban entre sí, como un monólogo roto. Apenas logré armar en mi cabeza lo que estaba diciendo. No me dio tiempo para preguntarle. No habría tenido la paciencia de explicármelo.
—Esta es la única forma de recuperar mi iridia… —Sus ojos brillaron con un fulgor febril—. Es la única forma de recuperar al único hombre que he amado durante toda mi vida.
Aun si yo hubiera tenido una respuesta que darle, ella no habría querido escucharla. Se dio la vuelta, dejándome solo en la penumbra de su cama destrozada.
No la vi partir. Solo supe que, antes del amanecer, había cruzado los confines del Valle rumbo a Catarbella, con la lanza empuñada y una certeza latiendo detrás de su mirada:
Una diosa moriría.
Las lanzas del Empíreo solo activan su poder de matar seres inmortales cuando la raza protegida pierde la esperanza de salvación.
¿Eso cuándo ocurre?
Cuando se le permite llegar a la cúspide de la maldad.
Entonces, con las lanzas del Empíreo, es posible asesinar a la culpable de tremenda desgracia: la diosa del mundo actual.
Así se desata la guerra de serafines, en la cual se disputa el siguiente puesto de dios.
Córtex, Aestus, Caelum o Hilaris.
¿Quién creará el siguiente mundo?
Cardillo